Ni Trotski ni Stalin – Ni Nicolás ni Diosdado

Juan Miguel Matheus

Juan Miguel Matheus

Juan Miguel Matheus
@JuanMMatheus

 

El 21 de enero de 1924 moría Vladimir Ilich Ulianov, alias Lenin. Su desaparición física no solo inauguraría la creación del mito en torno a una seudo-deidad marxista, sino que daría paso a una de las más encarnizadas luchas de poder de la historia de la humanidad: la de Trotski vs. Stalin. Ya durante el proceso de deterioro de su salud Lenin reflexionó sobre quién, cómo y cuándo debía sucederle en cuanto jefe supremo de la revolución rusa. Por un lado estaba León Trotski, su compañero de mil batallas durante el arduo camino que encumbró a los bolcheviques en el poder. Y por otro Joseph Stalin, quien ya se había consagrado como Secretario General del Partido Comunista ruso. Ninguno de los dos gozaba de la confianza total de Lenin. Pero la muerte era inexorable y la revolución tenía que continuar… En la lógica leninista Trotski representaba el mal menor. Stalin, en cambio, la destrucción del marxismo soviético. Pero la voluntad final de Lenin no fue cumplida. La pugna entre Trotski y Stalin culminó con la huida del primero hacia México y el reinado férreo del segundo; huida acabada trágicamente en 1940 cuando Stalin hiciera incrustar un piolet en el cráneo Trotski a través del comunista español Ramón Mercader.

 

Casi ochenta y siete años después comenzaría otro episodio sucesoral dentro de la historia del marxismo. Esta vez en tierras caribeñas, en nuestra Venezuela. El 8 de diciembre de 2012 Hugo Chávez Frías anunció al país que abandonaba la política por razones de salud. Aunque resultaba difícil pensar que un hombre con la compleja psicología de poder de Chávez pudiera animarse a designar un sucesor, este se vio obligado a hacerlo. En la Venezuela del siglo XXI, al igual que en la Rusia soviética de Lenin, la muerte se entreveía como inexorable y la revolución también tenía que continuar. Por eso, ante el pasmo de la opinión pública nacional e internacional, Chávez ungió a Nicolás Maduro como heredero político en detrimento del otro aspirante a jefe de la revolución bolivariana: Diosdado Cabello. Sin embargo, aunque en la actualidad Maduro despacha ilegítimamente desde la silla de Miraflores como Presidente de Venezuela, nada indica que los deseos sucesorales de Chávez se han realizado definitivamente. Tal como lo hicieron Trotski y Stalin en su momento, hoy Nicolás y Diosdado protagonizan una brutal lucha de poder cuyas consecuencias son sufridas por un pueblo ansioso de retomar la senda de la justicia y de la libertad.

 

Aquí conviene decir lo siguiente: así como entre Lenín, Trotski y Stalin no había buenos y malos, sino solo malos, solo encarnaciones de la injusticia y de la dominación, así tampoco entre Chávez, Maduro y Cabello hay buenos y malos: los tres simbolizan la barbarie autocrática que, mediando la corrupción moral y el secuestro de las instituciones constitucionales, ha intentado sojuzgar a Venezuela desde 1998. La de Nicolás Maduro es una autocracia de mayor talante marxista, castro-comunista, sierva de Cuba; la de Diosdado Cabello es una autocracia militarista, sierva de la violencia de los tanques y de las Fuerzas Armadas. En el fondo lo que se pretende es que Venezuela sea sorteada –tenemos que evitarlo– entre La Habana y Fuerte Tiuna. En este sentido, el escandaloso audio de Mario Silva solo nos recuerda que el país democrático tiene que derrotar tanto a Maduro como a Cabello. Poco importa si alguno de ellos termina imponiéndose en la pugna interna, poco interesa cuál funja como Trotski y cuál como Stalin. El reto de la dirigencia política es, precisamente, asegurarle al pueblo de Venezuela –y lo vamos a lograr– que en este país no haya ni Trotski ni Stalin, ni Nicolás ni Diosdado.

 

 

 

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