Abrir los ojos (y las cajas)

Peter K. Albers

Peter K. Albers

Peter Albers
peterkalbers@yahoo.com
@peterkalbers

 

Este año ha comenzado muy mal. “Malísimamente mal”, como diría un amigo mío especialista en exageraciones. Solo que esta vez no es exageración. Y no hablo del aspecto político, que es todavía peor que “malísimamente mal”, sino de economía. Según datos de los diarios, comenzamos el año con una inflación que ya va por casi 8% en el primer trimestre; de seguir así, terminaremos con 32% de inflación. O sea, que mil bolívares (así, en minúsculas) se nos convertirán para fin de año en 600 o menos. Dicho más sencillamente: si en enero comprábamos tres productos con Bs. 1.000, en diciembre solamente nos alcanzarán para dos. Y el pueblo que aguante…

 

abre los ojosPero allí no termina la cosa. Los productos del consumo diario escasean en un 20%. Es decir, que de cada cinco cosas que uno necesita para su casa, solo consigue cuatro. Y ni hablar de repuestos para vehículos, para electrodomésticos o de medicinas. No hay. Y el pueblo que aguante…

 

Las ensambladoras y fabricantes de productos para automotores están produciendo al 50% de su capacidad, porque no se les suministran las divisas necesarias para importar insumos básicos que aquí, con una economía debilitada por los controles y la inseguridad jurídica, no se producen.

 

Para completar, el máximo dirigente del organismo que agrupa al sindicalismo chavista ha declarado que “les tienen la vista puesta a las empresas que están reduciendo su producción para tomarlas” en caso de paralizarse. Ellos suponen que tendrán la capacidad para manejarlas dentro de eso que llaman “socialismo del siglo 21”, olvidando que las empresas bajo este régimen están quebradas y sin producción alguna. No se explica de otra manera que, luego de expropiadas las empresas cementeras y puestas en manos de los que pregonan la “eficiencia del socialismo”, estemos importando cemento de Cuba.

 

Así que lo que le espera al pueblo, ese que el difunto dijo amar tanto, es bien negro, pues no se vislumbra que sus herederos estén en capacidad de resolver los problemas que lo aquejan en cuanto a seguridad, abastecimiento y servicios.

 

Y la situación política no ofrece mejor perspectiva. Mandatarios espurios que dicen hoy una cosa y mañana lo contrario; árbitros que amañan procedimientos para “arrimar la sardina para su sartén” sin mostrar el menor pudor; jueces que interpretan las leyes según los intereses del partido en el cual militan; prepotentes líderes del chavismo que amenazan al que reclama, amordazan a quien intenta defender la institucionalidad, reprimen a quien protesta sus arbitrariedades.

 

Una importante juez dictamina que “el conteo manual de papeletas no está en la Constitución”, pero no dice que tampoco está en la Constitución que el Presidente de la Asamblea pueda negar el derecho de palabra a los diputados de oposición. Todo ajustado a la conveniencia de quienes se niegan a entregar el poder y las posibilidades que éste les brinda para enriquecerse escandalosa y desvergonzadamente.

 

Y así, destruyendo la economía del país y acorralando a la oposición mediante amenazas y represión, este país corre el peligro de caer por un abismo cuyo borde está más cerca de lo que creen quienes todavía no han abierto los ojos, como sí lo hicieron 700.000 venezolanos el 14 de abril, cambiaron de dirección, votando por Henrique Capriles y no como lo habían venido haciendo, por la corrupción y la improvisación.

 

 

 

 
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