Maduro en el País de las Maravillas

Daniel Lansberg Rodríguez

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Daniel Lansberg Rodríguez
@Dlansberg

 

“Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; cuando llegué a ser adulto, dejé atrás las cosas de niño”. 1 Corintios 13:11

 

No hace mucho, en una fiesta navideña en la ciudad de Chicago, estuve conversado con una joven abogada quien resultó ser de Guyana. Queriendo ser chistoso pretendí corregirla: “es decir, del territorio en reclamación, ¿no?”.

Nada. Incomprensión total.

Ella, resultaba ser la primera persona guyanesa que conozco en mi vida y no tenía idea alguna de lo que yo estaba hablando. Cuando le expliqué que nosotros crecíamos aprendiendo que su país en realidad le pertenecía a Venezuela, su respuesta fue incrédula: sospechando tal vez uno de esos “chalequeos” por lo cual los venezolanos somos justamente famosos. No fue hasta que le mostré mi licencia de conducir –una de las viejas que incluyen al “territorio en reclamación” en su holograma–  que decidió al menos darme el beneficio de la duda.

Al verlo: “oh, how weird” y cambió el tema con desmaña.

En retrospectiva creo que no he debido sentirme tan asombrado. La suposición que, los acontecimientos políticos y movimientos territoriales de los 1890s aun tendrían tanta importancia para el guyanés como la que tiene para nosotros, habiendo pasado ya más de siete generaciones, fue bastante arrogante de mi parte. Bastante infantil.

Es la misma especie de arrogancia cultural a la cual nos hemos tenido que ir acostumbrando durante los últimos años. Como un niño pequeño que al gustarle, por ejemplo, mucho los dinosaurios supone que el mundo entero tiene que compartir su fascinación, y apabulla a todos sin cesar con la rica e ilustre historia de su favorito tiranosaurio. En corto lo mismo que hacemos en Venezuela con la Guayana Esequiba, o con Fidel, o con las anticuadas paradigmas marxistas: cosas que la gran mayoría del mundo ya ha superado y dejado atrás.

El oficialismo lleva rato pintando un mundo fantasmagórico, donde los tenebrosos chapulines del Imperio nos atacan con sus chicharras cancerizadoras, y chipotes sísmicos.

Que no nos recuerden ni en Guyana, no significa que entre las potencias mundiales no seamos prioridad número uno en la agenda del día. Según el gobierno, pareciera que el 90% de las conversaciones que ocurren tanto en la Casa Blanca como en el Kremlin como en la Ciudad Prohibida tienen que ver con lo que hacemos nosotros. Y el otro 10% restante queda seguramente para que dichos presidentes se desahoguen con sus terapistas respecto a sus complejos de inferioridad nuestra con nuestra incomparable revolución.

Lo preocupante es que ahora la paranoia egocéntrica y patológica, que ha caracterizado a este régimen desde hace años, se ha fusionado con el delirio personal de un hombre, adulto, que cree que es capaz de hablar con los pajaritos.

Cuidado compatriotas que esa fusión podría resultar ser un poderoso cóctel.

Espero que algún día la madurez y seriedad puedan regresar al diálogo político de esta nación. Como niño hubiera sido increíble vivir en un mundo con armas fantásticas, fantasmas presidenciales muy “panas” y animales mágicos hispanoparlantes. Desafortunadamente la vida no es una comiquita, y ya van muchos años desde que “dejé atrás las cosas de niño”.

Los problemas con los cuales nos enfrentamos los venezolanos, son problemas de gente grande: violencia, inseguridad y una profunda crisis tanto económica como social. Superarlas también requerirá soluciones adultas.

Ya es hora de madurar.

 

 

 

 

 
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