Discriminación a lo bestia

Juan Carlos Pérez-Toribio

Juan Carlos Pérez-Toribio

 

Juan Carlos Pérez-Toribio
@pereztoribio

 

Aunque nuestro bolsillo esté bastante resentido con la reciente devaluación y no se sepa tampoco qué nos depara el futuro encerrado supuestamente en las paredes del hospital militar, es hora de que nos ocupemos de otro asunto ocurrido hace unos días en Madrid.

Los hechos tuvieron lugar el jueves 14 en el estadio Vicente Calderón, ubicado en la capital española, mientras  se jugaba los dieciseisavos de final de la Europa League entre el Atlético de Madrid y el Rubín Kazán. Cada vez que el delantero venezolano Salomón Rondón, fichado por el equipo ruso en agosto del 2012, tocaba la pelota, un grupo de fanáticos situados en las gradas del lado sur, hacían ruido e  imitaban el sonido de un mono. No era la primera vez que “Salo” recibía este trato por parte de algunos aficionados españoles, sin embargo el caraqueño supo una vez más encajar dignamente los insultos de estos bárbaros. Así lo evidenciaron una serie de declaraciones dadas a los diferentes diarios deportivos.

Salomón Rondón

Salomón Rondón

Es cierto que los juegos de fútbol se han convertido en una especie de circos romanos donde los espectadores parecen sacar lo peor de sí, pero la ocasión es propicia para preguntarnos  qué hace que todavía unos ciudadanos discriminen a alguno de sus semejantes por su color de piel, por su edad, por padecer alguna incapacidad, por su religión, por su género o por sus ideas, aun cuando estas se mantengan dentro del orden social. ¿El odio hacia el diferente? ¿El temor hacia lo desconocido? Algunos disponemos de una incapacidad natural para entender este fenómeno por lo que no creo que pueda responder a estas preguntas, y seguramente las respuestas a las mismas necesitarían un espacio mayor al que proporciona una columna de prensa y también una experticia que no tengo.

En todo caso, no creo que la discriminación sea en sí un acto irracional pero sí algo muy poco razonable, al menos después de las conquistas sociales que han tenido lugar en nuestro planeta  y La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano del siglo XVIII, en la cual se declaraba que “todos los hombres nacen libres e iguales en “derechos”.

 

Los antiguos  (entre los que se contaba Aristóteles) creyeron por mucho tiempo que era natural la diferencia entre los hombres y que algunos por su condición social eran inferiores desde su nacimiento. Y no se puede decir que estos señores fueran irracionales; pero sí que lo que ayer parecía razonable ya no lo es más. Por eso me atrevo a llamar bárbaros a los que así se comportan. Recuerdo que mi profesor de latín hacía referencia a los epitafios encontrados en las tumbas de las mujeres romanas, las cuales solían decir: “tejió bien su lana y cuidó bien su casa”. Un epitafio que hoy seguramente sería insultante para cualquier fémina.

En fin, y tal como sostuvo alguna vez Popper, no podemos permanecer pasivos ante estos hechos, o, dicho de otro modo: no podemos ser tolerantes con la intolerancia. De ahí que hoy de lo que se trata en esta columna es de quebrar una  lanza a favor de este joven que tiene en su haber bastante más cosas de las que poseen muchos de que lo abuchean por su color de piel. Pues no solo es el venezolano por el cual se ha pagado más en la historia del fútbol nacional, máximo goleador del Málaga en la temporadas del 2011 y 2012 e incluido en la oncena revelación del fútbol español en la temporada del 2010-2011, sino que es un muchacho que tras haber nacido en una parroquia humilde del Oeste caraqueño y estudiar en el San José de Calasanz, ha sabido conquistar todos estos logros, pero por sobre todas las cosas, llegar a ser un excelente ser humano digno de emular. ¡Arriba  “Salo”!

 

 

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