UN LÍDER PARA LA TRANSICIÓN

Ricardo Combellas

Ricardo Combellas

Ricardo Combellas
ricardojcombellas@gmail.com

 

Necesitamos un líder, un líder para la transición. La transición está en marcha, se trata de un largo proceso originado por un  régimen  en serias dificultades ante la realidad de la dura enfermedad del Presidente y el no fácil, aunque nunca imposible, escenario milagroso de la firme y activa reasunción por parte de Hugo Chávez, presidente legítimo de Venezuela, de las riendas del poder. 

Son formidables las dificultades y retos que afronta y sin duda seguirá afrontando el país, cada vez con mayor reciedumbre y dificultad. Para ello necesitamos un líder, no un secretario ni un coordinador, sino un líder,  como afirmaba y lo fue en grado sumo Mandela, no sólo porque deba liderar sino que se le vea (subrayo la palabra vea) liderar.

 

04 Presidentes lideres 

 

Lo imagino como un director de orquesta que armoniza todos los sonidos y obliga a los retraídos a volver al redil y garantizar así el éxito del conjunto. Un líder tolerante, pero que exija sacrificios ante la hora difícil de la patria, un hombre o mujer que ante momentos de dificultades (sean económicas, políticas o sociales), sepa decir como Churchill: “No tengo nada que proponer sino sangre, trabajo, sudor y lágrimas”, y no concite sino suscite el apoyo solidario de la inmensa mayoría de nuestros ciudadanos.

Así ha sido en todas las transiciones políticas, sea cual sea la latitud en que se desarrollen e independientemente de la especificidad o peculiaridades de cada país. A veces el líder surge de las entrañas del viejo régimen, otras de la cárcel, del exilio o de cualquier frente de lucha; se impone convenciendo, guiando, orientando la ruta a seguir, con el respaldo y la fuerza no sólo del “país político”, pues, tomo prestadas las  palabras de Gaitán, debe incorporar, abarcar, resulta  indispensable para su éxito, el “país nacional”. 

Son muchos los ejemplos que podemos traer a colación: Adolfo Suárez en la transición española, Patricio Alwyn  en la chilena, Alejandro Toledo en el Perú, Raúl Alfonsín en Argentina, Julio María Sanguinetti en el Uruguay, entre muchos otros, hombres y mujeres (el caso de Violeta de Chamorro en Nicaragua), que sería largo citar. Sin ir muy lejos, tenemos un hermoso ejemplo en la historia contemporánea de Venezuela: el de Wolfgang Larrazábal, un militar institucionalista, y por ende civilista, que supo conducir con tino la transición a la democracia el año 1958.

A todas estas ¿por qué una transición política? A una pregunta sencilla, respuesta compleja que tiene su leitmotiv: la personalización excesiva del poder concentrado en la figura de Chávez, y su consecuencia en la gravosa desinstitucionalización del país en todos los ámbitos, pero ante todo y sobre todo la desinstitucionalización del Estado venezolano.  Al desaparecer, sea por la muerte, sea por incapacidad física o mental, la figura del líder, así sus sucesores intenten convertirlo en mito y símbolo cuasirreligioso, el pegamento que une la estructura del poder se deshace, tarde o temprano, inevitablemente. Muy bien lo señaló hace cien años Max Weber, el teórico por excelencia del liderazgo carismático: el carisma no sobrevive al líder carismático, por más que lo intenten resucitar sus sucesores.

También se me preguntará ¿y por qué no un liderazgo colectivo? ¿Por qué no la MUD? ¿Por qué no los partidos políticos? La respuesta es una obviedad. El grado de articulación y fuerza organizativa de los partidos en estos tiempos, deja mucho que desear. Nuestros partidos están, no nos equivoquemos, por decirlo de algún modo, subinstitucionalizados, por sí solos son incapaces de liderar una sociedad civil desencantada y rebelde a las imposiciones partidistas. Su unión es importante, no lo niego, pero el momento actual exige una conducción suprapartidos, un primus inter pares, un hombre o mujer con el cual nos identificamos, y le entregamos la batuta, no para el mando “firme y a discreción”, sino para ayudarnos con su guía a reconciliarnos como pueblo y asumir los formidables desafíos que se abren a nuestro destino como nación.

Eso sí, y lo recalco, un líder que respete la Constitución y la convierta en el adalid del cambio político, un líder que sienta en lo profundo de sus convicciones la consigna: Dentro de la Constitución todo, fuera de la Constitución nada.

 

 

 

 

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