El buen comisario o la banalidad del mal

Nelson Acosta

Nelson Acosta

La política es así
Nelson Acosta Espinoza
acostnelson@gmail.com 

 

El Comisario se despide cariñosamente de su esposa. Besa con ternura a sus hijos y emprende el camino hacia la oficina. En su despacho en el Ministerio para la Seguridad del Estado, procede a dar visto bueno a dos listas contentivas de los nombres de detenidos por amenazar a la seguridad de la república. El primero de estos inventarios se refiere a los prisioneros que deben ser desaparecidos; la segunda, los que serán sometidos a interrogatorios severos (torturas)) para obtener información sobre las organizaciones de resistencia al gobierno. El Comisario cumple con eficiencia y rapidez esta tarea. Al mediodía regresa a recoger a sus hijos al colegio católico donde estudian. Posteriormente se detiene, y compra unas flores para su esposa. Nuestro burócrata, sin duda alguna, es un buen hombre de familia.

 

Esta conducta, aparentemente contradictoria, fue conceptualizada por la politóloga judía Hannah Arendt como la “banalidad del mal”. En su obra Eichmann en Jerusalén, acuñó este término para referirse al hecho que determinados individuos son capaces de llevar a cabo acciones malvadas (como la del comisario de marras), no porque estén aprisionados dentro de una tendencia especial para la maldad, sino porque operan dentro de un sistema de normas establecidas, adaptándose a cumplirlas sin reflexionar sobre las consecuencias de sus actos.

 

Con esta categoría conceptual la politóloga Hannah Arendt se refería a un tipo especial de maldad. Distinta a la absoluta y demoníaca. Una perversidad diferente y mucho más amenazante. Aquella que nace de lo cotidiano y lo burocrático (Mario Silva dixit). Su peligro reside en que  hombres y mujeres comunes pueden ser atrapados en esta red de banalidad y ser parte y cómplices de esta lógica de la criminalidad y represión.

 

¿Bajo qué circunstancias se trivializa el mal? ¿Existen escenarios políticos proclives a borrar esta frontera entre el mal y el bien? ¿El autoritarismo es uno de esos escenarios? Ensayemos una breve repuesta. El mal se banaliza en aquellas situaciones donde se sepulta el disenso, se cede ante la autoridad y se entierra el espíritu autocrítico y, en consecuencia,  se acepta la sumisión como forma de vida.

 

En Venezuela esta trivialización se ha desplegado en dos niveles. Por un lado, el Estado ha venido desarrollando una política donde privilegia el conflicto y respalda la impunidad. Por el otro, la ruptura de los marcos normativos y, la consecuente  pérdida de valores, han alimentado una cultura del crimen donde la vida humana carece de valor.

 

“Se estrenó muy joven: <El hombre estaba de espalda, le tocamos la espalda, él se volteó y le dijimos que… ¿viste como te pescamos?; y le dimos dieciséis tiros>. Esta es una transcripción de una entrevista a un joven delincuente. Forma parte del libro “Y salimos a matar gente” cuyo autor es el padre Alejandro Moreno. Este investigador ha conducido una extensa indagación sobre el delincuente venezolano violento de origen popular. Moreno explora esta cultura donde el asesinato es un acto banal: “Delinquen porque quieren sobresalir, quieren adquirir lo que ellos llaman respeto. Y respeto es imposición, miedo”.

 

En fin, el país ha entrado en una etapa donde esta banalización es moneda corriente. En la actualidad se ejecuta, se asesina, se viola, se desaparece. A la par no se penaliza, no se condena, no se juzga. Restaurar y profundizar la democracia; dotar a la política de su dimensión intelectual; recomponer éticamente al país son tareas cruciales que se deben llevar a cabo si queremos evitar que lo abyecto sea transformado en algo rutinario y desapasionado. En corto, la banalidad del mal.

 

 

 
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