EL DEBUT FALLIDO DEL POSTCHAVISMO

Angel Oropeza

Angel Oropeza

Ángel Oropeza
@angeloropeza182

 

El postchavismo tuvo que debutar en funciones de gobierno antes de tiempo.  Sin esperarlo, sin estar preparados y, para colmo, sin ningún tipo de legitimidad,  pues hay que recordar constantemente que a los actuales gobernantes no los eligió nadie, y sólo permanecen en el poder tras una colosal violación a la Constitución nacional por parte de esa oligarquía oficialista.

 

Tanto apostar al culto a la personalidad y a la tesis del líder único, que cuando el jefe insustituible ya no estuvo presente, el postchavismo se encontró, cual rey desnudo, en una evidente indigencia de liderazgo.  Y así ha tenido que debutar, sin legitimidad, sin rumbo y sin saber qué hacer.

 307 Maduro cabello y militares

Para agravar las cosas, este debut ha tenido que adelantarse en el peor escenario posible, caracterizado por 3 grandes condicionantes: 1) una situación  de extrema fragilidad económica, paradójicamente en medio de un alza notoria del precio del petróleo, debido a la acumulación de irresponsabilidades del gobierno en materia de política fiscal y macroeconómica;   2) su “único líder” no sólo está incapacitado y ausente, sino que se cansó de decir al país que éstos  –quienes ahora amenazan y dicen gobernar en su nombre–  son todos una cofradía de ineficaces, culpables de todos los males y desaciertos de su larguísima administración;  3)  una oposición que aglutina no sólo a la mitad del país, sino que empieza a recuperarse anímicamente del traspiés sufrido en las elecciones del 16D, que continúa unida a pesar de los deseos del gobierno y que tiene un claro y visible liderazgo al frente, en la persona del gobernador de Miranda.

 

Frente a este escenario adverso, al postchavismo se le presentaban dos opciones posibles: La primera, tratar de construir y vender ante el país un liderazgo nuevo, que intentara rescatar las banderas originales y ya olvidadas de dignidad y cambio, y se deslastrara del karma que le acompaña como el gobierno más corrupto e ineficiente de la historia republicana.   Pero esta opción les pareció tan difícil como poco creíble, y optaron por la segunda y,  por supuesto, más cómoda estrategia, que es dirigir todos los esfuerzos, recursos y poder en tratar de aniquilar y sacar del medio al líder de la oposición, a quien perciben –dada la pequeñez que evidencia su conducta de cobarde agresividad–  como un enemigo formidable a quien temen enfrentar, ahora sin el padre protector, en una cada vez más inminente contienda electoral. La desconfianza en los méritos de su propio liderazgo los hace refugiarse en la única esperanza que les queda,  y es destruir al liderazgo democrático y del progreso en franco ascenso. Se optó, en síntesis, por destruir ante la incapacidad confesa de construir.

 

El debut prematuro del postchavismo ha ocasionado que sus representantes hayan perdido la oportunidad histórica de mostrarse como una posibilidad política fresca, de ideas remozadas y nuevas propuestas. Pero además, y lo que es más grave, los ha reducido a una muy mala copia de lo peor del chavismo originario: excluyente, agresivo, intolerante y con la cobardía de quienes gritan y amenazan sólo desde la impunidad de sus cargos o  detrás de sus bien pagados guardaespaldas.  Tal línea de acción pendenciera y violenta es la que han recomendado sus asesores, quienes han visto en el reforzamiento de la polarización y en la belicosa radicalización  una forma de aglutinar –aunque sea forzadamente– a los que se consideran propios,  y evitar la “soledad afectiva y el miedo” ante la amenaza que les significa el avance de la oposición, tal como –por ejemplo– se filtró en un reciente documento confidencial con las recomendaciones del dueño de la empresa Hinterlaces, Oscar Schemel,  a los representantes del postchavismo en  el poder.

 

Hubiera sido interesante y deseable observar a la clase política postchavista actuar sin el pesado y castrador fardo del omnipresente teniente coronel, y optar por la formación de un liderazgo alternativo más democrático, compartido y socialmente eficiente, que tomara lo mejor de su pasado histórico pero que se atreviera a ir más allá de la retórica y los clichés para merecer ser respetados y tomados en cuenta por los venezolanos.

 

Lamentablemente para ellos y para el país, no lo hicieron y perdieron la oportunidad. El parto prematuro nos trajo un feo engendro que sólo habla de su papá ante la incapacidad de producir otra idea, y amenaza con que la única meta a que puede aspirar es llevar al extremo de lo increíble lo peor de su progenitor.

 

 

 

 
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