Una rebelión principista

Beatriz de Majo

Beatriz de Majo

 

Beatriz De Majo
bdemajo@gmail.com

 

En China protestar siempre se ha pagado caro. Sin embargo, cada día se protesta más. La tónica de la protesta y las causas eficientes de las mismas se han estado transformando, han cambiado de contenido. La esencia de los “incidentes de masas”, como eufemísticamentese denomina allí a las protestas de la población, se ha vuelto desafiante, desestabilizadora, atemorizante.

El temor al desbocamiento de la sociedad descontenta es lo que explica la desubicada declaración de la Unidad de Propaganda del Politburó del Partido Comunista cuando, presionada por la reacción de la población y frente a los ojos atónitos del mundo, manifestó lapidariamente que dentro de “la realidad social y política de China hoy es imposible tener el tipo de medios de comunicación libres con los que sueñan los manifestantes”.

1357633457_539562_1357638155_noticia_normalEl giro significativo que ha dado la manifestación del descontento en los últimos tiempos va a requerir de parte de las autoridades un tratamiento diferente al que se le ha dado hasta el presente.

Porque es que al lado de la diatriba que se genera y se manifiesta en público por el alto costo de la vida, los desalojos, los reclamos laborales, la exigencia de probidad en el manejo de los asuntos estatales, el descontento por las expropiaciones y otros temas tradicionales se ha hecho un espacio un asunto más de fondo que tiene que ver con el respeto a los derechos individuales. La inclusión del reclamo por la libertad de expresión y por la democracia entre los temas neurálgicos de las protestas requiere de una respuesta diferente. Ya la represión no basta, ni tampoco la amenaza de sanciones a los disidentes. La rebelión principista no se detiene.

En efecto, las sanciones impuestas al periódico Semanario del Sur por publicar un escrito de opinión en contra de los postulados de la administración comunista han desbocado a la población, sobre todo a la joven, que ha acudido a las herramientas de la modernidad para hacer sentir su desacuerdo. El referido periódico liberal publicó hace pocos días artículos editoriales que disgustaron al Gobierno y al Partido Comunista y, de inmediato, desde Beijing, se activaron los mecanismos de censura. Las autoridades no sólo requirieron el retiro de las notas de prensa. Exigieron que estas fueran sustituidas por textos de alabanza al Partido Comunista. Eso fue suficiente para toparse de frente con todo un movimiento de apoyo a la libertad de expresión y de información que se diseminó viralmente a través de las redes digitales y en Internet.

Se metieron con lo más delicado, los jóvenes y con el instrumento que tiene la mayor capacidad de propagación: las redes sociales.

 

Puede que para el tamaño de China las protestas de apoyo al Semanario del Sur no hayan sido tan grandes.

Pero el eco que han logrado en las redes sociales es monumental.

Contrario de lo que ocurría en el pasado, cuando se registraban anualmente cerca de 200.000 manifestaciones diarias en toda la geografía china y morían de muerte natural, las de las pasadas semanas, de continuar escalando, son capaces de socavar las bases del poder y poner a prueba a sus dirigentes.

Particularmente Xi Jinpig, quien prometió, al inicio de su mandato, hace cortos dos meses, gobernar con mayor liberalidad.

 

 

 

 
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