SOBRE EL PROBLEMA DEL CRISTIANISMO

Saúl Godoy Gómez

Saúl Godoy Gómez

 

Saúl Godoy Gómez
saulgodoy@gmail.com

 

La renuncia de Benedicto XVI al papado puede ser una oportunidad de revisión para la iglesia Cristiana, Apostólica y Romana, que se debate entre el dogma y la modernidad, entre el fundamentalismo y la necesidad por actualizarse ante las complejidades del mundo de hoy.

 

Ha sido una disyuntiva que nos ha costado caro, se han gestado movimientos y cismas internos buscando nuevas rutas sobre cómo ejercer el apostolado, en lo externo hemos sufrido enormes pérdidas de su influencia y magisterio por causa de sostener una doctrina anclada en el pasado, en revelaciones que tuvieron su importancia pero que hoy no satisfacen las expectativas de la feligresía, en una estructura de poder que no tiene sentido.

 

309 iglesia vaciaConfrontada con nuevas formas del pensamiento, con la democracia y la búsqueda de  espiritualidad, la Iglesia pretende hacer valer sus “verdades absolutas y universales”.

 

El mundo avanza y no espera a que las instituciones se pongan al día. Puede que exista una metafísica arcaica que hace de centro y sostén de su estructura, pero las ideas que conforman la periferia y que están en contacto con lo mundano y lo pragmático se han desvencijado, ya no hacen “clik” con la gente. Y es que nos encontramos en los umbrales del transhumanismo, de una singularidad tecnológica, de cambios fundamentales en la cosmología, de una enorme debacle de civilizaciones en conflicto, que ya están afectando las maneras habituales de percibir el mundo, peor aún, de percibirnos a nosotros mismos.

 

La Iglesia ha sido el motor espiritual de Occidente, en su seno se han gestado los valores y principios de los derechos humanos, de la libertad, de la globalización y lo que la comunidad cristiana esperaba, era que la Iglesia siguiera llevando estos cambios a los nuevos horizontes que plantea la modernidad, pero hubo un atascón que detuvo la sincronía entre ciencia y religión, entre los adelantos tecnológicos y la búsqueda de la espiritualidad, fue como si la Iglesia se hubiera quedado sin respuestas, o aplicando recetas desfasadas ante las evidencia de un mundo cada vez más extraño e impredecible que nada tiene que ver con el de las sagradas escrituras.

 

Se necesita una proximidad relativa al misterio que se pretende abarcar, si no hay esa aproximación, la distancia entre el creyente y los fenómenos a los que deben darse explicaciones (o actos de fe) se hace insalvable, es terrible que la Iglesia todavía se encuentre deshojando la margarita sobre si la mujer puede ser o no ordenada sacerdote, sobre si los curas pueden o no contraer matrimonio, o en el caso de la doctrina, sobre el enorme mar de contradicciones que surgen al momento de explicar el origen del universo y de la vida, y nada que decir de la sexualidad humana, la muerte, el concepto de Dios.

 

Las consecuencias han sido deserciones de creyentes, aumento de los no practicantes (y por lo tanto no comprometidos), de migraciones hacia otros cultos, de pérdida de influencia no solo política sino en la opinión pública. Pareciera igualmente que la fosilización de la estructura eclesial, el notable envejecimiento de su cúpula de poder, la política de permisividad ante regímenes de fuerza e ideologías antihumanistas, su falta de transparencia en su administración interna, le impide responder rápida y adecuadamente a los diferentes cambios. Una avalancha de taras y escándalos expuestos a la luz pública solo dan cuenta de la enorme carga de represión que existe en su interior, sin posibilidades de mejoría si no hay cambios profundos y urgentes.

 

Cada vez hay menos sacerdotes, no hay avances en la evangelización ni en los procesos de contacto e interacción con los pueblos, los ritos y manifestaciones públicas de fe carecen de atractivos, ni parecen satisfacer las necesidades de las comunidades, en comparación con otras denominaciones mucho más activas y cercanas a las realidades cotidianas de la gente.

 

El Occidente se encuentra en una difícil encrucijada ante el avance indetenible del Islam y de la influencia de China en el mundo. La necesidad espiritual de los hombres permanece constante ante la proliferación de sectas que pretenden dar satisfacciones a las mismas.

 

La Iglesia requiere cambios, incluyendo al papado, necesita una estructura financiera y corporativa de acuerdo a los nuevos tiempos para avanzar en sus metas, en tono con el presente, buscando la tendencia laica que responda a los reclamos individuales, so pena de convertirse en lastre innecesario; y en esa tarea de reingeniería somos muchos los cristianos dispuestos a ayudar, la Iglesia no son solo los purpurados, somos mayoría.

 

Así como existe un Colegio Cardenalicio debe existir un cuerpo de consulta y política laica que esté sembrado en la estructura del Vaticano, es una enorme pérdida de recursos humanos y talentos no darle participación a quienes sentimos la orfandad de la institución en los asuntos que atañen al mundo.

 

 

@ELUNIVERSAL

 

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