DIÁLOGO, TRANSICIÓN Y COLOMBIA

Armando Durán

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Armando Durán
@aduran111

 

La necesidad de un diálogo entre el chavismo y la oposición responde a la urgencia de desenredar entuertos antes de que sea demasiado tarde y facilitar el tránsito de las dos Venezuela hacia una relación gradualmente más fluida, al menos hacia un modus vivendi aceptable para ambas partes.

 

También se trata de un objetivo mínimo para garantizarle su supervivencia a Venezuela como nación, aunque esta aspiración, lamentablemente, poco o nada tiene que ver con la realidad. Lo que la experiencia de estos años demuestra hasta la saciedad es que unos y otros entienden el diálogo a su exclusiva y excluyente manera de afrontar el desafío que les presenta desde hace años la marcha errática de nuestro proceso político. Desde la oposición, dialogar equivale a poder avanzar hacia un sistema político de democracia representativa y economía capitalista. La transición.

 

06 Latas comunicaciónDesde el campo chavista sólo es un mecanismo útil para meter sumisamente a los “otros” por el aro de los rigurosos límites que le fija al Estado la norma totalitaria de que nada es posible fuera de los apretados perímetros de la “revolución.” La radicalización política del proyecto “bolivariano”.

 

Por estos caminos Venezuela no llegará a ninguna parte. Lo ilustra ejemplarmente la reciente crisis generada por el encuentro de Juan Manuel Santos y Henrique Capriles en el Palacio de Nariño.

 

Bastó que se produjera, para que Nicolás Maduro lo denunciara el jueves pasado en la base aérea Libertador de Maracay, porque lo que hizo Santos, el simple hecho de recibir a Capriles, fue “meterle a Venezuela una puñalada por la espalda”.

 

Hugo Chávez había sabido superar su indignación con Santos, entonces ministro de la Defensa de Álvaro Uribe, por haber bombardeado en 2008 el campamento guerrillero de Raúl Reyes en territorio ecuatoriano. Muy pronto, sin embargo, las exigencias del momento le hicieron comprender que lo mejor era olvidar el incidente y dialogar con Santos, en gran medida elegido Presidente de Colombia por haber ordenado el polémico ataque. Ante los ojos asombrados de medio mundo, Santos dejó de ser un enemigo despreciable para convertirse repentinamente en el nuevo mejor amigo de Venezuela. En juego estaba, por supuesto, restablecer el flujo comercial de Venezuela con Colombia. A cambio, la intermediación de Chávez con las FARC para que aceptaran negociar la paz con el gobierno de Santos.

 

Conseguir lo que parecía inverosímil le llevó a Chávez muchos años y muchas frustraciones, pero a todas luces valió la pena. Hasta que ahora, perdida la dirigencia chavista en lo más intricado del bosque de la historia por la muerte de su líder y sin la brújula que le recomendaba usar Lenin a sus partidarios para encontrar la salida de cualquier laberinto, en lugar de aceptar lo que ocurría, un encuentro perfectamente normal en el marco de una sociedad democrática, reaccionó de inmediato, ferozmente.

 

HUGO CHAVEZ-JUAN MANUEL SANTOSEsta confusa interpretación del encuentro Santos-Capriles en Bogotá ha provocado por ahora dos efectos que, si no se atajan a tiempo, pueden acelerar vertiginosamente el hundimiento de Venezuela en la insondable oscuridad de la peor pesadilla. Más allá de las bravuconadas iniciales de Diosdado Cabello y Elías Jaua el miércoles, y de las acusaciones de Maduro sobre una supuesta contratación de sicarios en Colombia con la misión siniestra de venir a asesinar soldados venezolanos, este nuevo disparate oficial implica llevar de nuevo la guerra abierta a Colombia, si en efecto se suspenden los diálogos de paz que se celebran en La Habana, y condena al fuego eterno y sin remedio del infierno a todo aquel, venezolano o extranjero, que no coincida a pies juntillas con el pensamiento único del régimen.

 

Mucho me temo que esta actitud revela una vez más que, a pesar de todos los pesares, el chavismo insiste en su negativa a dialogar con el adversario. Sin tener en cuenta siquiera que el Gobierno, con menos recursos financieros que nunca para seguir importando prácticamente todo lo que consume Venezuela, incluso gasolina, ya no puede plantearse la vida con aquel todo o nada que sostenía Chávez en 2004. Sin entenderse con Colombia y mucho menos con la oposición, sin cuya colaboración será sencillamente imposible impedir que la inseguridad, la escasez y la inflación galopante, los tres jinetes de un incendiario apocalipsis criollo, termine por consumir completamente la esperanza de los venezolanos a vislumbrar una luz al final del túnel.

 

A no ser, horror de todos los horrores, que esto sea precisamente lo que buscan Maduro y su gente de mayor confianza.

 

 

 

 

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