El fin de la era chavista

Roberto Giusti

Roberto Guisti

 

ROBERTO GIUSTI
@rgiustia

 

Es difícil imaginarse a Maduro y/o Cabello concibiendo fantasías que sólo Chávez imaginaría

 

Para mal o para bien la era “Chávez” nos está dejando un modelo político, una idea económica y una forma de vida, cuya influencia se expande más allá del país y que, una vez fuera de juego su gran propulsor, será puesta a prueba en su solitaria confrontación con la realidad. Solitaria porque hasta ahora el voluntarismo del autodenominado “comandante-presidente”, impulsado por una relación privilegiada con las grandes mayorías, al margen de los mecanismos sociales y políticos de intermediación, se convirtió en el soporte que le dio sustentación, con la pequeña ayuda de un elemento escaso en experiencias revolucionarias previas: la renta petrolera.

310 chavista arrepentidoEsa base sobre la cual montó “el modelo chavista” se nutre, en principio, del legado que deja un siglo de cultura rentista y la inevitable tendencia hacia el estatismo, que Chávez exacerba al máximo. Con ese caldo original monta su olla particular añadiéndole porciones de populismo (hasta entonces más bien light), autoritarismo y/o militarismo (herencias de nuestro pasado), condimentados con algo del fascismo mussoliniano, intolerancia leninista (lucha de clases), terror stalinista (atenuado pero con sus neo-violaciones a los derechos humanos), la exclusión nazista (aquí algunas acciones rozan el racismo), el culto a la personalidad (Hitler, Stalin, Mao, Perón y Fidel), la “lucha contra el imperialismo” (receta cubana), el diseño de una economía fracasada (todos los anteriores), la construcción de un poderoso aparato de propaganda y finalmente, la supresión de las libertades, el entronizamiento de un sistema cerrado y la destrucción de la democracia. Ah y últimamente la guinda del pastel, un popurrí religioso, con algo de sincretismo, bajo la figura de Cristo, quien aparece ante el súbito e insoportable peso de la humana fragilidad.

Pues bien, ese sancocho insólito, afiebrado y delirante, nutrido por el pasado, pero ensamblado en el siglo XXI, durante largas noches de insomnio, funcionó, al menos para crear un poder que se extiende en su dimensión y en el tiempo (aquél que depende de la vida de una persona). Sin embargo, no parece haberse cocido lo suficiente como para servir de sustancia a la era postchavista porque es difícil imaginarse a hombres tan chatos de imaginación, como Maduro y Cabello, soportando otra devaluación (Chávez sorteó 4), aplicando la Ley de Comunas, tutelando gobiernos como el boliviano o haciendo creíble fantasías: “estamos a punto de ser una potencia generadora de productos no tradicionales”. Si lo logran, Chávez habrá trascendido a su era. Si no, pasará a la historia como un personaje pintoresco que estuvo a punto de retrasar el calendario de un país.

 

 

 
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