VOTO TOTAL

 

Diego Bautista Urbaneja

Diego Bautista Urbaneja

Diego Bautista Urbaneja
dburbaneja@gmail.com

 

No hay ningún motivo para que los ciudadanos que votaron por Henrique Capriles el 7-O no lo hagan el 14-A. Es lo contrario, las razones para que todos los que votaron por Capriles el 7-O lo vuelvan a hacer, y para que se les añadan bastantes, no han hecho sino crecer desde aquella fecha.

 

La experiencia de aquella campaña dejó lecciones que han sido muy bien aprovechadas en este relámpago de ahora. Las circunstancias son además distintas. Para las que rodean esta campaña se necesita lo que Capriles ha mostrado: un Capriles firme, directo, galvanizador, jugándosela toda. En la campaña anterior recorrió el país en la forma que todos recordamos. Los límites de tiempo de ésta imponen visitas cortas, que sirven para recordar y refrescar lo anteriormente hecho. El elemento central está en la actitud del candidato, capaz de galvanizar a su electorado de la forma que las circunstancias exigen.

 

314 Capriles Brazo arribaCorrelativamente, crecen las razones para dejar de votar por Maduro, entre aquellos que lo hicieron por Chávez en octubre. Está ocurriendo lo que se había anunciado. Por un lado, el desastre está desnudo. Ya no están presentes las habilidades taumatúrgicas del anterior gobernante, capaces de hacer parecer a las cosas distintas de lo que eran. El señor Maduro, “Nicolás”, no tiene la menor capacidad de hacer algo de ese tipo. Así que el desastre está a la vista de todos. Su manifestación más inmediata y visible, las dos devaluaciones, están ya horadando, como un taladro gigante y veloz, las condiciones de vida de la gente, opositores, oficialistas, y de cuanto haya. Pero ojalá no fuera sino eso. Falta lo peor. Los que tienen que encarar ese desastre también están desnudos. Es evidente, está a los ojos de todos, que no tienen ni idea de qué hacer ante lo que se les viene encima. No sólo en el plano económico, sino en ninguno. Así que desnudo sobre desnudo. La campaña electoral está funcionando como un inmisericorde escenario donde las limitaciones del candidato del gobierno aparecen bajo luces de neón.

 

Aquí aparece un tema de mucha importancia para el electorado oficialista. Es el asunto de por qué ese gobernante, tan astuto como era, designó a Maduro como su sucesor. Esa es la única carta credencial que tiene esta persona para pedir el voto al electorado que sufragó por Chávez. Mi convicción a ese respecto es que Chávez simplemente no tenía a quién más dejar como sucesor. Ningún otro cumplía las condiciones que lo hicieran admisible para el mismo Chávez y para la correlación de fuerzas existentes en el entramado de su gobierno, y esto incluye muy especialmente a los intereses cubanos. Es difícil suponer que no hubiera en el oficialismo nadie que, al menos en el papel, luciera como una opción superior a Maduro, y es difícil suponer que Chávez no lo supiera. Pero esa opción, si existía, o no era válida para Chávez, o no lo hubiera sido para el partido que aquí dejaba, o para las Fuerzas Armadas, o para Cuba, o todo junto. Las razones posiblemente incluían, en todas esas esferas, factores ideológicos, personales, afectivos, de trayectoria, de compromisos amarrados.

 

Probablemente Chávez sabía que estaba dejando su legado en manos muy frágiles, pero no tenía alternativa. Designar a otro hubiera sido, a sus propios ojos, poner ese legado en manos en las que, en diversos sentidos, no podía confiar, en manos que más temprano que tarde hubieran significado un cambio del rumbo que él quería imprimirle a las cosas. Recordemos que era parte sustancial de ese rumbo el de mantener un trato privilegiadísimo en favor del gobierno cubano.

 

Puesta así, la decisión es comprensible. Siempre es además posible que un hombre cometa, en momentos dramáticos de la vida, un error de apreciación que exagere en mucho la capacidad de un cercano y obediente colaborador de varios años. Pero el país no tiene porqué cargar con el callejón sin salida en el que se encontró Chávez o con el error de juicio en que haya podido incurrir en momentos postreros. Obedecer esa orden, es hacerle un daño a la patria.

 

Maduro está demostrando a pasos agigantados que se puso sobre sus hombros una carga muy superior a la que pueden soportar. Poner en manos de Maduro el futuro gobierno es la mejor manera de asegurar que el camino que se venía siguiendo estos años tendrá un final más rápido, más integral, más costoso para el país y que al cabo dejará en todos un recuerdo más ingrato, que cualquier otro destino que en otras manos hubiera podido tener.

 

 

 
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