Una historia que contar

Federico Vegas

Una mañana me encontraba viendo los primeros noticieros del día, alternando entre los extremos de Globovisión y VTV. El locutor de VTV estaba, como yo, un poco adormilado, hasta que, de pronto, recibió una llamada totalmente inesperada. Era el presidente de la República, quien le dijo que tenía horas despierto y había decidido compartir algunas reflexiones. Bajo la pudorosa sensación de estar espiando una conversación en la que un amigo le cuenta a otro sus sentimientos más íntimos, escuché una frase cargada de absoluta sinceridad:

–Yo no estoy enfermo porque tengo un tumor: yo tengo un tumor porque soy un enfermo.

Sus palabras me conmovieron profundamente… Esa conversación matutina y espontánea se dio cuando Chávez comenzaba su batalla clínica y no llegó a ahondar demasiado. Se refirió a su incapacidad de delegar, a su actividad incesante, a la imprudencia de exigirle a su cuerpo más de lo que puede darle, a creerse invencible, a no hacerse los chequeos de rigor, al exceso de café.

Cuando logré salir de mi estupor, pensé en lo sabia que había sido nuestra Constitución al limitar la presidencia del país a dos períodos de seis años. El mismo Hugo Chávez se había encargado de borrar ese límite. Fue pertinaz, obstinado, injusto. Hubo una elección y su propuesta de reelección indefinida fue derrotada. Inexplicablemente volvió a repetirse la misma pregunta meses más tarde y un agotado electorado le entregó al presidente una trampa y una condena.

 

 

Federico Vegas

Federico Vegas

Acabo de terminar la extensa novela de Leonardo Padura, El hombre que amaba los perros. El tema central es el asesinato de Trotsky a manos de Ramón Mercader. Aunque evidentemente conocía el final, el suspenso me resultó insoportable y, antes de terminarla, acudí a Wikipedia para repasar los detalles del drama que se me venía encima.

Al recibir el golpe de piolet en la cabeza, Trotsky suelta un alarido de fiera herida y logra morder la mano de Mercader hasta hacerlo soltar el arma. Sus guardias entran al estudio y están a punto de acabar con Mercader, cuando Trotsky, severamente herido pero aún consciente, les grita:

–      ¡No lo maten! Ese hombre tiene una historia que contar.

Esas serían sus últimas palabras, pues moriría horas después. Mercader vivió 38 años más, veinte de los cuales los pasó en la célebre prisión mexicana de Lecumberry sin jamás revelar quién le había dado la orden, sin llegar a contar la verdadera historia.

Continué la novela, ansioso por leer cómo Padura insertaría una frase tan sugerente y apropiada en labios de un Trotsky desesperado por escribir su versión de la historia de Rusia mientras aguardaba su muerte inminente. Padura no la utiliza, quizás le pareció exagerada, irreal o falsa. Yo, en cambio, no he logrado quitármela de encima.

Tenía planeado salir para Barcelona el 6 de marzo. La tarde del día anterior había estado en un auditorio donde debía hablar de mi libro Los Incurables. Mientras Roberto Lovera de Sola hacía la presentación, se acercó una secretaria y le susurró un secreto. Roberto soltó sus anotaciones y exclamó:

–      ¡Ha muerto el presidente Chávez!

El local se fue vaciando lentamente, parecíamos sonámbulos que van despertando y sólo quieren regresar al cobijo de su lecho. Sin haber salido de ese estado de estupor, partí de la calurosa Caracas y aterricé en una ciudad que aún no sale del invierno, ideal para leer y escribir. Traía a cuestas la necesidad de entender lo que había sucedido en Venezuela a partir de la noche del 8 de diciembre, cuando Chávez nos anunció la posibilidad de morir en un nuevo enfrentamiento con su fatídica enfermedad.

 

Demasiado por comprender

Desde hace ya varios años, el tema de la “enfermedad” se ha ido transformando en una obsesión nacional. He sentido en carne propia cómo a los narradores venezolanos nos está carcomiendo una creciente ansiedad de reflexionar sobre nuestros absurdos padecimientos. Por “ansiedad reflexiva” me refiero a la responsabilidad, algo histérica y reiterativa, de explicar qué diablos está pasando con la salud del país.

En el 2006, Alberto Barrera publicó La Enfermedad. Ese mismo año Oscar Marcano nos entregó Puntos de sutura. Sin haber jamás hablado de lo que estaban escribiendo, ambos escritores llegaron a temas inquietantemente semejantes: un gradual deterioro del padre que culmina con su muerte. Seis años más tarde, Francisco Suniaga publicó Esta gente, una novela que se estructura partiendo de la intervención que más tememos los hombres: una operación de próstata. Ya antes, en el 2008, Francisco había explorado la locura en El Pasajero de Truman. A mí me tocó unirme a esta serie sobre la enfermedad y la muerte con Los Incurables, un trabajo que creo adquirió algo de sobrepeso por esa ansiedad de reflexión que, insisto, no puede y no debe dejarnos en paz.

El 6 de marzo, en ese vuelo de Caracas a Barcelona, venía pensando en todos los ensayos sobre política que nunca escribí con la excusa de terminar mi novela. Hubo un tema que me estuvo persiguiendo por meses. Pensaba titularlo Estar, ser y representar, y trataba sobre la diferencia entre “estar enfermo”, “ser un enfermo” y “representar la enfermedad de un país”. Estas tres visiones del largo padecimiento del presidente ahora habían quedado atrás.

Gracias a Dios nunca sentí rencor y esperaba ser capaz de enfrentar el tema de su muerte como un narrador para el que no existen personajes buenos y malos, sino sólo el misterio de la vida y su vital incurabilidad. Pero no lograba arrancar; permanecía hundido en la certeza y la tristeza de que el día anterior, 5 de marzo, había quedado demasiado por resolver, por saber, por comprender.

13 POrtada viendo tv

Sus facciones expresaban una perfecta serenidad

Fue una semana más tarde, cuando leí la frase de Trotsky: “Ese hombre tiene una historia que contar”, que abrió ante mí ese campo difuso e invitante entre la realidad y la ficción: ¿qué pensó y qué contó el presidente Chávez entre el 8 de diciembre del 2012 y el 5 de marzo del 2013?

Los periodistas son los surfistas de la historia; los historiadores intentan ver las olas desde la orilla; a los novelistas nos toca hundirnos en un fondo oscuro y silencioso donde lo que sucede en la superficie es borroso e inaudible. Apenas se ven siluetas que intentamos interpretar, unir, darles voz y alma. Desde esa presión atmosférica comencé a pensar en esos días de agonía.

El 1 de diciembre de 1830, Simón Bolívar llega a Santa Marta después de esa penosa travesía por el río Magdalena que García Márquez narra en El General en su laberinto. De sus últimos diecisiete días tenemos varios testimonios. Sabemos el nombre del obispo que le dio los últimos sacramentos y del escribano que lo ayuda a escribir un testamento tan detallado que incluye la donación de dos libros que fueron de Napoleón a la Universidad de Caracas. También conocemos el nombre de todos los presentes, incluyendo el médico francés que lo atiende, Alejandro Próspero Révérend.

Révérend nos va contando los “padecimientos morales” del paciente, sus desvelos, sus “pequeños desvaríos”, sus esfuerzos por disimular sus padecimientos. El día 10 de diciembre, Bolívar le pide que le hable francamente y Révérend le confiesa que no cree que pueda salvarse. Bolívar entonces se pregunta: “¿Y ahora, cómo salgo yo de este laberinto?”.

El último reporte de Révérend será escueto:

Me senté en la cabecera teniendo en mi mano la del Libertador, que ya no hablaba sino de modo confuso. Sus facciones expresaban una perfecta serenidad; ningún dolor o seña de padecimiento se reflejaban sobre su noble rostro. Cuando advertí que ya la respiración se ponía estertorosa, y el pulso trémulo, casi insensible, y que la muerte era inminente, me asomé a la puerta del aposento, y llamando a los generales, edecanes y los demás que componían el séquito de Bolívar, exclamé: “Señores, si queréis presenciar los últimos momentos y el postrer aliento del Libertador, ya es tiempo”.

Hay actitudes más románticas. El General Montilla no puede contener el llanto y exclama: “¡Ha muerto el Sol de Colombia!”, luego desenvaina su espada y corta el cordón del péndulo de un reloj que marcará para siempre la una y siete de la tarde. También quedaba para la eternidad el último deseo en la proclama que Bolívar dictó siete días antes:

–       Mis últimos votos son por la felicidad de la patria. Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la Unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro.

 

313 chavez funeralLa sensación de estar espiando

Ya otros han hablado de cómo el blindado misterio que rodeó los últimos tres meses de Hugo Chávez se presta a las más perversas y fantasiosas manipulaciones. Hoy no sabemos cómo ni cuándo bajará tranquilo al sepulcro.

El 8 de diciembre del 2012 se dirigió a la nación un hombre entero y valiente a confesarnos su incierto destino. Después ya no se le escuchó más. Ese vigor penetrante que tenían sus palabras, capaces de partir de su alma y llegar directo a la de quienes lo amaban y quienes lo adversábamos, incluso de quienes lo odiaban, cesó por completo.

Voy a darles un ejemplo de esa capacidad de penetración. Se trata de un evento donde nació la idea de aquel viejo ensayo, Estar, ser, representar, abandonado en el altar de la ficción, o de mi cobardía.

Una mañana me encontraba viendo los primeros noticieros del día, alternando entre los extremos de Globovisión y VTV. El locutor de VTV estaba, como yo, un poco adormilado, hasta que, de pronto, recibió una llamada totalmente inesperada. Era el presidente de la República, quien le dijo que tenía horas despierto y había decidido compartir algunas reflexiones. Bajo la pudorosa sensación de estar espiando una conversación en la que un amigo le cuenta a otro sus sentimientos más íntimos, escuché una frase cargada de absoluta sinceridad:

–Yo no estoy enfermo porque tengo un tumor: yo tengo un tumor porque soy un enfermo.

Sus palabras me conmovieron profundamente. He visto de cerca lo que es un cáncer y le temo muchísimo. Mi madre murió de 53 años después de una larga lucha y nunca olvidaré la devastadora sorpresa del primer diagnóstico. Y el del último, cuando el médico anunció, como Révérend, que ya no había nada que hacer. En ese momento no se está enfermo, pues lo que ocurre no es algo pasajero sino constitucional. Se trata de algo que sucede en nuestras moléculas. El paciente es un enfermo y sólo un cambio profundo en su vida, en la esencia más que en la existencia, podrá curarlo.

Esa conversación matutina y espontánea se dio cuando Chávez comenzaba su batalla clínica y no llegó a ahondar demasiado. Se refirió a su incapacidad de delegar, a su actividad incesante, a la imprudencia de exigirle a su cuerpo más de lo que puede darle, a creerse invencible, a no hacerse los chequeos de rigor, al exceso de café.

 

313 Chavistas chavezUna trampa y una condena

Cuando logré salir de mi estupor, pensé en lo sabía que había sido nuestra constitución al limitar la presidencia del país a dos períodos de seis años. El mismo Hugo Chávez se había encargado de borrar ese límite. Fue pertinaz, obstinado, injusto. Hubo una elección y su propuesta de reelección indefinida fue derrotada. Inexplicablemente volvió a repetirse la misma pregunta meses más tarde y un agotado electorado le entregó al presidente una trampa y una condena.

Siempre he pensado que limitar los períodos presidenciales es una manera de proteger a los pueblos de los delirios de poder de quien está en la mejor posición para almacenar y abusar de esa peligrosa sustancia. Ahora veo que también es una manera de proteger a los líderes, de permitirles llegar a una edad más sabia donde puedan aconsejarnos como un patriarca que ya no pelea y despotrica con tal de continuar en el poder. Lula es un buen ejemplo de un líder protegido por las leyes y el sentido común de su nación. Nada más peligroso para un hombre que un entorno subyugado que se nutre de su fuerza y la necesita para sobrevivir, y de un pueblo fanático aferrado a la pasiva idea de un líder inmortal, imperecedero y dadivoso.

La historia, la política, el azar y la enfermedad se encargaron de colocarnos en un escenario muy similar al que estaba planteado antes de que se cambiara la constitución y pasara a ser “indefinido” el mecanismo que más definido debe estar. Y hoy tenemos un sucesor de Chávez que va a elecciones cuando apenas se inicia el ominoso tercer período.

A través de este razonamiento me acerqué a la tercera parte del ensayo que pensaba escribir: “La enfermedad que representa a un país”. Durante los últimos dos años ha sido posible plantear analogías entre la enfermedad del presidente y el estado del país al hablar sobre la incertidumbre, la falta de información fidedigna, la incapacidad de reaccionar del organismo, las áreas deterioradas que se convierten en bastiones de ese mismo poder destructivo, de la misma enfermedad como foco y fuente de poder. Quizás el argumento más fuerte surge al examinar las relaciones que han existido entre la constitución del país y la constitución física y espiritual de un hombre que ciertamente necesitaba un descanso.

Uno de los pensamientos que Bolívar debe haber revisado con intensidad durante sus noches de dolor y desvelo en San Pedro Alejandrino, lo encontramos en una carta que le envía a Pedro Briceño Méndez el 4 de junio de 1828:

–       Yo siento que la energía de mi alma se eleva, se ensancha y se iguala siempre a la magnitud de los peligros. Mi médico me ha dicho que mi alma necesita alimentarse de peligros para conservar mi juicio, de manera que al crearme Dios, permitió esta tempestuosa revolución para que yo pudiera vivir ocupado en mi destino especial.

¿Qué piensa un hombre cuando el alimento de los peligros termina por acabarlo y ese destino especial se abrevia a pocos días?

 

313 EL HOMBRE QUE AMABA A LOS PERROS (PORTADA)El efecto corrosivo y desquiciante del poder

Hugo Chávez recurrió a esa cita como idea central cuando le escribió una carta a El Chacal, al punto que algunos diarios supusieron que era suya. Esa noción bolivariana de que el alma se ensancha y se eleva con la magnitud de los peligros, de que su constitución necesita de una revolución para estar sana, de que el mismo Dios le entrega una tempestad a la medida de su destino especial, plantea una ecuación que puede invertirse. El hombre de la tempestad puede terminar inventando y exagerando peligros en una vorágine innecesaria que no da descanso ni trae paz.

¿Qué pensó Chávez en su lecho de muerte? ¿Qué conversó con sus amigos y sus hijos? ¿Cómo terminó de concebir esa enfermedad que se había enraizado en su especial destino? Nada más solitario que un cuerpo enfermo hacia el final de la noche, cuando se acerca el amanecer y se busca algo sensato a que aferrarse.

Jorge Luis Borges decidió terminar su vida en Ginebra, “para no hacer de su cáncer un espectáculo nacional”, una medida consustancial con su vida y con su obra. Hugo Chávez fue el epicentro de un espectáculo. Y quizás no es paradójico que quien en sus últimos tres meses fue ocultado y blindado, al punto de mostrarnos una sola imagen de su rostro y ninguna de sus palabras, ahora sea tan constantemente expuesto. Ocultar y exponer en exceso, el silencio y la bulla, el secreto y el narcisismo, pueden ser caras de una misma moneda.

Hoy sabemos más sobre los últimos días del Libertador que de los últimos tres meses del presidente Hugo Chávez, a quien siempre lo obsesionó la muerte de Bolívar, las causas, los verdaderos síntomas. Desenterró y analizó cuanto pudo y lanzó al mundo hipótesis contrarias a lo asentado por el doctor Révérend. Pero de su propia enfermedad no recuerdo que nos hablara ningún médico por parte del gobierno. El último reporte, que ahora se diluye entre los ministros, es que se trató de una enfermedad inoculada, un agente externo, lo más alejado a ese “estar” y “ser” que una noche preocupó tanto a un presidente enfermo. La posibilidad de esa inoculación hace irrelevante cualquier reflexión sobre el efecto corrosivo, corruptor y desquiciante del poder.

 

Hugo ChavezA los novelistas nos toca hundirnos en un fondo oscuro y silencioso

¿Habrá pensado Chávez en las alternativas a su tratamiento? Es curioso que al final se presentara (aparte de la posibilidad de haberse tratado en su patria) una hipotética disyuntiva entre Cuba y Brasil. No solamente estaban planteados dos tipos de tratamiento, también dos referencias sobre la transmisión del poder, la planteada por los Castro y el sereno legado de Lula, más cercano a la idea del descanso en ese pequeño hato en el llano, que Chávez tanto decía anhelar.

Unos diez días antes de la muerte de Chávez, Nicolás Maduro dijo que había sostenido una conversación de cinco horas con el paciente para hablar de la economía del país. Parece cruel haber sometido a un moribundo a esa larga sesión, pero quizás era una manera de distraer al paciente, de continuar animándolo con esa tempestad llena de enigmas y terribles presagios que es nuestra economía.

Yo pienso en otros temas que pueden haber surgido en esas mismas conversaciones. Lo imagino diciéndole a su delfín:

–Lo que es la vida… aquí estoy, muriendo y dándote los consejos que pude darte el año pasado, mientras tú te entregabas a la vorágine de una campaña presidencial y yo trataba de descansar, de curarme, de convencer a mi alma de que no necesita más peligros para conservar su juicio.

¿Cuál es la diferencia entre la campaña que pudo suceder y la que ahora estamos viviendo? El trágico e innecesario capital político de su muerte.

Esas palabras del hombre y ya no del político, como las de un padre conversando con una de sus hijas, son las que quisiera conocer, las que surgen desde el fondo en que me encuentro cuando trato de entender lo que acontece en la superficie, las historias que alguien, algún día, tendrá que contar.

 

La búsqueda de la verdad

En la novela El hombre que amaba los perros, Leonardo Padura nos presenta una desgarradora crítica sobre el sempiterno régimen de Cuba. No parece provenir de esa “ansiedad reflexiva” que antes les describía, sino de la trama de su propia vida urdida en los hilos de la ficción. No conozco una novela venezolana que describa con la misma crudeza nuestra realidad. La razón parece sencilla: en Cuba la situación ha sido mucho más grave y durante más tiempo, al punto que la esposa de uno de los protagonistas –quien nos va narrando la historia del asesinato de Trotsky– muere de una polineuritis avitaminosa que se convirtió en una osteoporosis irreversible, preludio de un cáncer. Dicho en otras palabras: del hambre que se vivió en Cuba durante ese incierto período de los noventa, entre la ayuda soviética y la venezolana. En el último capítulo, titulado “Réquiem”, quien hacía de narrador muere aplastado cuando el techo de su casa se viene abajo por un soplo de brisa, después de años de abandono y deterioro.

Al cerrar el libro, quedé sorprendido de que un novelista en Cuba pudiera escribir y publicar lo que Padura acababa de contarme: la historia de Iván, un escritor que se siente hundido “en una atrofiada escala social donde inteligencia, decencia, conocimiento y capacidad de trabajo cedían el paso ante la habilidad, la cercanía al dólar, la ubicación política, el ser primo o sobrino de Alguien, el arte de resolver, inventar, medrar, escapar, fingir, robar todo lo que fuese robable. Y del cinismo, el cabrón cinismo”.

Otro escritor que recibe el manuscrito que Iván ha terminado se pregunta qué hacer “con esta historia, que también es la mía y la de tantísimas gentes que no pedimos estar en ella, pero que no pudimos escapar de ella”. Su respuesta es que las historias y sus narradores intentan llegar a un lugar donde todos sepamos, sin la menor duda, “qué coño hacer con la verdad, la confianza y la compasión”.

Esta búsqueda de la verdad, la confianza y la compasión es la aventura de quien quiera escribir una novela digna de permanecer. Padura lo ha intentado. ¿Qué significa su libertad de escribir y publicar? Quizás no apunta a un ablandamiento en la censura cubana, sino a la medida de su insignificancia política, al papel inocuo de la literatura frente a un poder omnívoro concebido para perpetuarse, a una especie de “derrocracia”, o democracia utilizada para aplastar, jamás para revisarse y cambiar, como sucedió cuando el pueblo le dijo No a la reelección indefinida. Fue aquella, insisto, una oportunidad perdida de haber mantenido una constitución más protectora, más saludable, más verdadera, más digna de confianza, más compasiva, y ciertamente más sensata.

De todas estas circunstancias surge esa ansiedad reflexiva que puede devorar nuestro placer y necesidad de imaginar, y acabar con esa inexplicable capacidad de augurio que nos ofreció Alberto Barrera, cuando escribió hace siete años una novela llamada La Enfermedad.

N.R. Introducción y subtítulos tomados del texto del autor.

Fuente: PRODAVINCI

 

 

 
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