CADUCIDAD POLÍTICA

Américo Martín

Américo Martín

Desde la cima del Ávila
Américo Martín
amermart@yahoo.com 
@AmericoMartin 

 

I

Si me hubieran preguntado en octubre de 2012 si estaba planteado un cambio de gobierno, mi respuesta hubiese sido afirmativa. Si me preguntaran lo mismo hoy respondería de igual manera. Y entonces, si puede ser válida ahora o en cualquier tiempo cercano o remoto ¿qué importancia práctica atribuirle a semejante frase? ¿Por qué en este momento, por ejemplo, se acercaría más a la verdad que en el pasado?

19 Leche GobiernoLas precisiones que haré a continuación hube de formularlas el lunes pasado en la cátedra Pío Tamayo dirigida por el historiador Agustín Blanco Muñoz. Como es usual en los actos de esa cátedra el intercambio fue inteligente y lleno de matices.

Un proyecto, un modelo, una línea estratégica, un partido pueden caducar históricamente porque sus potencialidades se hayan agotado. Pero “caducidad histórica” no necesariamente significa “caducidad política”.

El sedicente proceso revolucionario que ha dominado el escenario venezolano durante los últimos 14 años, ya no tenía nada que ofrecer ni estaba en capacidad de resolver la masa de problemas que reventaba a su vista, perceptible en el puñado de variables en rojo que cada vez menos altos dirigentes del gobierno se ocupan de rebatir. El socialismo del siglo XXI no daba más. Sus posibilidades de sobrevivencia histórica habían desaparecido.

Pero no es menos cierto que conservaba su vigencia política. Muchos de sus leales sostenían desafiantes sus banderas  con una convicción que en la actualidad se ha ido esfumando. El gobierno seguía siendo fuerte y conservaba un dispositivo político consistente. Repito pues: la caducidad histórica del proceso de 14 años de duración no implicaba todavía caducidad política.

 

II

Pero el fallecimiento del caudillo, la agudización de la crisis económica durante el mandato del sucesor Maduro y el sorprendente resultado de las elecciones del 14 de abril han repercutido duramente en la argamasa del poder.

Podría pensarse que la caducidad histórica ha encarnado –ahora sí- en una creciente desarticulación de la estructura del sistema, una fractura del modelo, un duro golpe contra su sostenibilidad política.

Sin hacer una exhaustiva lista de hechos demostrativos de la imparable debilidad del gobierno, quisiera más bien resaltar el conflicto incesante entre varios de sus componentes. Para entendernos bien, marcaré dos tendencias de sentido opuesto: la de los revolucionarios que proponen enfrentar las dificultades perseverando obsesivamente y la de los grupos inclinados a una salida política. No se necesita ser un genio para entender que en el contexto en el cual fue expresada esa opinión, decir “salida política” es tanto como sugerir negociación, diálogo, búsqueda de objetivos comunes y creación de una atmósfera favorable a la tolerancia y contraria a la de reprimir la opinión ajena.

La fuerza que sostiene esta posición no es tan ruidosa como la contraria y no obstante recoge el sentimiento, creo, de la  militancia. Quizá configure la “mayoría silenciosa” de que habló por primera vez el presidente  Richard Nixon. Si alguien podía defenderse con arte en el proscenio de la política era este presidente norteamericano, hombre capaz y decidido a cualquier cosa en función de sus proyectos. Pero cuando se rompió el nudo de sus relaciones políticas fue expulsado del poder.

 

III

Para medir la profundidad de la crisis económica puede uno guiarse por las propias agencias del gobierno, que ya no pueden velar la realidad. El Banco Central, el INE y a ratos PDVSA no ocultan la irreversibilidad de la tendencia al alza de la inflación, que en el año en curso puede batir el record de los últimos años, el agudo desabastecimiento, el déficit fiscal, la atroz servidumbre contraída con los países de Mercosur y otros, reflejada en una balanza comercial ampliamente negativa para un país de tantos recursos externos como el nuestro. La caída del salario real, la letalidad de los establecimientos industriales y agroindustriales. Todo eso ha exacerbado hasta la cima las protestas sociales y el deseo de cambio. El cortejo macabro de la violencia criminal desatada, la crisis eléctrica y de los servicios.

El gobierno está zarandeado desde dos polos internos cada vez más definidos.

Por una parte, los colectivos y otros sectores fundamentalistas rodean a Maduro más que a Chávez, incluso. Piensan que “profundizará” la sedicente revolución y vomitan insultos y amenazas.

Pero por la otra, se extiende el sentimiento de que el modelo naufraga, el retroceso es evidente, la corrupción se multiplica y el avance de la oposición sobre los bastiones del chavismo es inocultable. Se necesita una “salida política”, dice un alto dirigente. Y en medio de todo estalla la acusación de Ilich Ramírez contra Maduro. “Me ha traicionado a mí y también a Chávez”. Ilich es el ídolo de los colectivos que esperan de Maduro lo que no hizo Chávez. ¿Cómo asimilarán el dicho de Ilich?

En general estos fenómenos se han intensificado, son ahora más visibles y están debilitando al régimen, en contraste con el trasiego de gente chavista hacia la MUD y Capriles. Es un cambio significativo en la correlación de fuerzas a favor de la alternativa democrática.

Se aproximan nuevos retos pacífico-electorales que pueden ser insoportables para el gobierno de un hombre dramáticamente desconcertado. No ha terminado la impugnación y ya están en la sartén las municipales, que serán ganadas por la nueva mayoría; aparece en el horizonte la revocación de  diputados violentos y eventualmente la Constituyente.

Los rebullones de Doña Bárbara revolotean alrededor de los sucesores del fallecido caudillo, les roban el sueño y les marcan su destino.

Habrá cambio de gobierno. La caducidad política está avanzando.

 

 

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