La garganta que gritaba

Edilio Peña

Edilio Peña

Edilio Peña  
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Una metáfora finamente elaborada puede contener frondosas imágenes que la hacen particularmente significativa y cautivadora, pero también resistente a la  mezquindad de la circunstancia, al tiempo y al espacio, donde se pretenda reducir con la interpretación. Así, la metáfora propicia imágenes inéditas y deslumbradoras, pero no se rinde ante ninguna semejanza. Los poetas saben esto, y por eso, juntando hasta dos palabras, pueden representar la esencia de la luz, de un paisaje, de una mirada y del mundo todo. Porque una verdadera metáfora es más que una síntesis, mucho más que una parcela de intereses. En todo caso, sin pretender petrificarla con la definición, es  el secreto inagotable que nadie, aun después de beber de ella, podrá hacerla suya. Quizá por eso los poetas tienen una percepción más honda que los políticos, pero también,  con aquellas personas que al concebir la vida como una sola dimensión, se ven forzadas a explicarla con tanta lógica, que después no saben vivir sin el encanto que descarnaron  de sí mismos. Tal como ese paciente del psiquiatra, quien después de salir del consultorio, sintió que no sólo se había liberado de sus tormentos, sino del misterio insondable de su alma. Entonces, al borde del desquiciamiento, volvió al consultorio y, golpeando la puerta, gritó al psiquiatra que le devolviera el secreto más preciado donde se hallaba  el sentido vital de su existencia.

21 Mujer Grita con BoinaLas revoluciones no pueden alcanzar ser la originalidad magnífica de la metáfora, porque la semejanza con la que quieren identificarse, no está vinculada a la utopía que pregonan, ésta no las puede nutrir, sino con modelos e imágenes que les precedieron en la historia. De esta manera, la Revolución Bolchevique terminó reproduciendo al Estado zarista; la Revolución China, a las dinastías de los emperadores; la Revolución Cubana, al estalinismo soviético. A pesar de que esta última apostó por la creación del hombre nuevo, su promotor, el Che Guevara -quien había hecho del terror su dilecta pasión-, estimaba  necesario la creación de una masa de asesinos en serie, al concebir al revolucionario como una máquina fría, selectiva, para matar. Las baladas de la nueva trova cubana, intentaron crear la percepción de un paraíso feliz, para ocultar la realidad brutal de la Revolución Cubana, y así conquistar incautos con el romanticismo de sus letras y de su música. En esa tarea, más de cuatro generaciones fueron consumidas por esa antropófaga y maquiavélica virtud. Desde la Revolución Francesa, no ha habido ninguna revolución violenta en el mundo que no se presente como pura e incorruptible, sumando a ello, la máxima de Maximiliano Robespierre de que el terror sin virtud es desastroso. Es decir, las revoluciones también han copiado la moral de las religiones en  su cruzada devastadora de dominar la condición humana. Porque es costumbre y estilo de los revolucionarios, asumir la realidad en una forma de lucha histérica e incesante; ocurre antes de la toma del poder, y aún más profundamente, en el poder mismo. Así, el marxismo promete un sueño hermoso, pero cuando intenta ser un cuerpo real, se convierte en una espantosa pesadilla.

La Revolución Bolivariana nació sin imaginación, por eso no tiene ninguna fantasía para ofrecer; mucho menos, un lugar en la realidad. Carece de intelectuales productores de ideas y pensamientos propios. Sus poetas tarifados no encuentran una metáfora de cómo exaltarla. No es fruto de una utopía, ni siquiera de una insurrección. La vía electoral por la que llegó al poder la condenó a ser sólo un grito. Entonces, cada vez que esa garganta gritaba, se desgañitaba en insultos contra sus opositores y en recrear batallas que jamás había acometido. Impotente, a la Revolución Bolivariana no le quedó otra opción que recurrir a las consejas de Fidel Castro, quien a cambio de petróleo, ofreció todo el imaginario desgastado de la Revolución Cubana. Ese tutelaje afincó más su orfandad, al convertirla en un fenómeno histórico sin precedentes. La renta petrolera la ha hecho una excepción. Hace unos años, el presidente Chávez retó al escritor Mario Vargas Llosa a un debate, pero luego se retractó al saberse huérfano de argumentos. Pero, ¿cómo dialogar si se está acostumbrado a gritar? Sin embargo, la Revolución Bolivariana ha destruido progresivamente a Venezuela, al descubrir el poco sentido de pertenencia que tiene el pueblo venezolano.

Lo que parece el último acto de esta historia, es el hecho insólito e inesperado  que ha tomado por sorpresa a la Revolución Bolivariana: la garganta que gritaba ha dejado de hacerlo, y ahora, una pandilla chilla como hiena tratando de imitarla en una descarnada lucha por el control del poder. No, la Revolución Bolivariana no es una metáfora, ni mucho menos, un poema.

 

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