EL VELORIO MÁS GRANDE

Mariano Nava Contreras

Mariano Nava Contreras

 

Mariano Nava Contreras
marianonava@gmail.com

 

Tal parece que la falta de propiedad y de mesura a la hora de rendir el último homenaje a los muertos no es cosa que se reserve solo a la gente sin educación, sino más bien una constante cultural. Y es normal, porque la sola idea de la despedida final, de la ausencia irremediable, conduce a los gestos más inesperados, a las reacciones más extremas, guiados sin duda por los instintos más básicos e insospechados. Es por eso que el cadáver cobra de súbito un inestimable valor, despojo que se vuelve tesoro, no como esperanza del retorno del difunto, sino como vínculo de su memoria con nuestra vida terrenal que él ya no comparte, como símbolo de lo que fue, como alegoría, o si se quiere, estrictamente como metáfora del difunto. Es por eso que el culto a los muertos es un universal antropológico, porque no hay nadie a quien la vista de un cadáver no remueva sus íntimos temores: miedo de lo que somos, miedo de lo que seremos.

 

Cuenta Homero que el viejo Príamo, rey de Troya, se atrevió a llegar hasta las carpas de Aquiles para reclamar el cadáver de su hijo. El anciano rey desoyó los ruegos de la reina, las súplicas de las mujeres, el llanto de las esclavas seguras de que Aquiles también a él lo mataría, y salió de la ciudad para atravesar los campos sembrados de cadáveres y la corriente enrojecida del Escamandro. Llegado al campamento, el anciano rey se arrodilla y besa la mano del matador de su hijo para suplicarle que le entregue el cuerpo de Héctor. En una escena singular que no ha pasado inadvertida, el guerrero hace levantar al anciano, admirado de lo que un padre es capaz de hacer por la memoria de un hijo. Ambos enemigos se abrazan y terminan llorando juntos la desgracia de la muerte y la miseria de la guerra.

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No pensemos que son solo los reyes y los varones ilustres los capaces de tamañas hazañas. Sófocles cuenta la historia de una niña muy valiente, Antígona, que se atrevió a desafiar la voluntad de Creonte, tirano de Tebas. Dice la leyenda que los dos hermanos de Antígona, Etéocles y Polinices, se dieron muerte mutuamente en el campo de batalla cumpliendo la maldición de Edipo, su padre. El uno atacaba la ciudad, el otro la defendía. Creonte ordena que Etéocles, el defensor, sea sepultado con grandes honores, y que el cadáver de Polinices quede insepulto para que lo coman los perros y las aves de rapiña, so pena de muerte a aquel que irrespete la orden. Antígona desafía el mandato del tirano y decide enterrar a su hermano, atrayéndose el castigo supremo.

 

Otra cosa es lo que cada época y cada cultura decida hacer con sus muertos. Recuerdo la sorpresa que me llevé la primera vez que leí que en honor de Patroclo se habían celebrado unos juegos deportivos. Efectivamente, la Ilíada cuenta que después de haber rendido homenaje a su cadáver y realizado las correspondientes exequias, los aqueos organizaron unas competencias en honor del hijo de Menetio, en las que disputaron en carreras de carros, pugilato, lucha, tiro con arco y lanzamiento de jabalina. Por eso no deben sorprendernos las extrañas formas que cobran algunos velorios de hoy en día. Tres siglos después, Tucídides nos hablará ya de unos funerales más parecidos a la idea moderna que tenemos de ellos. Se trata del homenaje a los caídos en la Guerra del Peloponeso, en el que Pericles pronunció su célebre “Oración fúnebre”.

 

Sin embargo, el velorio más grande de toda la Antigüedad fue el que se organizó tras la muerte de Alejandro Magno, y que duró, dicen algunos, hasta un año. Unos juegos fúnebres, a la manera de aquellos héroes épicos, fueron celebrados en su honor. El historiador siciliano Diodoro y otros nos dan detalles acerca del lujo de su féretro dorado y del manto púrpura bordado en oro que cubría el cuerpo del emperador conservado en miel. Nos hablan de las coronas de oro y los collares con gemas preciosas de la India que llevaban las sesenta y cuatro mulas que transportaban el magnífico catafalco. Nos cuentan de la estupenda carretera que se mandó a construir desde Babilonia hasta Egipto solamente para transportar el cadáver, todo según su voluntad, cumpliéndose estrictamente los mandatos de su caprichoso testamento, mientras sus generales se repartían a cuchillo un Imperio que nunca terminó de consolidarse.

 

 

 

 
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