LA FRANELA ROJA

Edilio Peña

Edilio Peña

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@edilio_p

  

El ser humano reta por representarse en objetos que acumula y a proyectarse en ellos, como si fueran miembros necesarios e insustituibles de su cuerpo. Su relación con los objetos transita entre aquellos que se obstinan en ser perdurables, y en otros que agotan el consumo necesario que nutren su existencia. Así, los alimentos forman parte de esa entrañable relación que fundamenta la vida de cada ser. Pero una vez que los objetos que le dan sentido a la existencia cotidiana, inesperadamente empiezan a desaparecer de la despensa, de la farmacia, del supermercado, la persona comienza a sentir, en medio de un acuciante terror, que desaparece también del espacio y del tiempo. Entonces, el vértigo se introduce en su vida, al darse cuenta de que no encuentra un objeto definitivo de dónde aferrarse. Es cuando Dios y el sentido de vivir, le abandonan. Incluso acontece que mientras sueña, sus dientes confunden su lengua con un jugoso trozo de carne que tritura, con el deleite de un placer nostálgico y brutal.

02 Franela Ojos ChavezDe esta manera ocurre también cuando el hombre viste su cuerpo, y las ropas le recuerdan que se halla en el territorio de lo real. Pero si siente que le arrebatan todo aquello que le da sustento a su equilibrio, cree ser un fantasma o un muerto que deambula penitente por la carretera de la nada. Esto no siempre lo entienden los economistas que anidan en los gobiernos; quizá porque los mismos tienen la tendencia de extraviarse en laberintos abstractos, propiciados por los números y las estadísticas. Olvidan, y con persistente frecuencia lo advierte la inflación, que el hombre es una de las partes más sensibles que vindica el universo, así parezca una insignificancia deleznable para el poder totalitario. La devaluación de una moneda, que busca esconderse en los bolsillos, en las carteras, e infructuosamente en los bancos, puede llevar a la aparición de historias tan increíbles que la misma ficción, por no poder superarlas, envidia.

En ese espectro del desbalance, de ayer y de hoy, entre lo posible y lo imposible, en un pueblito olvidado de Venezuela -razón por la cual nadie visita al no aparecer en el mapa de la existencia-, un hombre curtido y cegado por el Sol y los espejismos, se dispuso a viajar a Caracas para asistir a la juramentación del Presidente, al inicio de su tercer mandato, en el recinto tronante de la Asamblea Nacional. No obstante, el desconcierto lo asaltó cuando buscó su franela roja y no la encontró. Le preguntó a su mujer por ella, pero ésta tampoco la había visto. Pensó que alguien la había robado y presentó la denuncia ante la policía. Los agentes revisaron, minuciosamente, las pocas casas de los vecinos de aquel pueblo que la memoria ya no recordaba, pero no encontraron la franela, a pesar de que todos tenían una muy parecida para asistir al magno acto que habría de celebrarse en la capital de la República. Como un murciélago, una voz colgó un susurro en la oreja del hombre, animándolo a usar otra franela, porque el autobús que los llevaría a cumplir la memorable misión, estaba por partir hacia la noche insondable. El hombre negó rotundamente la alternativa. Argumentó que su franela estaba impregnada del olor profundo y característico de su cuerpo, definiéndola así como única y excepcional entre las demás franelas.

Pero esta historia acrecienta su dimensión, cuando aquel hombre se presentó con el torso desnudo al acto de juramentación (aunque pintado de rojo), y descubrió con estupor e incredulidad, que el Presidente no estaba. No llegó a juramentarse ante la Constitución. Había desaparecido. ¿La razón? “La enfermedad que el enemigo le había inoculado”, conjeturó el menos inteligente de sus partidarios. Entonces, así como buscó su franela roja, el hombre no regresó a su pueblo, porque además, tampoco podía regresar a un sitio que había olvidado, y determinado por la angustia sembrada por la incertidumbre, empezó a buscar al Presidente por todos los rincones que brinda la esperanza; hasta que finalmente le dijeron que éste había vuelto de Cuba y se hallaba en el hospital militar. Corriendo, el hombre fue a las puertas del recinto hospitalario;  sentado al borde de una acera, venció la espera de la suprema aparición, leyendo la novela Mascarada de Eduardo Liendo. Mas, el Presidente no asomó su cara ni salió nunca del inexplicable confinamiento. Entonces, el hombre obstinado decidió encarnarlo, y de un salto, se puso de pie y gritó a todos aquellos que esperaban como él:

    -¡Oigan!… ¡Mírenme!.. ¡Yo  soy el Presidente que no está!… ¡Yo soy Chávez!

 

 

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