LA REVOLUCION ADJETIVA

Mariano Nava Contreras

Mariano Nava Contreras

Mariano Nava Contreras
marianonava@gmail.com

 

“Bodeguita bolivariana, popular, zamorana y antiimperialista Los Totumitos”

 

En uno de sus diálogos menos conocidos, el Cratilo, el buen Platón se pregunta si realmente existe una relación entre la palabra y la cosa. Resulta que por aquellos días a los sofistas les dio por decir que entre la cosa y la palabra no había más que una relación arbitraria. Que algo, pongamos un perro o una mesa, podía llamarse indistintamente de una forma u otra, sin la menor consecuencia. “Todo es relativo”, decían, “el hombre es la medida de las cosas”. A nuestro filósofo le repugnaba tanto irresponsable relativismo. Pensaba que la ciencia no podría avanzar si se decía, por ejemplo, que algo estaba al mismo tiempo frío y caliente, o era pequeño y grande a la vez, y que ambas afirmaciones eran igualmente verdaderas solo por el hecho de que así lo pensáramos. Semejante desmadre epistemológico lucía inconcebible a los ojos del filósofo.

 

308 platon-vaticano-sala-de-las-musasPara Platón, debía haber algo en la naturaleza de las cosas que las relacionara íntimamente con su nombre. Así, el criterio de la verdad no estaría en el capricho de cada quien, sino en la cosa misma, fuera de nosotros. La verdad era, pues, objetiva, no subjetiva. Y sin embargo, en el Cratilo, Platón se limita a exponer ambas tesis, sin decantarse por ninguna. El filósofo tuvo el buen gusto de dejar abierta la solución para que los lingüistas de la posteridad, como Saussure o Jackobson, tuvieran en qué quebrarse la cabeza.

 

Así que el asunto de las relaciones entre la palabra y la cosa fue algo que siempre preocupó a todos. Los romanos, por ejemplo, investían de muchos títulos, nombres y sobrenombres a sus emperadores, creyendo que así les dotaban de mayor grandeza y dignidad: Cayo Julio César Octaviano Augusto, Nerón Claudio César Augusto Germánico, Cayo Julio César Augusto Germánico Calígula. Esta tradición pasó intacta a España, que no solo daba largos nombres a sus nobles y pomposos títulos a sus reyes, sino que también bautizó ampulosamente las ciudades que iba fundando por América. Santiago de León de Caracas y Santiago de los Caballeros de Mérida son muy buenos ejemplos. Entre la nobleza colonial la cosa no era muy diferente. Tampoco los ricos criollos se quedaban atrás al poner interminables nombres a sus acomodados vástagos y herederos: Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios Ponte y Blanco.

 

Está claro que en nuestro imaginario hispanoamericano esta lógica simple de que a mayor nombre, mayor importancia, se ha mantenido intacta, conservando parte esencial de nuestra herencia colonial española. En las telenovelas, verdadero espejo de nuestra idiosincracia, los poderosos siempre llevan nombres ampulosos, como aquel Don Alberto Salvatierra, el millonario de “Los ricos también lloran”, mientras que los de los pobres, simples y llanos, resaltan la humilde condición de quien los lleva, como “María la del barrio”. Pero no pensemos que, por simple y popular, esta antigua idea se limita al inocuo mundo de la ficción televisiva.

 

308 GranMisiónATodaVidaVzlaEs más bien en el peligroso terreno de la política donde ella influye de forma más ostensible. Así, los venezolanos de estos curiosos tiempos alguna vez habremos tenido que leer carteles del tipo “Bodeguita bolivariana, popular, zamorana y antiimperialista Los Totumitos”, o “Cooperativa revolucionaria, indigenista y guevarista mototaxi Yorban Yeferson Yorsiño Express”, amén de otros extraños nombres “institucionales”, como los de la “Gran Misión a Toda Vida”, o los llamados “Ministerios para el Poder Popular”. Se trata de inútiles dispendios verborreicos que solo persiguen manipular al ciudadano, y no benefician más que a ciertos dueños de imprentas bien conectados y a importadores de tinta roja. Incluso últimamente se ha llegado al ridículo dislate de pretender cambiar el nombre a Estados enteros, como si el atiborrar a un nombre con vacíos adjetivos influyera en la ventura o la desventura de una región, en su cultura ni en su historia. Como si un asunto capital como el éxito o el fracaso de un país fuera simple cuestión de poner o quitar adjetivos. Como si el problema verdaderamente sustantivo de no querer ponerse a trabajar pudiera obviarse con simples cambios de palabras.

 

 

 

 

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