EL CANDIDATO TAMBIEN ES MENSAJE

Roberto Giusti

Roberto Guisti

Roberto Giusti
rgiusti@eluniversal.com 

 

En Táchira, impidieron aterrizaje pero Capriles logró reunirse con la gente

 

Mérida.- La camioneta desaparece como si se la hubiera tragado la multitud. Avanza con penosa lentitud y comienza a bambolearse por la presión de unos jóvenes que golpean las ventanillas ahumadas con insistente apremio. Adentro, los gritos, reclamando su presencia, le llegan amortiguados a Henrique Capriles Radonski, quien impertérrito ante la inquietud del periodista, comenta cómo ese primer día de campaña, que oficialmente no lo es, se parece mucho a los últimos de aquel lejano septiembre del 2012, cuando el ascenso vertiginoso de sus números se detuvo porque llegaba la hora de votar.

 

313 capriles 2Se sumerge en la avalancha

 

En realidad es la primera vez, en la historia contemporánea venezolana, que se va a elegir Presidente en un lapso de apenas seis meses y él es el único, de los tres protagonistas, que participa en ambos eventos. Consciente, como está, de las ventajas y desventajas que implica esa segunda oportunidad, Capriles se entrega con renovado brío a la tarea, no sin advertir que, a pesar de las semejanzas, esta es una campaña distinta y no sólo por atípica (menos de un mes, que oficialmente son diez días) sino porque el rival ya no será el de antes y eso implica un cambio de estrategia.

 

Estamos en Mérida, son poco más de las 7:00 p.m, cae una llovizna helada y la gente da rienda suelta a su impaciencia, luego de una espera de dos horas, cuando percibe la presencia del candidato: “Que se baje… que se baje… . que se baje”, corea mientras Capriles, consciente de que su equipo de seguridad y los voluntarios encargados de abrirle un sendero hasta la tarima, que se hace inalcanzable, serán rebasados. De un salto se sumerge en la avalancha tumultuosa que lo espera y lo conduce, entre empujones, chillidos, agarrones y otros desenfrenos.

 

Las expectativas han sido superadas, los organizadores sonríen con algo de espanto y placer porque lo que se había concebido como una “asamblea” al aire libre, en las adyacencias de la Plaza Glorias Patrias, con colocación de algunos centenares de sillas para los asistentes y un discreto pódium desde donde el candidato respondería las preguntas, se convirtió en un pandemónium.

 

Así, de un momento a otro se desquiciaron todos los planes, fue rebasado el espacio contemplado inicialmente y una inesperada muchedumbre comenzó a exigir algo más cálido y pasional que una simple discusión con ínfulas académicas. Capriles lo entendió de inmediato y le dio a la gente lo que exigía. Con creces.

 

Ay Nicolás

 

Pero no sólo venía con todo sino que a la explosión contenida se le agregaba el plus de un día que Nicolás estuvo a punto de echarle a perder. Primero fue el cierre del aeropuerto de La Fría, en el Táchira, desde donde iba a desplazarse hasta La Grita (a unos 30 minutos), para rendirle homenaje al mítico Santo Cristo, un Jesús tallado hace 400 años y al cual se le atribuyen numerosos milagros. Aduciendo argumentos que fueron desde la repavimentación de la pista hasta razones “metereológicas”, impidieron el aterrizaje allí y Capriles debió hacerlo en El Vigía (Mérida) distante a casi dos horas de La Grita. Pero como debió alterar el plan de vuelo, perdió media hora adicional.

 

Además de un operativo militar que mantuvo bloqueado el acceso al sitio de la concentración hasta pocos minutos antes del arribo de Capriles y su comitiva, además de un Mercal organizado en la misma zona. Total, que cuando llegó a Mérida tenía cuatro horas de retraso, lo cual sólo le permitió realizar el acto central de su visita, suspendiendo otras actividades.

 

Pero estaba picado cuando le ofrecieron el micrófono y con un estilo dado a la intensidad y el desplante, pocas veces presentes en sus intervenciones, fustigó con dureza a Nicolás Maduro. El cambio de forma y el cambio de contenidos, en relación con la campaña anterior, surtieron efecto inmediato y la gente reaccionó entusiasmada, ante este Capriles que, retador y filoso, demostraba sus dotes de orador de barricada a la hora del combate cuerpo a cuerpo. La intención es despojar a Maduro de esa conexión espiritual con Chávez (su estrategia básica consiste en hacer del velorio la campaña) y reducirlo a su propia condición de hombre flojo en sus ejecutorias (“bajo Maduro estamos peor que nunca antes en estos 14 años de chavismo”), carente de glamour, desprovisto de chispa e incapaz de despertar el delirio del público joven tal y como lo hace él.

 

En el camino

 

Pero no es fácil. Hiperactivo, exigente con sus compañeros de trabajo, algunos de ellos lo consideran un perfeccionista afable, que nunca levanta la voz para imponerse y sabe escuchar, Capriles reactivó con alguna facilidad el aparato organizativo que le permite un funcionamiento acoplado y fluido desde el principio de la campaña electoral. Los equipos nacionales de Caracas coordinan con los regionales, preparan las giras, anticipan hasta el último detalle, consideran desde lo estrictamente material, (equipos, tarima, transporte, alojamiento) hasta las decisiones políticas (tipos de acto según la zona, contenidos de los discursos, visitas, reuniones, contactos, cenas de recaudación de fondos), pasando por el tema de la seguridad y los tiempos previsto para cada actividad en función de la agenda inmediata y mediata.

 

En La Grita, por ejemplo, no sólo se reunió con los dirigentes políticos de la Unidad Democrática, sino que también lo hizo con personas del común (una anciana que estaba cumpliendo 80 años y le traía una imagen del Santo Cristo), una visita relámpago a una casa solariega en Seboruco, donde alcanzó a tomarse un vaso de jugo de piña), una conversación con un par de empresarios de la zona, la visita al Santo Cristo en un templo abarrotado de fieles. Todo eso al margen de la caminata, ruda e intensa, que lo lanzó por las calles de la ciudad en concreción de un valor agregado fundamental (el candidato es el mensaje) que lo lleva a seducir a estos tachirenses de la altura, tan singulares, tan bien predispuestos y con quienes congenia naturalmente, sin apenas abrir la boca.

 

Pero no está satisfecho. “Hay que mejorar los tiempos”, dice bajando por las curvas de Jáuregui en dirección Mérida y a bordo de la camioneta en la que luego llegaríamos a Mérida.”Nos hemos pasado la mitad del día viajando” advierte. “Y todavía no hemos almorzado” le recuerdan sus coordinadores de gira, Altimari y Silva. Son las cinco de la tarde y nos esperan aún más de dos horas y media de carretera. Pero llegando a La Fría, una joven que espera al borde la carretera nos entrega unas viandas que saciarán el hambre del candidato y de sus colaboradores. “Pollo cuatro quesos”, anuncia el menú. Y Capriles almuerza a 90 kilómetros por hora.

 

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