Francisco

Sergio Sinay

   

Ningún hombre es una isla, decía el poeta inglés John Donne, sino parte de un continente. Cuando suenan las campanas, agregaba, no preguntes por quién suenan. Lo hacen también por ti. Lo que ocurre en el mundo nos toca a todos, aun a quienes no se creen o no se sienten parte de él y aun a quienes intentan hacerse un mundo aparte, desentendiéndose del latir del planeta.

La elección de un nuevo Papa afecta a todos, más allá de nuestra voluntad o nuestro deseo. Afecta a católicos, judíos, protestantes, musulmanes, budistas y ateos. Es un hecho del mundo y toca a quienes lo habitan. Por eso no es anecdótico que el nuevo Papa haya elegido llamarse Francisco. No soy católico, pero abrigo la esperanza, a corazón abierto, de que actúe bajo la impronta de ese nombre, el del más pequeño, el más pobre, el más austero y el más amoroso de los santos (porque amó, y lo hizo con acciones, a todos los seres vivientes, de todas las especies).

Elegir llamarse Francisco en tiempos de derroche, de egoísmo, de soberbia, de indiferencia, de banalidad, de exhibicionismo y de impudicia moral, es, por lo menos, una buena declaración de principios. Y un buen principio.

Algunos miserables, ciegos, mercenarios de la inmoralidad y la prepotencia, salieron pronto a descalificar a Francisco. Miran su pequeño ombligo y lo confunden con el universo. Ellos, nada menos. Incalificables, pequeños, cultores de la oscuridad en tiempos oscuros. Por sus actos se los conoce. Se declaran islas. Y eso serán hasta que los tape el agua.

Mientras tanto, ¿por qué no la esperanza? Hay momentos sombríos de la historia en los cuales, pese a todo, la esperanza es un hecho moral. Personalmente, celebro a Francisco no porque es argentino (nadie elige en dónde nace), sino porque es Francisco.

 

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