EL RETORNO DE LOS BRUJOS

Américo Martín

Américo Martín

Américo Martín
amermart@yahoo.com
@AmericoMartin 

 

 

I

 

A algunos sexagenarios les parecerá fascinante presenciar en el seno del PSUV -¡de nuevo, Señor!- la reproducción de feroces batallas de la prehistoria. Son líneas argumentales que lejos de confluir hacia un punto del infinito, más bien se abren como las dos hojas de una tijera. Es cosa de verlas hervir otra vez en las entrañas de la izquierda fundamentalista de nuestros días, con una particularidad demasiado importante para tomarla en cuenta: esos grupos enfrentados con puñales en la boca, están en el poder y no tienen el menor deseo de abandonarlo, así el costo que pague el país sea inaceptable. Sus rayos y centellas sacuden por eso a toda la sociedad. Nadie ya en Venezuela y el mundo pone en duda la peligrosa crisis que nos agobia.

Digo sexagenarios, pero igualmente pude referirme a  septuagenarios y octogenarios, porque no pocos de ellos estuvieron envueltos en algún momento del pasado en encendidas luchas internas salpicadas de soeces descalificaciones cuyo parecido con las que plagan hoy la atmosfera de la era chavista, es sorprendente.

323 BrujoEsos duros intercambios arrancaron bajo el mandato del caudillo fallecido, pero debido a su amenazante manera de imponerse y silenciar, no habían tenido la posibilidad de entrar con fuerza en el debate abierto, como lo están haciendo bajo el débil, poroso y precariamente impactante gobierno de sus sucesores. La incapacidad de aprender y hasta de conocer la experiencia y fracasos de sus antecesores, le imprimen un patetismo extremo a sus exigencias polémicas.

No hay manera de que semejantes refriegas terminen bien. Nunca han llegado a destino distinto a la división incesante, los odios irremediables, la atomización y la ruptura. Sus argumentos, de inocente seriedad e ilusoria vocación de permanencia, desaparecerán en la nada desconectados como están de la realidad. La historia, que ellos desconocen, ha sido implacable

 

II

 

Interpretando a su manera una ingeniosa explicación de Claude Lanzmann sobre las continuas divisiones de la izquierda, la inteligente Simone de Beauvoir emitió un juicio de causas. Eso se debe –escribió- a que mientras la derecha se limita a administrar el mundo y por tanto en el mejor de los casos a reformarlo, la izquierda se propone destruirlo para crear refundarlo. Y, claro, en el entrecruzamiento de utopías, las diferencias serían profundas.

Muy bien, admirada señora, es un mensaje consolador, pero los años pasan, las divisiones se profundizan, los idiomas de los constructores de la Babel revolucionaria se siguen confundiendo y los islotes del archipiélago se odian siempre más.

El control casi absoluto del poder ayudará, tal vez, a prevenir cismas. Los recursos son abundantes y el miedo a perder privilegios si regresara la anomia que dejaron atrás, puede domesticar impaciencias, serenar espíritus y descubrir ángulos más permisivos en el choque de los dogmas enfrentados. Pero el agua de la olla sigue hirviendo y la presión continúa derribando obstáculos.

A la vista está la compleja crisis de identidad en el bloque gobernante. A la vista también la ausencia de piloto con la aeronave en pleno vuelo. Maduro y Diosdado no tienen la formación ni la presencia de ánimo para enfrentar y derrotar las librescas razones opuestas por los revolucionarios críticos. Sólo pueden negociar, correr arrugas de una tela que llegó a su fin. En ausencia del caudillo, el pavoroso vacío en la cumbre impide aplicar medidas salvadoras o cuando menos amortiguadoras. El gobierno sabe ya que va por un tortuoso camino hacia el abismo, vislumbra la conveniencia de abrir la economía como intenta en forma incierta Raúl Castro. Pero el presidente del Consejo de Estado cubano cuenta con un liderazgo mejor preparado, y por eso Maduro y Diosdado no tienen fuerza interna para contener el fuego sistemático de los doctrinarios del fundamentalismo, ni para consolidar una alianza entre ellos dos.

 

III

 

La situación parece extremadamente peligrosa. El deterioro abismante de la economía con su elenco de diabólicas consecuencias sociales tiene una dinámica expansiva, incontenible. El poder parece un carro sin frenos.

El caso es que no hay serenidad en la dirección oficialista. Es como si todos hubieran perdido la cabeza. En lugar de  seguir cuando menos el muy tímido e incierto camino reformista de Cuba, no se atreven a llevar muy lejos lo que la realidad les impone, y cuando hacen algo lógico, positivo, lo condicionan y desaprovechan multiplicando las amenazas contra la oposición e incluso contra aquellos sectores empresariales en los que quisieran apoyarse, así sea por el momento.

Por supuesto, mientras más retrocede la popularidad del gobierno, la de Maduro y la del PSUV, algunos descabezados recrudecen las acusaciones infantiles contra sus adversarios de la disidencia. Escuchar a José Vicente denunciando con fingida alarma la compra de 18 aviones de combate para atacar al gobierno de Maduro, nos habla de una cierta degradación demencial que era carne ya en el gobierno con su cárcel inoculado, los magnicidios a tres por locha, los golpes y saboteadores eléctricos. Hablan para hoy, no para mañana. No tienen ni pueden tener pruebas de nada, pero necesitan indisponer radicalmente a sus seguidores contra la oposición, no sea que terminen aceptando sus sensatas propuestas frente a esta crisis que le mueve el piso al gobierno pero también a todos los venezolanos, sin preguntarles cuál sea su forma de pensar.

Los 18 aviones de Rangel son una metáfora del estado de salud del régimen. Si dirigentes fundamentales son tan irracionalmente hiperbólicos sin que les tiren piedras y cuchufletas, puede uno imaginar cómo será el zarandeado porvenir de nuestro país.

 
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