Riquelme, en su laberinto

306 RiquelmeA siete meses de su último partido, dice que no extraña jugar; sin ofertas a la vista, sólo él sabe si volverá.

 Christian Leblebidjian 

Juan Román Riquelme siempre tuvo todo bajo control en su carrera, aunque hoy son muchas las preguntas que envuelven su actualidad: ¿Sigue convencido del último “no” a Boca? ¿Podrá convencerlo Sergio Massa para que se ponga la camiseta de Tigre? ¿Por qué debe retirarse así? ¿Volverá a jugar o cada día que pasa piensa más en el retiro definitivo? Lo cierto es que hoy, a los 34 años, y a casi 7 meses de haber jugado su último partido, habiendo cerrado la puerta de Boca y sin ofertas a la vista, ni él sabe qué será de su destino. 

Cuando arrancó jugando en la primera de Boca, en 1996, enseguida los ojos de los hinchas apuntaron hacia él porque -claramente- era un jugador distinto, algo que no era común ver por aquellos tiempos compulsivos de la era Bilardo. Los destellos y las pinceladas que aportaba no fueron aprovechados por Héctor Veira, pero -enseguida- con la llegada de Carlos Bianchi encontró el respaldo y las indicaciones que necesitaba para empezar a ser el crack que luego todo el mundo conoció ya en 2000, con las pisadas y la personalidad destacadas para sobreponerse a las figuras de Real Madrid en la final de Tokio. 

El crecimiento fue paulatino, dentro y fuera de la cancha. Pero aun cuando -introvertido- se escondía de los periodistas detrás del hombro de Cristian Traverso, no daba ningún paso sin calcular, sin medir. Seguro de sí mismo (y defendiendo el puesto de enganche), fue haciendo una carrera muy destacada desde lo futbolístico, ubicándose entre los máximos ídolos de la historia xeneize, decisivo en cada vuelta olímpica, en cada gesta. 

Siempre tuvo todo bajo control, incluso cuando asumió perderse un Mundial por diferencias con Diego Maradona, el entonces entrenador del seleccionado; también cuando -enojado- hizo el raid mediático posterior al abrazo Angelici-Falcioni con significado de continuidad del DT para 2013. Él podía estar seguro de que no volvería, pero sintió la necesidad de mostrar su disconformidad por la decisión que se estaba tomando en relación con Falcioni. El Bombonerazo podía estar en su especulación, pero lo que no estaba bajo su cálculo era el regreso de Bianchi, uno de los pocos entrenadores que podían hacer tambalear su decisión, el único que le hizo rever la frase: “A Boca no vuelvo más”. Lo pensó, evaluó revertir la medida, hasta su representante, Daniel Bolotnicoff, negoció con los dirigentes un par de solicitudes del enganche, como la extensión del contrato por un año y medio más (hasta 2015) y el reajuste de la cotización del dólar. Recién ahí, luego de varios días de idas y venidas, se presentó el día que inició el Virrey su tercer ciclo para confirmar su “no”. 

El propio Bianchi y los dirigentes reconocieron que Román quedó preso de sus palabras; el técnico agregó que lo respetaba cada vez más y lo elogió dándole el rótulo del “mejor jugador de la historia de Boca”. Riquelme les agradeció a todos, pero repitió el no. 

Aquella mañana en el predio Pedro Pompilio se lo vio incómodo, sin tener el control de la situación. Por un lado, le cerraba las puertas a un contexto ideal para regresar, con Bianchi en el banco y la Copa Libertadores como zanahoria para desafiar a la vuelta de la esquina. Más: con un frente interno de jugadores que seguramente no deseaban su retorno, más allá de las voces de cassette en los micrófonos. 

En siete meses tuvo sólo dos ofertas firmes, ambas del fútbol brasileño: Cruzeiro, por intermedio de Juan Pablo Sorin, y la última de Palmeiras, pero ambas se desvanecieron. Más allá de los intentos de Tigre y Argentinos, más ligados al corazón que al desafío profesional, cuesta entender por qué un jugador de su calidad no recibió más llamadas. 

Si bien Néstor Gorosito, DT de Tigre, se mostró entusiasmado con la posibilidad de sumarlo para jugar el torneo Final y la Copa Libertadores, el propio Riquelme dijo varias veces que le parecería “raro y difícil” jugar en el fútbol argentino con otra camiseta que no fuera la de Boca. 

El viernes pasado, cuando habló en Fox Sports Radio Del Plata, tampoco se lo escuchó cómodo. Buscó afirmarse en sus palabras, hacerle creer al mundo que está bien, que no extraña jugar. Se notó su disgusto porque el capitán es Agustín Orion, por algunos dichos de Santiago Silva. Es que ahora que mira el fútbol desde afuera parece más disconforme que antes con algunas cuestiones. 

Hoy, más allá de que pueda ponerse la camiseta de Tigre y confirmar que su clase sigue vigente, no se lo ve contento ni feliz, por más que en las últimas entrevistas dijera que “no extraña jugar”. 

  • 208 días hace que Riquelme no juega profesionalmente. Su último partido fue vs. Corinthians, el 4 de julio, por la Libertadores.
  • 28 partidos oficiales disputó Román en 2012: 14 en la Copa Libertadores, 12 en el Clausura y 2 en la Copa Argentina.
  • 22 partidos oficiales jugó en 2011, idéntica cantidad entre Clausura y Apertura. Sólo en seis no completó los 90 minutos.

 

PAREDES, EL N° 10 QUE TIENE SU BENDICIÓN
Cuando se fue, Riquelme había aclarado que no volvía, entre otras cosas, porque no quería tapar a Leandro Paredes, el enganche de 18 años que, en ese momento, estaba por detrás de Chávez en las preferencias de Falcioni. Ahora, tras la primera imagen de Boca en el verano, Román opinó que era el equipo quien debía respaldar a Paredes y que no había que cargarlo de presión. Bianchi lo está poniendo como titular y Paredes evolucionó de un partido a otro. El DT le había pedido más participación y ante Independiente le cumplió. Si bien cometió errores, se mostró más. Está en carrera para ser el sucesor de Román, aunque, como dijo el Virrey, eso no se logrará de la noche a la mañana. 

 

Lanación.com

 

 
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