Escrito en 1907

Cipriano Castro

Cipriano Castro

 

 Rufino Blanco Fombona

Acaba de pasar en tren expreso para Caracas el General Cipriano Castro, enfermo desde hace ocho meses y que buscaba la salud, de meses para acá, en el balneario de Macuto. En países como el nuestro donde por costumbre inveterada y retardataria el Primer Magistrado tiene un poder más vasto del que (ya enorme) señalan las instituciones, es, a veces, mayor freno para ambiciones en juego la persona del Magistrado que el libro de la Ley; Patria. ¡Qué absurdo!

Castro va macilento, flaco, rojo el cerco de los ojos, caídos los párpados, haciendo visible esfuerzo por mantenerse firme en el asiento a la contemplación de las curiosas multitudes que se apiñan en los andenes y a lo largo de la vía para verlo. Y en ese vagón de ferrocarril, junto con ese hombre extenuado y en demacración va también, canijo y maltrecho, el destino de Venezuela.

Esa piltrafa humana ha sido adulada, poderosa, feliz. Dio guerra a pueblos de ambos continentes; y una actitud suya o una opinión se tomaba en cuenta lo mismo en Caracas que en Washington, y casi tanto en Amsterdam o en París como en Bogotá. Porque dentro de esa lámpara, hoy despostillada, ardía una gran luz: la voluntad.

Esa luz amenazó varias veces con una extensa conflagración, ya que dados los enclavijamientos de odios e intereses internacionales, en el mundo que vivimos, un grano de arena puede bastar para detener el engranaje y la complicada maquinaria de la política universal. Y ese hombre cuyo ceño encapotado causó miedo, estupor o silencio, ese hombre que se vio siempre adulado hasta en sus vicios, obedecido hasta en sus caprichos, celebrado hasta en sus errores, ese hombre que se vio aplaudido, en el menor de sus gestos, como un histrión; celebrado por el sicofantes en el menor de sus rescriptos, como un Emperador de Bizancio; cantado por el Romancero del servilismo en la menor de sus hazañas, como un Conquistador; ese hombre, ayer cifra de esperanza para tantos y a quien adulones de alquiler, besaba las plantas, orgulloso de su servilismo, ese hombre hoy es objeto de un solo deseo: el deseo de que muera.

En efecto, sólo es ya un estorbo. Sus enemigos desean que muera porque Cipriano Castro fue duro con sus adversarios. Hay algo menos explicable: que sus amigos, que sus tenientes, que sus aduladores de ayer, atisben por la cortina del lecho la agonía del ídolo expirante.

 

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