MADURO Y LA RELIGIÓN

Roberto Giusti

Roberto Guisti

Roberto Giusti
rgiusti@eluniversal.com
@rgiustia 

 

Sincrético, marxista y fiel a Sai Baba, ha declarado al régimen “profundamente cristiano”

 

Las grandes revoluciones del siglo XX, siguiendo al pie de la letra el catecismo marxista, según las cuales la religión es el opio del pueblo, intentaron, desde el primer momento, liquidar totalmente el anhelo de trascendencia y la promesa de una vida eterna después de la muerte. Bajo la tesis según la cual la felicidad se conquista aquí y ahora, combatieron el consuelo anunciado de una reivindicación total y definitiva al dejar atrás este “valle de lágrimas”.

 

La religión, de acuerdo con aquella mirada hostil, se había constituido en el soporte de la explotación del hombre por el hombre y en cómplice de las más atroces formas de dominación impuestos por las clases dominantes a lo largo de la historia. Así, con la misma diligencia con la que se dedicaron a revertir el orden establecido, a destruir las jerarquías de las viejas sociedades y a crear un nuevo orden en el plano social y económico, algo semejante hicieron con las religiones.

 

El resultado fue el advenimiento de un Estado todopoderoso que pasó a ser el gran factótum, es decir, el solitario patrón de los medios de producción, la única opción ideológica, la exclusiva alternativa política y el gran redentor que catalizaba toda inquietud espiritual o cualquier duda existencial, acudiendo al dogma de un omnisciente Carlos Marx. Todo esto aderezado con el condimento imprescindible de la opresión total y el culto religioso al dictador de turno, valga decir, san Stalin en la URSS, san Mao en la China, o san Fidel en Cuba.

 

El tiempo ha demostrado cuán equivocados estaban al pretender sustituir el anhelo de trascendencia que alivia la consciencia sobre la muerte y en todos esos países donde el marxismo fracasó, las religiones reflotaron con vigorosa intensidad, pese a las persecuciones y luego de constatar lo fútil del intento. Pero cuando los rusos lo comprendieron ya era demasiado tarde y la vieja Iglesia ortodoxa volvía por sus fueros. En China crearon una Iglesia católica dependiente del Estado como contraparte de la romana. Y en Cuba, Fidel trató de congraciarse con la Teología de la Liberación, Frey Betto mediante.

 

El caso venezolano es diferente, pues desde el principio el fundador del régimen se proclamó cristiano comprometido, seguramente aconsejado por el escarmentado Castro. Y por eso ahora pretenden elevarlo a los altares de la santidad para conformar la nueva trinidad (Cristo, Bolívar y Chávez). Por eso, también, el sincrético Nicolás Maduro, militante marxista y al mismo tiempo seguidor ferviente del santón hindú, Sai Baba, ha declarado al régimen como “profundamente cristiano”. Mezcla explosiva e hilarante que habla de la vaciedad demagógica de un presunto líder que ya perdió la noción de su propia identidad religiosa.

 

 

 
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