LÍDERES

Américo Martín

Américo Martín

Desde la cima del Ávila
Américo Martín 
amermart@yahoo.com
@AmericoMartin 

I

Se han dado inteligentes definiciones y clasificaciones de lo que sea un líder: el natural, el carismático, el autocrático, el gerencial, el liberal, el democrático y el caudillista, todas ellas pertinentes. Más allá de lo que se propongan se trata de personas capaces de inspirar conglomerados, brindarles confianza y llevarlos hacia metas percibidas como atractivas, al punto de despertar la convicción de que para alcanzarlas se justifican los sacrificios y renuncias personales, a veces hasta el extremo de comprometer la vida misma.

Ejercer liderazgo no significa tener razón o representar una causa noble o superior. Hitler, Mussolini, Perón fueron tan líderes como Roosevelt, Churchill, Gandhi, Luther King y  Mandela.

En América y Fidel Castro, una obra que escribí en 2001, me extendí sobre el caudillismo que llamé “de tercera generación”. Fue un liderazgo que se asumió revolucionario y cuyas expresiones máximas fueron Fidel Castro y sólo un escalón por debajo, Hugo Chávez. Ortega, Evo, Correa, por mucho que se identifiquen con ellos, no calzan los puntos.

Fidel ya no cuenta. El último capítulo de su jefatura, el formal, se escribió en el VI Congreso del Partido Comunista de Cuba, celebrado en abril de 2012. Fidel fue sustituido en el cargo de primer secretario del Buró Político del Comité Central, última posición que aún conservaba, después de ser suplantado en la presidencia del Consejo de Estado por Raúl Castro. Pero lo que simboliza su total desplazamiento del poder es que ese Congreso aprobó los Lineamientos para la Reforma presentados por su hermano, cuya orientación adversó desde antes de su afección intestinal. Ahí se le cayó la empalizada. El hombre se resignó y, convertido en una sombra de lo que era, aprobó la política que tan abiertamente rechazaba.

 

II

Hugo Chávez murió entre diciembre y febrero, imprecisión que se debe a la ausencia de la correspondiente partida de defunción, debido a una enloquecida pasión por el secreto, totalmente  sin sentido.

Fidel Castro

Fidel Castro

Los líderes de índole caudillista no siempre pueden ser sustituidos. En Cuba fue posible porque las reformas de Raúl han sido respaldadas por el ejército y el partido, sin que pueda nadie garantizar si podrá cabalgar en medio de la borrasca sin caerse del caballo.

Pero en Venezuela,  Chávez es irremplazable en el seno de la fuerza gobernante. Podemos entender por qué. Nunca hubo en nuestro país un movimiento, un gobierno, un partido tan demencialmente personalista como el suyo. El culto a la personalidad, llevado al endiosamiento. Fue un absurdo intento de sustituir el quebrantado piso del socialismo leninista por el sincretismo religioso. Mientras Chávez estuvo allí, semejante operación funcionaba; desaparecido, ya no.

Por comprenderlo, el entorno del caudillo hizo un esfuerzo mágico para hacer creer que el líder sobrevivía más allá de la muerte. Consciente de sus limitaciones, Maduro quiso desaparecer detrás del recuerdo del fallecido. Su campaña se montó sobre una mentira. Angustiado, hizo reír al mundo con su delirio sobre el pajarito. Como los dioses del Olimpo, que toman formas diversas, Chávez habría transmigrado. La lucha seguiría bajo su etérea conducción.

Las elecciones del 14 de abril mostraron hasta qué punto había sido una operación fallida. Capriles logró más de un millón de votos en relación con octubre del año pasado y Maduro perdió una cifra igual de quienes votaron por Chávez. Y lo peor: unos 600 mil chavistas prefirieron a Capriles más que a Maduro.

El cuestionado presidente pretende gobernar un país sumido en una crisis económica insondable, sin fuerza de inspiración y con el 50% de los venezolanos compactados alrededor del nuevo líder emergente. Si no busca un entendimiento, no tendrá vida.

III

La paradoja de todo esto quiere que el verdadero sustituto del líder fallecido sea el actual jefe de la alternativa democrática. Contra lo esperado y buscado en la corriente que por comodidad llamaré chavista, no hubo ni podía haber quien ocupara el enorme vacío, dada la naturaleza profundamente personalista del movimiento que está en el mando.

Capriles Radonsky es el nuevo líder inspirador, el movilizador, el que llena el vacío. Si hoy se repitieran las elecciones, estoy seguro que Capriles aplastaría a Maduro bajo una montaña de votos, dadas las pruebas de liderazgo que ha dado con motivo de los muy discutibles resultados ofrecidos por un CNE totalmente parcializado hacia el gobierno. La gente espera sus orientaciones, confía en él y lo bueno es que el hombre ha demostrado lo que significa un ejercicio serio, equilibrado y profundo de la enorme responsabilidad que ahora reposa sobre sus hombros.

Maduro tiene un comportamiento errático. Se contradice, menciona cosas que no han ocurrido, vacila. Es de esperar que para cubrir sus carencias no se apoye en las bayonetas.

Las tragedias no le ocurren solo a grandes personajes. Más frecuente es la que cae sobre seres normales, corrientes, a veces ilusos pero inseguros. Las consecuencias, por desgracia, no envuelven solo a sus autores, sino a todos, a todo el país, y por eso hay que buscar la manera de prevenirlas mediante el mil veces probado mecanismo del diálogo.

La gente puede haberse habituado, pese a su descontento, a la inflación o a la violencia, pero ha descubierto que la fuente de su desgracia está en el gobierno.

En su recóndita sabiduría, este pueblo no solo ha elevado un nuevo líder, sino que auspicia el pluralismo democrático para que nadie sea excluido. Capriles es eso. El verdadero sucesor, llevando consigo el rico tesoro del sistema más humano de la historia.

 

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