Patear la herencia

Rodolfo Izaguirre

Rodolfo Izaguirre
izaguirreblanco@gmail.com 

 

Jesús María era el mayor de los hermanos de mi papá y debió haber nacido en el año de la pera o en aquel otro en el que la rana echó pelos porque mientras yo agonizaba en el estupor de mi adolescencia ya él se veía muy anciano. La última vez que lo vi fue una noche en el malecón de Macuto contemplando ambos el cielo estrellado y haciendo él comentarios banales. Recuerdo haberle hablado del terror que sentía Blas Pascal frente al mismo cielo de estrellas y el viejo se me quedó mirando, alelado.

 

tesoroNació pobre, y muy joven se empleó en una carbonería en la Cañada de Luzón; con el tiempo se hizo socio del negocio y finalmente, dueño. Se casó y sólo tuvo un hijo. Amplió la carbonería pero una piedra muy grande empotrada en la pared obstaculizaba el paso de los cargadores y decidió removerla. Pasó días martillando los bordes en horas no laborables para no interrumpir el trabajo y logró finalmente que la piedra cediera. Quedó estupefacto al descubrir que dentro de la pared, resguardadas por la piedra, estaban cuatro botijas llenas de morocotas. ¡Guardó el secreto! No declaró lo encontrado; no dijo una palabra ni siquiera a su mujer. Ocultó el tesoro en el patio de su casa, vendió la carbonería; se fue a vivir a otra parte y se volvió un hombre rico. Lo del tesoro llegó a saberse y cuchichearse y fue codiciado comentario en la familia. Pero se volvió tacaño (¡o ya lo era!) mientras su mujer se encumbraba transformándose en una dama de alcurnia, helada y despreciativa, que abandonó el percal para vestirse de seda, lino y organdí.

 

Muy niño visité su casa sólo una vez. ¡Una mansión con piscina y muebles caros! El hijo creció mimado por la fortuna y el padre jamás lo hizo partícipe de sus negocios ni le enseñó a trabajar. Jesús María murió dos o tres meses después de asombrarse ante el misterio de la noche estrellada de Macuto y ocurrió lo que siempre se ha dicho de los “entierros”, de los tesoros ocultos: ¡sólo los disfruta el que los encuentra! El hijo ocioso, inexperto, pateó la herencia. La fortuna se desvaneció en menos de dos años y la desdeñosa viuda llegó a ser vista en el cementerio cuidando las tumbas de sus familiares vestida pobremente y calzada con chancletas de goma que entonces comenzaban a sustituir a las alpargatas. Del muchacho no se supo más; se disolvió en el olvido.

 

José Ignacio Cabrujas en su pieza teatral Profundo convierte la búsqueda de un tesoro enterrado en la amarga metáfora no sólo del país petrolero, sino de la herencia que de él recibimos los venezolanos. Hoy, el país político en el llamado socialismo del siglo XXI padece una de las experiencias más lamentables y corruptas de su historia pero también la ilegitimidad de un régimen militar heredero de un oscuro autócrata que dispuso a su antojo el tesoro petrolero y lo repartió abusivamente entre sus ávidos amigos; pero, al nomás morir, sus delfines han comenzado a patear la herencia política creyendo que con amenazas y más violencia pueden ocultar la torpeza de sus desatinos amparados también en la brutalidad mercenaria de los poderes judiciales 

 
Rodolfo IzaguirreRodolfo Izaguirre
Top