¿Yo soy Chávez?

Peter K. Albers

Peter K. Albers

Peter Albers
peterkalbers@yahoo.com
@peterkalbers

 

Tengo algunos amigos con el apellido Chávez. Son gente sencilla, trabajadora, honesta. Hasta donde yo sepa, son personas (y “personos”, para seguir con la gramática del régimen) útiles a la comunidad, interesada por servir a sus vecinos y a todos quienes acuden en busca de su ayuda, para lo que sea lícito. De ser como ellos, con gusto y orgullo llevaría ese apellido. Me sentiría honrado de ser un Chávez como cualquiera de ellos. Pero no soy Chávez.

Mi apellido refleja ascendencia extranjera, como muchos en este país, hijos de quienes llegaron a él con la esperanza de llevar una vida digna, asegurar un mejor futuro para sus hijos, y lograr una estabilidad económica suficiente como para darles una buena educación y que fueran útiles a la patria. Algunos, descendientes venidos de la península ibérica o de países latinoamericano, llevan (o llevaban) el apellido Chávez. Y sus hijos venezolanos son, por supuesto, Chávez. Y yo podría ser también Chávez, de haber nacido mi padre en Madrid o Sevilla y no en Hamburgo.

Pero no puedo ser el Chávez que la propaganda cubanizada nos pretende imponer.

quiensoySoy (o trato de serlo) un venezolano respetuoso de las leyes, de acatar lo que la Constitución vigente prescribe. Por eso no puedo ser ese Chávez.

Rechazo los intentos de llegar al poder por la fuerza, derrocando al gobierno de turno, con las mismas armas que ese mismo gobierno les ha confiado, traicionando el juramento que hicieron cuando se las entregaron. Por eso no puedo ser ese Chávez.

Creo en la democracia, en la alternabilidad del poder, en elecciones limpias para cambiar al gobernante inepto, engañador y arbitrario. Por eso no puedo ser ese Chávez.

Durante el ejercicio de mi profesión, jamás he pagado una “comisión” para obtener un permiso indebido de construcción para algún cliente, y desapruebo tan perniciosa práctica. Por eso no puedo ser ese Chávez.

Considero criminal el pago de tales “comisiones” para obtener un contrato de construcción de alguna obra pagada por el estado, tanto cuando la tarifa era del diez por ciento, como ahora cuando se ha duplicado y hasta triplicado. El resultado es que, con el mismo dinero, se construyen dos escuelas en vez de tres, si no es que se paga el anticipo, se reparte lo convenido, y la cosa se queda ahí. Por eso no puedo ser ese Chávez.

Creo en la dignidad del ser humano, sin importar su fe religiosa o la falta de ella, su preferencia partidista o la cuantía de sus bienes, y por eso rechazo la manipulación de los más pobres, manteniéndolos intencionadamente en la pobreza y la ignorancia para manipularlos en favor de la permanencia en el poder de un líder autoritario, endiosado y caudillista, pero inepto e improvisador hasta la irresponsabilidad. Por eso no puedo ser Chávez.

 

Creo en la verdadera soberanía nacional, la que auspicia la producción de bienes y servicios nacionales y no el cierre de empresas e industrias; la que da oportunidades de trabajo a sus nacionales y no a mano de obra en otras latitudes. Por eso no puedo ser ese Chávez.

Soy un venezolano que cree en un futuro mejor, libre de odios, corrupción, ignorancia y ruina; soy un venezolano que admira el talento de Dudamel, de Gabriela Montero, de Rubén Limardo, pero no trato de apropiarme del fruto de sus esfuerzos. Por eso no puedo ser ese Chávez.

Definitivamente: yo no soy Chávez.

 

 

 

 
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