LA MISERIA DEL PACIFISMO EUROPEO

Fernando Mires

Fernando Mires

Fernando Mires
fernando.mires@uni-oldenburg.de 

 

“Quien llega tarde será castigado por la vida”, es la frase que hizo famosa Gorbachov antes de que los muros del comunismo fueran derribados por multitudes. No obstante, a pesar de ser certera, podría ser mejorada. En su lugar, pienso yo, debería escribirse: “Quien llega demasiado tarde será castigado por la vida”. Porque la verdad es que tanto en la política como en la guerra siempre se llega tarde pues ambas prácticas actúan sobre la base de hechos ya ocurridos y no hipotéticos. Llegar tarde es normal. “Demasiado tarde” puede ser fatal.

”Nunca mas guerra” mantra de los alemanes

”Nunca mas guerra” mantra de los alemanes

Llegar “demasiado temprano” también puede ser fatal. Para poner un ejemplo, el Presidente Bush, empeñado en realizar su concepto de guerra preventiva, llegó demasiado temprano a Irak para impedir que Sadam Hussein hiciera uso de armas de destrucción masiva (que no poseía) y uniera sus fuerzas a las de Bin Laden (ambos desalmados eran enemigos).

Hoy, cuando vemos a Irak convertido en nido de terroristas, sabemos que Bush sólo realizó su propia profecía, impidiendo de paso que los iraquíes hubieran ajustado cuentas con su dictador. Así Bush no sólo destruyó la infraestructura de una de las naciones más modernas del mundo árabe; además, arrebató a los iraquíes el derecho a hacer su historia como hoy la están haciendo Túnez, Egipto, Libia y Siria. No ocurre lo mismo en Malí, nación que a diferencia del Irak de ayer, ya está ocupada por los hordas de al Qaeda.

Ese llegar demasiado tarde es una constante occidental. También es uno de los precios que hay que pagar por vivir en democracia donde las grandes decisiones deben ser tomadas tras previa y a veces larga deliberación.

Estados Unidos y la URSS también liberaron demasiado tarde a la Europa de los tiempos de Hitler, tan tarde que no pudieron impedir el holocausto cometido al pueblo judío. Tarde también llegó la NATO a la región del Kosovo, cuando la soldadesca de Milosevic ya había llevado a cabo un genocidio. Y ahora, las tropas francesas también llegan tarde a Malí, nación cuya región del norte se encuentra ocupada por las hordas terroristas de al Qaeda, cuando el conflicto ha sido extendido a toda la zona del Sahel, incluyendo a la misma Argelia.

Retraso imperdonable. La capitulación de Malí frente al terrorismo islamista es un peligro directo para toda Europa. Mas imperdonable aún si se toma en cuenta que en el caso de la ayuda a Malí no se trata solo de acceder al llamado de auxilio emitido por el muy inestable gobierno de Dioncunda Traoré, sino de defender los intereses estratégicos de la propia Europa.

En el norte de Malí, sobre todo en la región de Azawad, se ha formado la peor constelación imaginable: la alianza que se ha producido entre un movimiento étnico, el de los Tuareg, con el islamismo terrorista de las fracciones de al Qaeda.

Las identidades de ambos movimientos, la étnica y la religiosa, son irrenunciables y por lo mismo no existe ninguna posibilidad de establecer con ellos la menor relación política.

Si la unidad entre etnia e ideología como la que se dio una vez entre el PKK (Partido de los Trabajadores Kurdos) del comunista Ökalan y fracciones del movimiento kurdo fue tenebrosa, la que hoy se da entre la etnia Tarueg y el terrorismo islamista es simplemente infernal. Lo saben los habitantes del norte de Malí, víctimas de torturas, violaciones y asesinatos sin fin.

Ni siquiera se trata de un nuevo Afganistán, como aducen tantos periodistas, pues los talibanes afganos reciben apoyo de gran parte de la población pobre del país. Se trata de algo infinitamente peor: de un movimiento racista y fundamentalista a la vez, y  por si fuera poco, establecido en las propias puertas de Europa.

En cierto modo -paradoja de la historia- la ex colonialista Francia, al combatir a los invasores de al Qaeda, está llevando a cabo en Malí una guerra de liberación anticolonial. Eso es lo que no pueden entender ciertos políticos europeos que se quedaron atascados en la era de las protestas por Vietnam.

Si Europa no actúa militarmente, todas las grandes conquistas alcanzadas por los movimientos árabes del 2011 se vendrán abajo, la región musulmana será escenario de interminables guerras étnico-religiosas y la ola migratoria hacia Europa se convertirá en un sunami. Por eso sorprende que hasta el momento el gobierno de Hollande se encuentra prácticamente solo, situación que hizo decir al parlamentario de la UE, Daniel Cohn-Bendit, que mientras los países de Europa envían enfermeras, “a nosotros (los franceses) nos matan”.

Frase, la de Cohn-Bendit, que obviamente no estaba dirigida a países como Polonia o Portugal, sino directamente a Alemania, nación que pese a poseer uno de los mejores ejércitos del mundo, niega persistentemente su apoyo militar a quienes angustiosamente lo solicitan, aunque exista una explícita autorización de la ONU o aunque sea al precio de aparecer en la misma lista con países como China o Rusia, como ocurrió en el caso de Libia.

¿Cuáles son las razones que llevan a Alemania a tan abstrusa, inhumanitaria y antipolítica actitud?

No hay una razón, hay muchas.

Desde los tiempos del gobierno Schroeder los políticos alemanes están convencidos de que el lugar de la política, también de la internacional, debe ser ocupado por la economía. Es por eso que en Alemania se piensa que la política europea debe ser una política del euro y nada más. Muy cerca de las próximas elecciones nacionales en Alemania sólo se discute sobre números.

Una guerra no es popular en ninguna parte, menos en Alemania. Y como con guerras no se ganan elecciones, los políticos alemanes, desde la derecha hasta la izquierda pasando por “los verdes”, hacen como si Malí no existiera. O en el mejor de los casos quieren hacer creer que sólo se trata de un problema francés.

Incluso los socialdemócratas -siempre maestros en usar la palabra solidaridad- han abandonado al socialista Hollande a su perra suerte.

La prensa, por su parte, ha ayudado a crear un clima de total desinformación. Cualquier ciudadano común piensa en Alemania que todos los creyentes musulmanes son “islamistas”. Y si Merkel conversa con el “islamista” egipcio Morsi, los islamistas de Malí –es decir, los verdaderos islamistas- no pueden ser tan peligrosos.

Pero hay además razones más profundas.

Desde el comienzo de la post-guerra se estableció en Alemania un dogma: Nie wieder Krieg (nunca más guerra). Dogma equivalente a una mala y tendenciosa lectura del propio pasado, pues el nazismo no surgió de la guerra sino la guerra del nazismo.

A través de la falsa asociación entre nazismo y guerra muchos políticos alemanes han convertido la culpa en un privilegio: el de no mezclarse en conflictos bélicos aunque sus aliados naturales, los franceses, así lo pidan; aunque la propia nación se encuentre en peligro. En el fondo, gran parte de los políticos del país añoran los tiempos de la Guerra Fría, cuando gozaban de la protección de los EEUU, cuyos gobiernos realizaban “el trabajo sucio” mientras la izquierda alemana protestaba en las calles en contra del “imperialismo norteamericano”.

Esos son los caminos del falso pacifismo que en 1985 criticó el social-cristiano Heiner Geißler, uno de los más respetados políticos alemanes. A cambio recibió Geißler agravios e insultos de todos los partidos, incluyendo el suyo.

Cuando Geißler dijo que el pacifismo europeo llevó a Auschwitz, emitió una declaración en la cual faltaron algunos matices. No obstante, bajo la luz de los acontecimientos recientes ha quedado muy claro que el pacifismo alemán, y por ende, el de otras naciones europeas, no es más que el pacifismo de los avestruces.

El problema es que esta vez los avestruces han hundido sus cabezas en las ardientes arenas del Sahara.

 

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