El estadista y el asesino

Edilio Peña

Edilio Peña

Edilio Peña
edilio2@yahoo.com
@edilio_p

 

Algunos estadistas modernos han actuado y otros aun actúan como aquellos reyes que hacían uso de sus bufones para ostentar un encanto o un ingenio que no tenían, o para ejecutar una perversión que no se atrevían directamente a realizar, en las alcobas o en los sótanos de tortura de los palacios.

 

Ello ocurre cuando estadistas sienten deseos inconfesables y terminan, a veces sin siquiera sospecharlo, yendo más allá del cálculo.

De este modo, un boxeador que había conocido la gloria, con el rostro del Presidente tatuado en su pecho, y en medio de ese territorio psíquico donde el amor y el odio se confunden, asesinó a su joven pareja, suicidándose al despertar del vértigo de su propio horror. Luego, seguidores del Presidente ingresarían en la madrugada al cementerio y, profanando la tumba del asesino, arrancarían de su cadáver la imagen tatuada antes de que los gusanos la devoraran.

valero1

La acción se justificaba porque el Presidente había adquirido una dimensión mítica de tal magnitud, que debía ser preservada su imagen de cualquier corrupción que anidara en términos reales o simbólicos, en la vida o en la muerte. Su propio gobierno ya no era producto de una necesidad histórica, social o política, sino de un oscuro mecanismo divino que lo había concebido. Porque el propio Presidente había dejado de ser fruto de la razón y las ideas, constituyéndose ahora en el impulso de las creencias sobrenaturales y la fe ciega de las masas.

El Presidente podía proveer poder a los suyos, pero si por una indeterminada causa, éstos caían fuera de su mágico protectorado, como ocurrió el infeliz boxeador, el Presidente quedaría liberado de toda responsabilidad. Por alguna razón que desborda el presentimiento, el difunto boxeador comentaba que cada vez que boxeaba, sentía que lo hacía el Presidente y no él. Pero no sólo el boxeador lo creía, sino que también la propia fanaticada; y en los espejos en los que las sombras y los espectros gustan boxear en la nada, esos hechos de la multiplicaban.

Mas, un golpe de dados jamás abolirá el azar, escribió el poeta Stéphane Mallarmé, y el poder mágico y divino del Presidente, comenzó a resquebrajarse. No fue un acto magnicida el que lo vulneró; tampoco una invasión imperialista o el amor de una mujer la que lo conquistó bajo el aguacero de sus discursos. Fue lo más común que acecha a cualquier mortal: una penosa enfermedad. Lo novedoso fue que ya no estaba al acecho. Se había instalado en el cuerpo del Presidente.

Al principio, los seguidores y hasta los médicos de cabecera, aseguraban que el intruso sería derrotado por su fortaleza y no por la medicina, sojuzgada ante el supremo poder telúrico del enfermo. El propio Presidente aseguró públicamente haber vencido al inclemente enemigo. Pero tuvo que reconocer lo imposible, y se entregó al combate de la maligna enfermedad, como antes lo había hecho el boxeador que tanto lo había admirado.

Fue cuando lo impensable ocurrió. Otro de sus seguidores decidió ofrecer un sacrificio para liberar al mandatario de la desventura. El hombre eligió a su madre anciana y la descuartizó en medio de una orgía de sangre para cumplir con lo que según él, Dios le había ordenado… como única forma de salvar a su amado Presidente.

 

 

 

Versión editada

 

 

Artículos relacionados

Top