VER EL CADAVER DE STALIN

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Evgueni Evtushenko

La muerte de Stalin fue un hecho repentino, no llegaba a imaginármelo muerto. Formaba parte de mí mismo y no entendía de qué manera podríamos vivir sin él.

 

Una especie de entorpecimiento se adueñó de todos. Los hombres se habían hecho a la idea de que Stalin pensaba por ellos. Sin él se sentían perdidos.

 

Rusia entera lloró. Eran lágrimas sinceras, tal vez, lágrimas de temor al futuro. Por mi parte, lloré como los otros.

 

Recuerdo la impresionante reunión de escritores en su honor. Algunos fueron incapaces de leer los versos compuestos a la gloria de Stalin porque las lágrimas sofocaban su voz.

 

De todas las calles, una mancha humana se dirigía a la plaza Trubnaya que llevaba a la Casa de los Soviets, lugar donde estaba expuesto el cuerpo de Stalin. Éramos decenas y decenas de miles de seres humanos apretados unos contra otros. La muchedumbre era impresionante.

 

Los hombres seguían llegando de todas partes, empujando a los demás, como si tuvieran prisa por alcanzar el cadáver del ídolo muerto. De pronto la multitud que descendía por la calle se transformó en un terrible torrente humano y sentí que era llevado como un pedazo de madera sobre el agua. Me llevaban derecho hacia un poste de alumbrado y tuve la impresión de ser estampado. De pronto, una niñita aplastada contra el poste gritó de horror. No oí su grito en medio de la multitud, pero vi su rostro. Sentí en mi cuerpo el quebrantamiento de sus huesos frágiles y horrorizado cerré los ojos para no ver la mirada azul de esta niña agonizante.

 

Cuando volvía a abrirlos, ya estaba lejos del poste. Milagrosamente, la ola humana me había salvado. Y la pequeña niña había desaparecido bajo la muchedumbre.

 

El torrente me impulsaba. Bajo mis pies sentí de pronto una cosa blanda y tardé en darme cuenta de que marchaba sobre un cuerpo humano. Agité con horror mis piernas y permanecí suspendido en la muchedumbre, durante un largo tiempo traté de no caminar sobre mis pies. Los camiones militares, colocados unos contra otros, estrechaban el camino y obstruían nuestro paso. La ola humana se golpeaba contra ellos con la violencia de una avalancha.

 

¡Quiten los camiones! ¡Quiten los camiones! –gritaba la muchedumbre enloquecida. Un joven oficial miraba el espectáculo con lágrimas en los ojos. –¡No puedo hacer nada. No tengo órdenes! -gritaba.

 

Los bordes de su camión estaban ya cubiertos de sangre, pero hombres y mujeres seguían llegando.

 

Súbitamente, sentí un odio salvaje contra la increíble bestialidad, la docilidad humana que había engendrado ese “no puedo hacer nada, no tengo órdenes”.

 

Por primera vez en mi vida, todo ese odio se dirigió sobre un hombre que íbamos a enterrar. Pues en ese instante me di cuenta al fin: él es el responsable, es él quien ha engendrado este caos sangriento porque es él quien ha inculcado a los hombres esta docilidad mecánica, esta obediencia ciega a las órdenes.

 

No quise ya ver a Stalin en su ataúd…

 

partí a casa.

 

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