El mar de la felicidad

 

Julio Dávila Cárdenas
julio.davilacardenas@gmail.com

 

Lo que muchos temíamos ha ido avanzando a pasos agigantados. Uno trata de buscar explicaciones y simplemente no las encuentra, siempre y cuando se piense bien. A diario se observa cómo la violencia se incrementa sin que las medidas del régimen tengan efecto alguno. Una especie de anarquía se hace presente en la vida nacional.

Un país que durante estos años ha contado con abundantes recursos materiales, provenientes en su inmensa mayoría del petróleo, ha visto como se han dilapidado sin aparente orden ni concierto. Es cierto que una porción de ellos, no la mayoría, han sido destinados a la población más necesitada, la cual indirectamente se ha beneficiado, pero la realidad es que el propósito de estas ayudas estaba dirigido a un fin distinto al de mejorar su calidad de vida. El objetivo ha sido siempre “comprar” sus votos y en muchos casos lo han logrado a través del temor. Lo que ojalá no hayan podido hacer es “comprar” sus conciencias. Más temprano que tarde despertarán y quiera Dios que cuando suceda, no sea con gran violencia.

A diario se observan manifestaciones no solo en Caracas, sino en todo el país y la gran mayoría de ellas son de personas a quienes se les ha venido ofreciendo solución a los problemas que les agobian y ven como esas ofertas están llenas de vacío. Lo que priva es el lucro del cual tanto se denigra y la corrupción que tanto se atacaba. A quienes se les había garantizado una vivienda digna, continúan recluidos en refugios en donde lo que menos existe es dignidad. Las que se edificaron apresuradamente, por la cercanía del proceso electoral, violan la mayoría de las normas urbanísticas y de construcción. Los trabajadores al servicio del sector público y de las empresas expropiadas o confiscadas, tienen que salir a bloquear las calles porque les incumplen sus condiciones laborales.

En Caracas no se han construido desde hace más de una década vías que permitan mejorar el tránsito. Por el contrario, cada día se pierde más tiempo en él. Transitar por las calles de la capital del país es como hacerlo por los cráteres de la luna. Si no se conoce la ubicación de los huecos es probable que no se llegue al destino porque ocurra una avería. En el resto de Venezuela la situación no es diferente, muestra palpable de ello es lo que ocurre en los alrededores del lago de Valencia, por no hablar del estado de las vías en Anzoátegui, Sucre, Mérida y ahora hasta las de Nueva Esparta, que siempre habían sido ejemplo de buen mantenimiento. Las carreteras se han ido desmoronando en todo el país.

La inseguridad es el pan nuestro de cada día. Quienes gobiernan en las cárceles son los famosos “pranes” y ahora se llega al descaro de decir que lo que sucede es que faltan custodios. ¿Será por eso que se violan los derechos humanos de los presos políticos?

Y lo que faltaba, la escasez de productos alimenticios es notoria. Actualmente falta el pollo, el azúcar, la harina de trigo, la de maíz y sabe Dios cuántos más. La gasolina se importa de Estados Unidos y la producción de petróleo cada vez es menor. Estamos pues, al borde del mar de la felicidad. Pareciera que lo hacen a propósito.

 

 

 

 

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