El feudo de los K se enroca en el silencio

Francisco Peregil

Francisco Peregil

Un caso de presunto blanqueo y el enriquecimiento de personas de su entorno en Río Gallegos proyectan sombras sobre la familia presidencial

 

Francisco Peregil

 

Río Gallegos es una ciudad patagónica de 100.000 habitantes, a tres horas de vuelo desde Buenos Aires. No hay ningún cine, es gélida, ventosa y gris. La gente suele irse en cuanto se pensiona. Sin embargo, Néstor Kirchner siempre volvía. En la cafetería del hotel Santa Cruz tenía reservada su mesa redonda con siete sillas. Ahora vive allí su hijo Máximo, de 36 años, aunque apenas se le suele ver por la calle. Allí acude muchos fines de semana Cristina Fernández para visitar al hijo. Y allí se encuentra el mausoleo de Néstor Kirchner, una obra de unos 11 metros de alto, 15 de largo por 13 de ancho. Hay 10 cámaras de vídeo colocadas en lo alto de la mole y dos personas cumplen el exclusivo y relajante cometido de custodiar la seguridad de la tumba.

La obra corrió a cargo de Lázaro Báez, amigo de Néstor Kirchner y máximo beneficiario de las obras públicas en la provincia patagónica de Santa Cruz. En el resto de Argentina muy poca gente conocía el nombre de Lázaro Báez. Hasta que en la noche del domingo 14 de abril. Jorge Lanata, el periodista más popular de Argentina, emitió un reportaje televisado donde por primera vez aparecían dos personas, Leonardo Fariña y Federico Elaskar, admitiendo que Báez lavaba dinero. Reconocieron que ellos trabajaban para él y añadieron que Báez blanqueó unos 55 millones de euros en varios paraísos fiscales.

 

Lázaro Báez

Lázaro Báez

 

Más de dos semanas después, el viernes 3 de mayo, un fiscal imputó a Lázaro Báez y a su hijo Martín Báez por lavado de dinero. Y, desde entonces, la atención volvió a fijarse en esta pequeña localidad de tres periódicos de los cuales solo uno informa sobre el caso Báez. El diario se llama Prensa Libre y pertenece al propio Báez. El pasado miércoles, el diario de Báez informaba en “exclusiva” sobre la denuncia que Báez había interpuesto contra Leonardo Fariña, el contable que lo involucró en el blanqueo de dinero.

“Cuando Kirchner se fue a Buenos Aires, en 2007, se llevó a muchos colaboradores para allá”, comenta un empleado de la Casa de Gobierno de Santa Cruz. “Y a alguna de esa gente los vimos volver al cabo de un año con mucho dinero. Y sin disimularlo. Si tenían que comprarse una casa se la compraban acá, para presumir delante de todo el pueblo”.

“Es cierto que se comentan muchas cosas en la cancha, en la confitería, en la calle…”, señala el gobernador de Santa Cruz, Daniel Peralta. “Pero hay que probar si el enriquecimiento de alguien se hizo de una forma ilícita. Cuando apareció esto lo primero que hicimos en la Gobernación fue ponernos a disposición de la justicia. Necesitamos que esa investigación se haga. Porque si hubo obra pública a la que se acusa de haber sido pagada con sobreprecio hay que probarlo. Después, lo que hizo Báez con esa plata es un problema de él como empresario. Pero la gente tiene que quedarse tranquila en saber cómo se manejó este proceso. Me hubiera gustado que la presidenta [Cristina Fernández] hubiese dicho esto mismo: que la justicia actúe, que se aclare”.

A raíz del caso Báez, los medios más críticos contra el Gobierno de Fernández volvieron a informar sobre cómo se habían enriquecido los llamados “pingüinos”, es decir, los colaboradores que ya trabajaban con Kirchner cuando era gobernador y a mucho de los cuales se llevó a Buenos Aires. Y salió a relucir el nombre de Rudy Ulloa, el hombre que comenzó cebándole el mate a Kirchner y haciéndole recados, después fue su chófer, más adelante compró varios medios de comunicación en Santa Cruz, un supermercado, y se construyó una bonita casa en Río Gallegos donde ha instalado seguridad privada las 24 horas.

Este periodista intentó comunicarse con Lázaro Báez, en cuya casa también hay un coche de vigilancia apostado las 24 horas; con su hijo Martín Báez, también acusado de lavado de dinero y propietario del edificio Club Boca de Río Gallegos, a cuya inauguración asistió Cristina Fernández en 2011; con el director del diario Prensa Libre y la emisora Magna, pertenecientes a Báez. Intentó hablar, igualmente, con Máximo Kirchner en la inmobiliaria donde supuestamente trabaja; contactó con dos amigos de Máximo Kirchner, dos diputados de la organización juvenil La Cámpora, Mauricio Gómez Bull y Matías Bezzi, que indicaron que tenían que sopesar si hablaban y después rechazaron ponerse al teléfono.

Finalmente, Rudy Ulloa, el antiguo ayudante personal de Kirchner, accedió a mencionar unas escuetas palabras: “Nunca he concedido una entrevista. Solo voy a decir que a mí no me perdonan el éxito. No me perdonan que empecé limpiando zapatos y repartiendo periódicos y ahora tengo unos 200 empleados y una linda casa. Con mi amigo del alma, que cada día lo extraño más, aprendí a ser buena persona. Y que es posible mejorar el mundo, que las cosas pueden hacerse. Ahora lo que siento es que todas estas acusaciones de lavado de dinero llegan cuando él no está acá para defenderse”.

Cristina Fernández no se ha referido nunca directamente al caso de Lázaro Báez. Tan sólo bromeó al respecto el pasado 2 de mayo, pero sin mencionar su nombre: “Si tomamos una unidad de medición igual para todos, vamos a encontrar muchísimos empresarios y empresas K [kirchneristas] en la Argentina, porque se han cansado de ganar plata los bancos y las empresas”.

Lázaro Báez, sin embargo, aclaró esta semana ante la justicia que es “un hombre de bien”. Su diario lo publicó el jueves en exclusiva.

 

 

 
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