Golpes buenos y golpes malos

Roberto Giusti

Roberto Guisti

Roberto Giusti
rgiusti@eluniversal.com 
@rgiustia 

 

A 21 años del 4F persiste una opción democrática irrenunciable y más vigente que nunca

 

Los chavistas tienen razón. Hay golpes buenos y hay golpes malos, si se me permite la extrema simplificación, a contracorriente del criterio generalizado (que se expresa casi siempre de la boca para afuera) según el cual todo golpe, así esté animado por las mejores intenciones, no sólo es malo, sino horroroso (por antiestético) y contrario a la democracia (por antiético). Así, la hipocresía nos lleva a calificar de “revoluciones” lo que no es otra cosa, en la mayoría de los casos, que vulgares cuartelazos cuya justificación ideológica apenas alcanza para cubrir las apariencias. Amén de las posiciones políticas irrestrictas, que coadyuvan a la entronización del estereotipo: “todo golpe es malo… menos el mío”.

Para los adecos, por ejemplo, es un sacrilegio llamar asonada cívico-militar a lo ocurrido el 18 de octubre de 1945, durante una jornada que derrocó al gobierno de Medina Angarita, cuando es sabido que la conspiración se fraguó entre oficiales y dirigentes de Acción Democrática. Cuatro años más tarde se instauraba la dictadura militar. En cambio el movimiento del 23 de enero, atribuido a la resistencia de los partidos, cuya dirigencia trabajaba en la clandestinidad, no cristalizaría hasta el pronunciamiento de los militares. A juzgar por las recientes celebraciones, éste fue un golpe bueno, tanto para unos como para los otros, aunque estos últimos renieguen de sus consecuencias.

Divergencias sí hay sobre el 11A, protagonizado por un movimiento de masas que salió a la calle a pelear por su derecho a vivir en democracia. Los chavistas se llenan la boca descalificándolo, pero no se puede negar cómo esa lucha por el derecho a vivir en democracia forzó la intervención de los militares. Que esa voluntad haya sido secuestrada luego convierte lo ocurrido en un golpe de Estado sin atenuantes. Moraleja: los golpes buenos pueden convertirse en golpes malos.

En cambio el 4F y su derivación, el 27N, fallidas intentonas sangrientas y carentes del menor atisbo de participación popular, han sido elevadas a la cota de gestas inmortales que habrían dado paso a un país soberano y próspero, donde campean la igualdad, la paz social y la honestidad administrativa, con índices de desarrollo humano jamás alcanzados.

Pues bien, si eso era lo que perseguían con aquellas carnicerías, lograron exactamente todo lo contrario. Pero si el objetivo era la dominación total de la sociedad a través de una suerte de totalitarismo de nuevo cuño, tampoco llegaron muy lejos. Ahora nos hallamos de nuevo ante una encrucijada y a 21 años del 4F persiste una opción democrática que, aun golpeada y maltrecha, está más vigente que nunca.

 

 

 
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