La rata que ríe

 

Edilio Peña

Edilio Peña


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Una novela funda una ciudad desde la imaginación y la invención. Esa que despierta con el bullicio del día y se acuesta con el filoso cuchillo de las madrugadas. Sus puertas conducen a esos laberintos de emociones, sueños y sobresaltos de pesadilla. Desde sus ventanas, por las que a nadie se le ha ocurrido asomarse, puede contemplarse el vasto cielo estrellado de Vicent Van Gogh, pero también, con asombro y conmoción, mirar a una anciana de ochenta y un años, sumarse a la huelga de hambre de su hijo, ese general del valor y el honor, Antonio Rivero. En una novela, el lector llega a ser personaje, o aun, él mismo, con libertades que jamás imaginó; protagonista de esa ficción que lo cautiva y subyuga, pero con otros nombres, como máscaras de un carnaval que se quita y se pone, hasta olvidar el rostro propio.

rata que rieEl reto más grande está en el creador de la novela, ese arquitecto solitario de la representación imaginativa, quien la concibe como a una ciudad que habrá de conducir y gobernar, desde la vigilia insomne, para que ninguna fisura de composición derrumbe lo que podría ser su magnífica obra. Sin embargo, cada novelista construye su ciudad a su manera, y esa manera que le da identidad a su estilo, habrá de modificarla el tratamiento del tiempo. Porque la realidad cesa al construir una obra artística. Es decir, el tiempo real no es el tiempo de la ficción narrativa. Mas, cuando la realidad es desquiciada por eventos políticos, sociales o de guerra, el constructor de novelas se percata de que su imaginación es superada por los extremos tensos de la realidad. Le ocurre como al Rey de Troya, quien acosado por los ejércitos del rey Agamenón, creyó que las murallas de su Ciudad Estado, eran inexpugnables y no advirtió la estratagema de sus enemigos, que aprovechando el sueño de la noche, introdujeron a la mítica ciudad un caballo de madera.

la odiseaHomero funda la novela con la ciudad que se deja al partir, y la ciudad que se conquista al llegar. Itaca y Troya son estelares emblemas de sus narraciones. Diez años de ida y diez años de regreso transcurren en esa épica llamada Ilíada y Odisea. James Joyce, con su Ulises, destinará a sus personajes a realizar el viaje en un tiempo más breve, pero intenso; porque es un viaje hacia las profundidades del ser, veinticuatro horas de un día bastarán. Rodeará su ciudad predilecta, Dublín, con la fortaleza de las palabras. El lenguaje será la historia misma. Afuera de esa ciudad literaria, acecharán horrores de guerra, golpes de Estado y dictaduras. Pero, ¿un novelista está obligado a escribir sobre la época adversa que le ha tocado vivir o necesita distanciarse del tiempo para poder convertirla en más que palabras? Podría ser, y si lo hace, no será de manera explícita, como lo haría con la crónica, el testimonio y la biografía. Es el caso de Franz Kafka, quien edificó una obra que más allá de su dimensión fantástica, prefiguró con ella lo que habría de ser la condición humana en los laberintos del totalitarismo. Solo basta leer su novela El Proceso para advertirlo, o La Metamorfosis, donde Gregorio Samsa, su protagonista, despierta una mañana convertido en un  monstruoso insecto.

franz-kafkaSiguiendo el ejemplo de Kafka, o del mismo George Orwell -con su novela La granja de los animales-, un escritor norteamericano, Timoty Stone, acaba de publicar una novela titulada La rata que ríe (The rat that laughs). Nos permitimos adelantar su sinopsis: Desde su estrado de poder y dominio, la rata exige a los parlamentarios opositores del Gobierno, reconocer a Manganzón como único y legítimo dictador de la ciudad más violenta del mundo, para poderles dar vocería parlamentaria. Pero como los parlamentarios se niegan a la exigencia temeraria del roedor, la rata ordena a los cerdos boxeadores que controlan el recinto legislativo, golpearlos hasta rendirlos, y, arrodillados, juren el reconocimiento demandado ante una Constitución  que solo  es posible ver  a través del lente de una lupa. Mientras la rata contempla, desde su alto estrado, la inclemente golpiza que reciben los parlamentarios opositores, comienza a reír con tanto frenesí y goce, que repentinamente, burlada por el infortunio que también acecha a los roedores, se traga el micrófono por el que acostumbra a chillar cuando niega el derecho de palabra, y fulminada por la asfixia de su desmesura, la rata muere ante las cámaras de su propio canal de televisión, que trasmitía en cadena nacional la insólita sesión parlamentaria.

la iliadaLo que sorprende de la premisa argumental de esta novela norteamericana, es que tiene demasiadas y pasmosas coincidencias con la realidad parlamentaria que vive Venezuela. Realmente, ¿ese escritor existe, o es un tránsfuga de la CIA que ha robado también la realidad actual venezolana para convertirla en ficción?
  

 

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