MADURO Y LA MALDICIÓN DEL BIGOTE

Daniel Lansberg Rodríguez

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Daniel Lansberg Rodríguez
@Dlansberg

 

Nicolás Maduro es muchas cosas para mucha gente. Un tirano, un héroe, un presidente, un falso presidente, un líder, un tramposo, un poco torpe… y la lista sigue. Pero a pesar de ser un personaje tan controversial, existe una característica que ni seguidores ni detractores pueden negar: ese hombre tiene bigote.

 

Ahora, se entiende que el bigote, aunque cada vez más escaso en los círculos de poder a nivel mundial aún persiste en América Latina. Daniel Ortega tiene uno, Leonel Fernández también, y se presume que Evo Morales le encantaría tenerlo, si solo fuese capaz de hacerlo crecer.

 

En realidad no estamos solos en esto de ser una región bigotuda. Entre los dictadores de África y Asia permanece bastante normal. En Siria, Assad tiene uno, y ambos Hussein y Gadafi los tuvieron hasta poco antes de morir. En Pakistán, Musharraf mantiene el suyo aunque le quede poco poder y luzca como que pronto será encarcelado por haber subvertido el orden democrático durante su gobierno. A diferencia de Ilham Aliyev, dictador de Azerbaiyán quien ha logrado quedarse con su país y su bigote.

 

06 Bigote Maduro Dictadores 

 

En todo caso, el regreso triunfal de un bigote a Miraflores viene tras una escasez de casi tres décadas, el primero desde la presidencia de Luis Herrera Campíns (1979-1984).

 

Hasta ahora, el siglo XXI sólo nos ha ofrecido un presidente con bigote, mientras que el siglo XX fue un poco más generoso. Además de Campíns, tuvimos cuatro más. Cipriano Castro (1899-1908), Juan Vicente Gómez (1908-1935), Victorino Márquez Bustillos (1914-1922), y Eleazar López Contreras (1935-1941). Como verán, los años precedentes a la II Guerra Mundial representaron una época dorada para los labios superiores de nuestra república.

 

Si nos atrevemos a visitar estos fantasmas del pasado, pronto queda claro, que la historia tiende a repetirse. Más allá de su bigote, Maduro tiene mucho en común con algunos de sus predecesores.

 

Campíns -el último bigote que resonó órdenes en los ilustres pasillos de Miraflores durante el siglo XX- fue copeyano, abogado de profesión, y a primera vista luce compartir poco con Maduro. Pero, además del bigote, si tienen algo en común: Campíns se recuerda hoy particularmente por el llamado “Viernes Negro” del 1983, en el cual un país despilfarrador tuvo que enfrentarse de manera drástica a las duras realidades de su propia irresponsabilidad económica. En poco tiempo esto mismo le tocará a Maduro.

 

Anterior a Campíns tuvimos a López Contreras quien, igual que Maduro, se hizo cargo tras la muerte por enfermedad de un presidente paradigmático: Juan Vicente Gómez. Gómez, quien también tenía bigote, fue un líder omnipotente quien logró moldear las “instituciones gubernamentales” a su conveniencia y que al igual que nuestro recién fallecido Presidente Chávez toleraba poco a la disidencia. Sin embargo, López Contreras -quien disfrutaba de un bigote en realidad poco imponente- es recordado con cariño por haber liberado a los presos políticos recluidos en cautiverio por Gómez y devolverle al pueblo la libertad de expresión.

 

¡Qué diferencia con el bigote de hoy!

 

La última figura en un triunvirato de bigotes que definió la era de Gómez fue Victorino Márquez Bustillos: quien presenta fascinantes paralelismos con nuestro presidente actual. Éste se convirtió en presidente interino inicialmente al haber sido “nombrado” por el gran jefe Gómez. Por la duración de su mandato, en ningún momento era él quien realmente tomaba las decisiones. Gómez seguía en control aún desde un cuartel alejado: aprobando o desaprobando cada decisión de Márquez Bustillos.

 

Ahora bien, en nuestro siglo XXI, la identidad de este segundo presidente quien manda junto -o por encima- de Maduro varía dependiendo de tu perspectiva política. Para algunos el verdadero presidente es el “legítimo ganador” Henrique Capriles. Para otros existe una figura oculta quien controla a Maduro desde las sombras: tal vez Diosdado Cabello o Raúl Castro (¡otro bigote!) ¿O será el espíritu de Hugo Chávez “Redentor” quien le guía la mano a su querido sucesor? ¿Quién sabe? Pero al igual que Márquez Bustillos, nadie se cree que Maduro es el hombre que toma las decisiones.

 

Lo que nos lleva al último bigote de nuestra historia: Cipriano Castro –quien fue derribado por su propio partido, cuando hombres ambiciosos que lo rodeaban decidieron que él era una desventaja y maquinaron su caída.

 

Al mirar estos cinco bigotes históricos podemos abarcar el pasado, el presente y el probable futuro de la misericordiosamente breve presidencia de Nicolás Maduro. Un hombre designado como un líder por el capricho de un gigante. Heredero por la muerte de su predecesor. Quien jamás logró ejercer ese poder de manera independiente. Quien buscó gobernar a través del miedo. Quien eventualmente tuvo que soltar las riendas al ser traicionado por supuestos aliados, y es recordado –más que todo- por su bigote.

 

 

 

 
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