Una preocupación menos para el señor Maduro

Guillermo A. Cochez

Guillermo A. Cochez

Guillermo A. Cochez

 

Al asumir en Washington el 4 julio de 2009 mi puesto como representante de Panamá, me llevaron del aeropuerto directamente a la Asamblea General de la OEA. Discutían las sanciones a aplicar a Honduras por la separación de Zelaya de la presidencia. Me encontré allí con el canciller Maduro en mi debut como embajador de Panamá el 4 de julio en Washington. Maduro parecía el director de la orquesta compuesta, entre otros, por la presidenta argentina y el presidente del Paraguay, a mi lado en esa maratónica reunión que duró hasta la madrugada del día siguiente. Este incidente lo narré en agosto de ese año en entrevista que me hiciera Roberto Giusti de El Universal. Con su vozarrón de conductor de bus daba órdenes a los demás, incluso a los mandatarios presentes, algunos de los cuales quizás sin saber siquiera dónde quedaba Honduras. 

Durante los tres años y medio que estuve al frente de la representación de mi país, desconozco cuántas veces Maduro llamó a mi Cancillería para poner quejas de su incorregible embajador. Una de ellas fue el 3 de julio de 2010. Ese día, fui nuevamente denunciado después que el embajador Proaño del Ecuador, presidente del Consejo Permanente de la OEA, no aceptara las presiones de ALBA para demorar la sesión solicitada por Colombia para discutir su denuncia sobre las bases guerrilleras de las FARC en Venezuela.

El canciller estaba irritado porque Panamá había dicho que si Colombia había presentado una denuncia muy concreta y muchas evidencias, rechazándolas Venezuela, procedía entonces que la OEA, como en el pasado, nombrar una comisión investigadora. Eso irritó a Maduro; de inmediato puso queja a su colega panameño, acompañada de nota de protesta. Venezuela, como solían ser sus trillados argumentos, advertía que Colombia ahora atacaba porque quería desprestigiar la revolución chavista y se aliaba a los enemigos de las revoluciones del siglo XXI. 

Me pasé tres años y medio en la OEA oyendo de esas constantes quejas. En algunos casos, que yo conozca, ni se quejaron, como cuando hice del conocimiento del consejo el caso de la jueza Afiuni, violada por sus captores en su encarcelamiento con conocimiento del presidente Chávez. Cuando defendí a Globovisión de una de las absurdas multas que le impusieron, hasta llamaron a reclamar que yo había dicho que era amigo de Guillermo Zuloaga. Cuando me preguntó mi viceministro le dije que eso era verdad pero que parecía ridículo pedirme que no hiciera gala de una amistad de 30 años, más aún cuando era conocido que al tocayo lo perseguían porque su canal de televisión era crítico al régimen chavista. 

Lamento que ahora, fuera de la OEA, el señor Maduro no tenga porqué poner más quejas de lo que dice allí Panamá. Ahora tendrá más tiempo para desenredar los tantos entuertos que enfrenta desde el 10 de enero cuando sin tener ningún derecho, se ha quedado sin ser juramentado por el presidente electo, como vicepresidente de su país.

Ahora dispondrá de más tiempo para decir que habló con Chávez no sé cuántos minutos y que éste hizo ejercicios, podrá nombrar ministros desde su lecho de enfermo y, sobre todo, podrá escribir extensos mensajes en tinta roja a sus colegas de la Celac. 

* Embajador de Panamá OEA (3 julio 2009-17-enero-2013)

 

 
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