El fin del engaño

Roberto Giusti

Roberto Guisti

 

Roberto Giusti
@rgiustia

 

El anuncio sobre el avance del cáncer le estalló en las manos a dirigencia y pueblo chavistas

 

Si alguna causa obró para que Chávez ganara las elecciones del 7 de octubre ésta fue no sólo su garantía de que estaba curado sino el mito, creado por esa premisa, sobre la supuesta invulnerabilidad de un hombre capaz de vencer a la muerte. Eran, entonces, dos mensajes, el primero explícito, el segundo implícito, que marcaron el desarrollo de la campaña electoral. Pero no se necesitaba hilar muy fino para comprender por qué el candidato presidente hacía una campaña mediática, semirecluido en Miraflores y con escasas apariciones públicas.

Por eso cuando las encuestadoras consultaban a la gente sobre su enfermedad, un promedio superior al 60% (y sobre todo quienes lo apoyaban) expresaba que había logrado un milagro propio de su excepcional condición humana. Creencia que no surgió de la nada sino de él mismo. Así, el 9 de junio, según la agencia Efe, se declaró recuperado del cáncer “luego de realizarse una tomografía axial computarizada y una resonancia magnética. Un mes después la agencia AFP reseñaba declaraciones suyas advirtiendo que estaba “totalmente libre” del cáncer. Y en una fecha tan cercana como el 4 de octubre la misma agencia informaba cómo “cantó y hasta bailó para despejar la incertidumbre acerca del cáncer”. Sólo tres ejemplos para ilustrar.

No hay duda, entonces, de que la trama de la presunta recuperación funcionó como maniobra electoral, lo cual habla bien de un Chávez dispuesto a cualquier cosa, ya no por conservar el poder, sino por asegurar, in extremis, el desarrollo de su proyecto en otras manos. Pero la estrategia, como se comprobó el sábado en la noche, tarde o temprano cedería ante la cruda realidad y el anuncio sobre el avance de la enfermedad le estalló en las manos no sólo al pueblo llano que votó por él confiado en su prodigiosa recuperación, sino entre los mandos medios, digamos, por ejemplo, los diputados a la Asamblea Nacional.

El golpe fue bajo y la reacción de los parlamentarios rojos, quienes salieron llorando de una reunión previa a la sesión dominical, evidenció el pasmo que les produjo la noticia. De allí la causa de unos discursos donde hubo más amargura que tristeza, más odio que pena y más resentimiento que congoja. La iracunda reacción ante las expresiones de solidaridad y el voto unánime a la autorización para el viaje del presidente, por parte de la bancada de oposición, saca a relucir una característica típica del chavismo: buscar un culpable. Lo cual, en este caso, es un absurdo porque nadie tiene la culpa de los quebrantos de Chávez. Es él y sólo él el responsable del engaño al que se sometió a los venezolanos.

 

 

 

 

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