ESCENARIO POSTELECTORAL

Susanne Gratius

Susanne Gratius

SUSSANNE GRATIUS 

 

Los venezolanos quieren soluciones terrenales, no divinas

Sigue la telenovela venezolana. Las elecciones del 14 de abril no han resuelto la incertidumbre política y el vacío de poder post-Chavista sino que mantendrán al país en jaque un buen tiempo más. Mientras que el Consejo Nacional Electoral (CNE) ya proclamó la victoria del candidato oficialista, Nicolás Maduro, que consiguió un 50,06%, su opositor Henrique Capriles cuestionó los resultados que le asignaron un 49,07% de los votos. En los próximos días o semanas puede haber un recuento del 100% de los votos. Sería una primera victoria de la oposición que había cuestionado todos los procesos electorales celebrados durante un chavismo que por primera vez parece aceptar la revisión completa de los resultados.

Independientemente del desenlace final, Nicolás Maduro fue el gran perdedor de las elecciones, las más reñidas en la historia reciente de Venezuela. Fue el peor resultado que el chavismo había obtenido en unos comicios presidenciales desde 1999. El vicepresidente consiguió un 5% menos votos que su divinizado mentor y difunto Presidente, lo cual arroja serias dudas sobre el futuro del chavismo como movimiento unido en torno a un líder consensuado. 

El principal rival de Maduro y número dos del régimen, Diosdado Cabello, ya ha difundido vía twitter la necesidad de una autocrítica, lo cual es un ataque indirecto al candidato oficialista, cuya única legitimidad consiste en haber sido nombrado sucesor por Hugo Chávez. Si el oficialismo hubiese aceptado sus propias reglas de juego consagradas en la Constitución, no Nicolás Maduro sino Diosdado Cabello tendría que haber sido Presidente interino hasta la celebración de nuevas elecciones.

315 Maduro Tibisay

En tiempo record, el CNE proclama a Nicolás Maduro como presidente electo.

 

Estas elecciones podrían ser el inicio de una feroz lucha interna en el oficialismo.

La brevísima campaña electoral señaló claramente que ser heredero e intérprete del fallecido Presidente y disponer de la hegemonía de recursos no bastan para asumir el mando supremo del país. Maduro no es Chávez y carece del carisma y de la legitimidad popular del máximo líder. Fue un error de cálculo pensar que crear un culto religioso en torno a Hugo Chávez sería suficiente para obtener la misma clara mayoría de siempre. Ante los graves problemas del país –la inseguridad ciudadana, la polarización política y una economía dirigida por un estado sumamente ineficaz– una vez pasado el período de luto, los venezolanos esperan soluciones terrenales no divinas.

Aunque Henrique Capriles probablemente no será presidente, en sólo seis meses desde las últimas elecciones presidenciales ha logrado ampliar su electorado en más de un 5%. Esta tendencia favorable a la oposición demuestra que su modelo de país atrae a cada vez más venezolanos cansados de un proyecto supuestamente socialista que ha provocado cifras récord de violencia, una mayor dependencia del petróleo, una tasa de inflación preocupante y un déficit fiscal similar al de Grecia en la Unión Europea.

 

Propuestas poco creíbles

Sin embargo, el lema de Henrique Capriles “yo soy la solución” tampoco se basó en un programa demasiado creíble. Ambos candidatos prometieron aumentar los salarios, crear más puestos de trabajo o seguir financiando los subsidios actuales incluyendo las misiones. No son propuestas demasiado realistas ante los ya altísimos niveles de gasto público y una economía disfuncional a la cubana. Igual que en la UE, pero gracias a los altos precios de petróleo, con una tasa de crecimiento del 5,7% en 2012 (que este año podría bajar al 3%), el próximo gobierno venezolano tendrá que sanear las cuentas públicas, reducir la inflación y seguir devaluando una moneda que se cambia por precios muy inferiores a la tasa oficial (incluso después de dos devaluaciones recientes) en el mercado negro.

Ninguno de los candidatos presentó una fórmula mágica o un plan creíble para afrontar el lastre de una violencia generalizada que se ha convertido en una forma de vida y que durante demasiado tiempo ha sido tolerada por el chavismo. Hoy, Venezuela es el quinto país más violento del mundo.

Independientemente del color político, la inseguridad ciudadana es la principal preocupación de los venezolanos atemorizados por asesinatos, secuestros exprés, robos de vehículos y amenazas políticas. El acomodo de la delincuencia y el crimen organizado refleja el fracaso de un modelo del Estado incapaz de cumplir con su principal función y razón de ser: ofrecer seguridad. Será difícil recuperar el monopolio legítimo de la violencia en un estado clientelar que pertenece y representa sólo a una parte de los venezolanos.

Estas elecciones señalan un creciente descontento y desencanto de los venezolanos con el chavismo sin Chávez. El empate de poder entre chavismo y oposición hace cada vez más difícil que uno de los dos proyectos se imponga sobre el otro. Hay dos opciones: dividir el país como está pasando en la actualidad o aceptar que ninguna de las dos partes puede vivir sin la otra.

 

Hora de dialogar

Esto último requiere un nuevo pacto nacional que reclaman muchos venezolanos cansados de vivir en un país dividido sin posibilidad de salir de la espiral de enfrentamiento para afrontar el drama de violencia y la ineficiencia económica que afecta a todos los ciudadanos. En esta campaña con tintes religiosos, Maduro y Capriles han prometido la unidad y la reconciliación, pero también entraron en el juego de insultar y descalificar al adversario. Ha llegado el momento de emprender el camino de diálogo cuyo principal impedimento ha sido hasta ahora el difunto Presidente Chávez. 

El próximo presidente tiene un mandato de casi seis años por delante. Si se confirma la victoria electoral de Maduro, parte de una posición de relativa debilidad frente a los suyos y a la oposición. En este sexenio venezolano tendrá el triple desafío de cohesionar su propio movimiento, mantener contentos a las fuerzas armadas que son el principal pilar institucional del oficialismo y tender puentes hacia la oposición sin ser tachado de “blando” por los propios. El resultado de estas elecciones ha señalado que no existe ningún “candidato de la patria” sino que las dos Venezuelas están condenadas a entenderse si quieren evitar la ingobernabilidad y el inminente escenario de un estado fallido.

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* Susanne Gratius es Investigadora en la Fundación FRIDE y Profesora Asociada en la Universidad Complutense de Madrid.

 

@elmundo

 

 

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