Apagado Messi, se le fue la luz en el Barça

FC BARCELONA VS REAL MADRIDLos goles del argentino disimularon la caída del juego en los últimos 13 partidos y contra los grandes

Ramon Besa / Barcelona

 

El Barça siempre había tenido una respuesta única cada vez que a sus interlocutores se les preguntaba por una derrota diferente, ya fuera en tiempos de Pep Guardiola o de Tito Vilanova, también últimamente con Jordi Roura. “El equipo saldrá adelante porque los jugadores son muy buenos”. Y, ciertamente, los futbolistas replicaban con una serie de victorias hasta que un tiempo después se perdía un nuevo partido y los entrenadores salían otra vez en defensa de su plantel. La clave estaba en saber gestionar el talento y, por supuesto, en activar a Messi.

La fiabilidad del equipo, sin embargo, se ha detenido de forma progresiva en los últimos 13 partidos, precisamente después de completar el pasado 13 de enero una actuación espectacular en Málaga, considerada como la obra cumbre desde la llegada al banquillo de Vilanova el pasado verano y que sirvió para completar una primera vuelta de récord en la historia de la Liga —18 victorias y un empate con el Madrid—. A partir de aquella visita liguera a La Rosaleda, el Barcelona ha encajado por lo menos un gol en cada encuentro —cosa que no pasaba desde la temporada 1961-1962— y ha concedido tres empates y cuatro derrotas, tres en las últimas cuatro citas, por seis victorias.

Hay más datos preocupantes para los culés si se compara el promedio de goles de la primera vuelta con la segunda —la media a favor ha pasado de 3,3 a 2,7 y en contra de 1 a 1,5— y los de los últimos 13 partidos: ha sido batido 21 veces y ha anotado en 30 ocasiones, 11 concentradas en los partidos con Osasuna y Getafe. Messi ha marcado 14 de esos 30 goles. El último encuentro en que el Barça mantuvo a cero su portería se remonta al 10 de enero contra el Córdoba en la Copa. El desplome gradual se consumó ante el Milan y en el mano a mano con el Madrid.

El equipo de Mourinho está concebido sobre todo para intentar acabar con el Barcelona. Los azulgrana solo han ganado uno de los cinco clásicos de la temporada —la ida de la Supercopa—, y han encadenado dos derrotas en cinco días, tantas como en los 15 partidos jugados mientras al equipo lo entrenaba Guardiola. Derrotado por el Madrid, el Barça también cayó en Milán, resultados que subrayan su incapacidad hasta el momento para enfrentar a los rivales más sobresalientes. Las victorias de mayor mérito han sido frente a equipos como el Málaga y el Atlético.

La regularidad del Barça en la Liga, en cualquier caso, ha sido indiscutible, de la misma manera que supo negociar su clasificación para los octavos de la Champions en un grupo asequible, tanto que incluso se pudo permitir una derrota en Glasgow. La sensación, sin embargo, es que alguna de sus victorias se ha edificado a partir del intercambio de goles más que de la superioridad en el juego. La figura de Messi ha sido en este sentido espectacular: 39 goles en la Liga, 50 en 40 partidos del curso, 16 jornadas seguidas marcando un gol. El problema es que los tantos del 10 ya no alcanzan para cantar victoria porque la sangría defensiva supera el acierto atacante: ante los 83 goles a favor, ha encajado 30 en 26 encuentros del campeonato, uno más que en toda la Liga pasada.

Los goles y el talento, simplificados en Messi e Iniesta, han servido para disimular una caída del fútbol y no delimitar responsabilidades en un equipo que antepone el juego coral y solidario, el método y los valores y el ADN, a cualquier personalización, y más después de la partida de Guardiola. Así las cosas, ahora se reparten también las culpas cuando se repiten las derrotas como antes las victorias.

Los futbolistas son corresponsables en tanto en cuanto celebraron la designación de Vilanova como entrenador y después mediaron para que en su ausencia —a partir de Anoeta—, mientras cure de su enfermedad, mandara Roura. Los egos amenazan el sentido de equipo y se ha perdido competitividad en los entrenamientos, en las convocatorias y en las alineaciones. Uno reclama un puesto, el otro quiere jugar en un sitio, el demás allá anuncia que se va y el de acullá se enfada si le cambian. A juzgar por el partido de Madrid, no hay diferencia entre suplentes y titulares. Aunque quieren, no pueden porque se han olvidado de la cultura del esfuerzo. El equipo no presiona ni es agresivo con el balón, se alarga en el campo, ya no se juntan las líneas y se conceden goles de contraataque y estrategia. La meticulosidad con la que los rivales le descifran contrasta con su tendencia a la rutina y falta de sorpresa. Menguó el control del juego y del vestuario, y hasta el emocional, como se vio el sábado con Valdés.

Tampoco los técnicos han dado soluciones. La comunicación con Nueva York es más importante que la pizarra del Camp Nou. Hay la sensación de que no se visualizan ni se corrigen los partidos y de que falta trabajo táctico. No se innova. Aunque la situación es muy delicada y difícil de arreglar en ausencia de Tito, tampoco parece razonable tanta paralisis.

La falta de dirección, de mando y de liderazgo, defectos a repartir, han provocado que el equipo no compita y resulte frágil e inocuo, expuesto a factores externos como los errores arbitrales, manifiestos ante el Madrid y en Milán. Al no tratarse de un plantel físico, la recuperación pasa por favorecer la reaparición de las complicidades y agitar la magia. Messi parece hoy presa de la misma melancolía que cuando las cosas no le salían en Argentina. No queda más remedio que volver al inicio: “Lo sacarán los jugadores porque son muy buenos”.

La cita es el 12 con el Milán siempre que antes se gane el sábado al Deportivo en la Liga.

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