La sombra de El Sha

Manuel Felipe Sierra

Manuel Felipe Sierra

Fábula Cotidiana
Manuel Felipe Sierra
manuelfsierra@yahoo.com  
@manuelfsierra 

 

El Sha Mohammed Reza Pahlevi, ha muerto. “Va camino de Dios”, se leía en los carteles que acompañaron el cortejo fúnebre hasta la mezquita de Rifaie, en Egipto. Eran los últimos días de julio de 1980 y un grupo de periodistas en las calles de Teherán nos preguntábamos ¿qué repercusiones habrá de tener su muerte en el plano interno de Irán? Dos meses después Irak invadió a su vecino en una guerra que culminó 8 años después sin un claro vencedor.

 

El movimiento encabezado por el ayatolá Jomeini, que un año antes había depuesto a Reza Pahlevi, fue el producto de una larga e inteligente suma de voluntades. Desde quienes lo adversaban por sus devaneos occidentalistas (perfectamente explicables en un personaje con mentalidad de galán cinematográfico) hasta quienes adoptaron el Islam como un escudo de combate ante el fracaso de la ortodoxia marxista en el medio iraní. La lucha contra el Sha germinó y se consolidó alrededor del planteamiento religioso de la mayoría shiíta. Por primera vez, en un siglo convulsionado por los cambios y las eclosiones, el ascenso al poder pasaba por una referencia nítidamente religiosa, más que política. ¿Existía otra forma válida de acabar con el largo mandato de la dinastía Pahlevi, que no fuera la de adherirse a las propuestas de un sector de creyentes del Islam?

 

El Sha de Irán

El Sha de Irán

Las nacionalidades que conforman el vasto rompecabezas étnico iraní (arabistanes, curdos, turcomanos, beluchistanes y armenios) pusieron de lado sus enfrentamientos para colaborar en una operación dirigida a derrocar al monarca. Un poderoso movimiento nacional, guiado por un anciano de mirada enigmática, cuyas manos parecían soldadas de por vida a las páginas del Corán, hizo posible que las plegarias de millones de personas derrotaran, sin un solo disparo, a uno de los más sofisticados ejércitos del mundo.

 

En una ostensible  contradicción dialéctica, la revolución iraní emergió contra los resultados del proyecto de occidentalización de  Pahlevi. El planteamiento, según el cual era posible yuxtaponer una civilización moderna a una más atrasada por la vía de la importación de hábitos y patrones sociales, no era factible en una tierra asiento de una cultura con inconmovibles raíces religiosas.

 

La occidentalización de Irán operó como un señuelo para grupos dirigentes y las capas medias tecnocráticas. Sin embargo, sólo una minoría tuvo la oportunidad de apropiarse de las innovaciones de los modistos franceses y los tecnócratas norteamericanos. En la base de la pirámide social, una porción determinante de nativos seguían aferrados a una visión distinta de la vida y del mundo. Esa mayoría –los hombres de mirada distraída y las mujeres cubiertas de túnicas negras que observábamos en los pueblos de Irán- encontraron el camino de acceder al poder mediante el uso de sus propias creencias. ¿Era posible esperar un rumbo distinto al actual, en un proceso guiado por intérpretes islámicos y no por ideólogos de la lucha de clase?

 

Las primeras medidas de la revolución iraní contravinieron las normativas revolucionarias sacralizadas en Occidente. “Es un salto atrás”, debió ser la expresión de quien percibe las revoluciones como una inevitable ruptura con el pasado, sin reparar en cuanto de nuevo tiene siempre el futuro. La conocida lucha por el uso del “chador” (el velo que cubre el rostro de las mujeres) no fue sólo un gesto antifeminista. Luego, la lucha fue contra el uso de la corbata, un símbolo de la elegancia occidental, y por el rechazo a ciertos adelantos tecnológicos.

 

Ayatolá Jomeini

Ayatolá Jomeini

La muerte de Reza Pahlevi parecía fortalecer la posición del ayatolá Jomeini, al eliminar la referencia opositora más significativa. No obstante, el cuadro interno en aquél momento no era propicio para el optimismo. La propia naturaleza de esta revolución había creado en la práctica una compleja diversidad de factores. Los comités revolucionarios conformaban un código popular propio; las migraciones del interior a la capital construían un cordón de carpas alrededor de Teherán con sus consiguientes problemas de servicios; se registraban síntomas de desabastecimiento (pese a que el gobierno tomaba previsiones y a la circunstancia de éste disponer de suficientes divisas). En el país entonces se vivía un clima de creciente paralización y la construcción y los servicios estaban virtualmente interrumpidos.

 

Las fricciones con Irak que desembocaron en la guerra, se habían convertido en un mal recurrente y las minorías étnicas empezaban a plantear fórmulas de autonomía o de independencia. Irán vivía un proceso revolucionario inédito. El ayatolá Jomeini falleció en 1989, pero el proceso iraní siguió con altos y bajos en la misma dirección. Le sucedió el ayatolá Jamenei, quien durante los últimos años ha mantenido el ritmo de un curioso proceso revolucionario. Una sucesión de presidentes, moderados o radicales, no han alterado la esencia de lo que fue la insurgencia de Jomeini en 1979. Hoy, Irán está en el centro de la disputa mundial por su avanzado proyecto de desarrollo nuclear y el polémico mandato de su presidente Mahmud Ahmadineyad, quien logró establecer una estrecha alianza con Hugo Chávez y su régimen, insertando a Venezuela en el juego geopolítico. En días, los iraníes concurrirán a elecciones con ocho candidatos, que más allá de matices y propuestas, no parecen alterar lo que sigue siendo el inconmovible mandato de Jamenei y sus planes de expansión no sólo en el Medio Oriente. Más allá de los resultados de estas elecciones, queda claro que la revolución iraní sigue buscando un rumbo en una lectura dogmática del Corán y bajo la sombra mítica, como lo comprobamos hace 33 años, de Reza Pahlevi. Para muchos el Sha no ha muerto.

 

manuelfelipesierra.blogspot.com

 

 

 
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