El falso dilema frente a Maduro

Angel Oropeza

Angel Oropeza

Ángel Oropeza 
@angeloropeza182 

 

Una de las herencias lamentables del modo de pensar neo-militarista que ha contaminado la cultura política del venezolano, es la tendencia a clasificar el mundo y sus eventos en categorías dicotómicas reduccionistas. Según esta concepción, nada puede existir fuera de las rígidas bipolaridades que caracterizan su precaria noción del hombre y su entorno. Todo se limita a una clasificación ramplonamente maniquea: bueno o malo, blanco o negro, amigo o enemigo.

La psicología evolutiva nos enseña cómo la clasificación dualista es, desde el punto de vista del desarrollo ontogenético, lo más primitivo y básico en el proceso de formación del pensamiento. El niño pequeño aborda su realidad desde estadios preoperacionales y simples, y a medida que avanza en su madurez cognoscitiva va entendiendo progresivamente la importancia de los matices y múltiples gradientes y posibilidades de la realidad.

caprilesCuando un modelo de dominación política recurre en su discurso y en su obrar al reduccionismo dualista, evidencia su incapacidad patológica para entender y administrar las diferencias propias de las realidades complejas. Y eso es lo que hemos estado presenciando los venezolanos de estos días. Un ejemplo de ello es la pretendida imposición por parte de los representantes de la actual oligarquía gobernante para que se reconozca o no como legítima la sospechosa presidencia de Nicolás Maduro, quien fue elegido por el CNE el pasado 14 de abril.

Es necesario hacer notar que tanto Henrique Capriles como la oposición venezolana reconocen la legitimidad de la actual Constitución de Venezuela, ya que precisamente están haciendo uso de los recursos y acciones que prevé dicha Constitución.  La lucha de la mayoría venezolana es, en consecuencia, por el reconocimiento y legitimidad del Estado de Derecho. Que se cuestione la honradez y aseo del nombramiento de Maduro no cambia eso en lo más mínimo. Ni Capriles ni la oposición venezolana están enfrentados a la institucionalidad democrática, así como tampoco a la Constitución. A ambos se les reconoce y dentro de ellos se actúa. Por el contrario, quien se aleja del Estado de Derecho es el Gobierno cuando, por ejemplo,  amenaza con no reconocer y castigar a representantes legítimamente electos por el pueblo. En este caso, la oligarquía poschavista se está alejando y renunciando delincuencialmente a sus obligaciones y deberes previstos en la Constitución.

No es Capriles ni la Unidad Democrática quienes tienen que reconocer a Maduro.  Es el pueblo. Y el pueblo no puede reconocerlo porque quienes gobiernan lo impiden, cuando no  permiten que se aclaren las innumerables y fundamentadas dudas sobre lo que realmente pasó el 14 de abril.

Cuando un malandro te asalta con un arma de fuego, tú le reconoces poder sobre ti, al punto que te ves obligado a someterte. ¿Pero le reconoces autoridad legítima? Son dos cosas distintas. Igual que distinto es el derecho a cuestionar la legitimidad de Maduro hasta que se permita corroborar lo contrario, de la fidelidad y aceptación a la institucionalidad democrática. Esos falsos dilemas como el de obligar ya, a juro y sin pruebas, a tener que optar por reconocer o no la legitimidad del triunfo de Maduro, bajo el argumento de que ello permite ubicar a quien responda dentro o fuera de la legalidad, es sólo una infantil manipulación que esconde tanto una entendible desesperación por ocultar las propias vergüenzas electorales, como una marcada ignorancia sobre las amplias posibilidades que brinda la democracia y el Estado de Derecho, posibilidades que van mucho más allá de las rigideces esquemáticas del primitivo pensamiento militarista.

 

 
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