MISA DE DIFUNTOS

Américo Martín

Américo Martín

Américo Martín
amermart@yahoo.com 
@AmericoMartin 

 

No podemos seguir construyendo la Revolución ni mucho menos el Socialismo con un montón de burócratas que se está llenando la jeta profesando la edificación de una nueva Venezuela, mientras están haciendo negocios a costillas de las actividades del estado y de todos nosotros; esto ha generado que el desempeño de esas instituciones se vea afectado, ya que el interés no es “servir al pueblo”, sino “servir a mi bolsillo”
Juan Gómez Muñoz. Aporrea

(¿Por qué ganamos de vaina, o por qué de vaina perdimos…?)

 

 

I

 

Una de las buenas virtudes de los políticos formados, experimentados y reflexivos es la de reaccionar con calma y provecho frente a la derrota. Decíase del Libertador que su natural superioridad sobre los demás se manifestaba en eso precisamente: capacidad para analizar sin concesiones los fracasos de su movimiento con el objeto de extraer lecciones afortunadas de cara al futuro. De Lenin, otro brillante conductor  -en lo teórico y político muy sobrestimado- comentaban que derrotado era  más peligroso que vencedor.

Gente así persevera probablemente sin recaer en los errores que lo hicieron fracasar una o varias veces, y lo hace animado por la fuerza de una convicción iluminada por el fuego de la experiencia. Hablo en este caso de un problema de conducción sin detenerme en sus acertados o muy fallidos programas. Lo determinante en el resultado final es la manera como se dirige un movimiento junto con la base empírica que lo explique. No importa si fue para bien, para mal o para lograr cambios que nada cambien.

No criticaré para nada las reacciones destempladas, emocionales. Son más frecuentes que las otras y por eso los cambios históricos se hacen esperar; o dicho de otra manera: no son para impacientes, cuyos cadáveres yacen en el camino del infierno. Sin embargo, la política es pasión y por lo tanto su base emocional es muy intensa. No condeno, no puedo hacerlo, las reacciones de este tipo frente a las derrotas. No hay político de trayectoria que se haya librado de ellas.  Están en juego o pueden estarlo causas muy comprometedoras y por eso las reacciones suelen ser apasionadas, lo cual no necesariamente significa que sean acertadas.

Pero bueno, se trata de animales humanos. Los políticos no pueden aplicar las artes desplegadas en las mesas de billar o en los juegos de mesa, como creen quienes los miran desde la tribuna. Los animales humanos tienen sus propias reacciones, las bolas de billar y las piezas de ajedrez, no. Ni los mejores dirigentes son tan complejos para trabajar con las varias jugadas anticipadas de los grandes ajedrecistas, aunque la fábula tienda a suponerlo. Ser un gran aventurero lúdico o una fiera frente al tablero no es condición necesaria para dirigir un movimiento político, ni viceversa.

320 Maduro Cabello 

II

 

Estamos en las vecindades de un notable cambio político con proyección hacia el ámbito hemisférico. Un proceso de intensa democratización embridado al crecimiento económico ya experimentado por Latinoamérica, obraría seguramente como un fuerte acicate en el reparto histórico de responsabilidades mundiales. El promisor BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Suráfrica) parece perder impulso, pero latinoamericana se proyecta como Región de influencia determinante. Todos los países crecen, menos Venezuela, Cuba y Haití. Todos los países estructuran sus relaciones comerciales sobre bases provechosamente pragmáticas, salvo Venezuela y muy a su pesar Cuba. En todos los países el pluralismo garantiza la salud ideológica como premisa del desarrollo económico, mientras Venezuela y Cuba siguen congelados en un anacrónico e inhumano monolitismo del pensamiento.

Como fenómeno histórico, Chávez deberá ser analizado desapasionadamente cuando las circunstancias lo permitan. Ha creado un modelo frustrado aunque con mayor seducción regional de lo que podía esperarse, debido a la combinación de enorme poder financiero en una era de sostenido auge petrolero, y curiosa, anacrónica pero efectiva conducción de un caudillo de fuerte personalidad y mucho dinero del que está dispuesto a desprenderse.

El problema es el estado en que esa experiencia ha puesto a Venezuela. Chávez, con su fuerza interior, pudo flotar sobre sus disparates, lo cual es –digamos así- un mérito personal, pero no es esa una cualidad transmisible por acto entre vivos o mortis causa. Maduro no pudo evitar la marcha inexorable hacia el abismo y ni siquiera ralentizarla. Su indecisa personalidad más bien tiende a acelerarla en medio de un desborde crítico interno y luchas furiosas por el control del proceso.

 

III

 

En forma parecida al esfuerzo descomunal de Raúl Castro, dirigido a reformar el patético socialismo cubano con base en la iniciativa privada, se esperaría eso de Maduro si pudiera entenderlo y  hacerlo carne del movimiento. A estas alturas se habrá percatado del insondable pantano donde se encuentra hundido. Dudo, sí, de que tenga ánimo, lucidez y fuerza para impulsar reformas sin reventar costuras.

Hay una regla del despotismo. Si el empuje disidente no permite mantener el modelo represivo, las autocracias corren  la arruga, vale decir: se sientan sobre las bayonetas, aun a sabiendas de que la enfermedad se agravará.

A Maduro lo mantienen pegado a su inestable mandato por falta de opciones. La otra es Diosdado, regañón sin carisma, dictador a conciencia y sin fuerza para consolidarse.

Es una tormenta, pero con un refugio cada vez más unido y consistente. Capriles es la única opción alternativa y por eso los aterrados publicistas del régimen tratan infructuosamente de fabricarle una causa penal o identificarlo con los demonios del fascismo.

Es una treta condenada al fracaso por más floridos malabarismos que hagan sobre la cuerda floja.

 

 

 

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