UNA CRÓNICA DE LA ESCASEZ

Willy MIckey

Willy Mckey

El bullicio del mercado que tenía en la memoria ha desaparecido.

 

Dar con la causa de este silencio nuevo me obsesiona. Es el Mercado de Catia y tengo meses sin venir. No es un sábado de quincena, es cierto, pero el silencio es evidente y nuevo. Sin embargo, por lo que me dice Josefina —mi guía en este recorrido por la escasez—, la fecha ya no es determinante. “El dinero alcanza tan poco que da igual si es semana de cobro o no. Cada semana sales, con la plata que te queda, a comprar lo que se te acabó o lo que no conseguiste”.

 

—     ¿Usted entonces no hace mercado quincenal?

 

—     Ya no. El mercado quincenal se acabó cuando se acabó lo de contar con la quincena. Si cada semana los precios suben y no consigues la mitad de las cosas que quieres comprar, da igual que tengas plata o no.

 

En el reverso de un letrero que está en un local de víveres leo: “No quiero mercancía arriba que falte abajo”. Es una orden escrita para los empleados de una de las ventas de víveres de las muchas que hay en el mercado, pero parece un conjuro. Un empleado me explica que la frase significa que “No deben acabarse los productos que están aquí abajo en el local si todavía quedan en el depósito”, pero la lectura que me da Josefina tiene el piquete caribe: “una parte de los productos que escasean se reserva para los clientes fijos y se esconden en la parte de abajo del mostrador. Y, bueno, no puede estar exhibida para que la vea todo el que pase”. La fidelidad del cliente se convierte en un salvoconducto en medio de esta supuesta guerra económica.

 

“No quiero mercancía arriba que falte abajo”. Casi un así en la tierra como en el cielo. Cada quien lee la escasez desde su lado del mostrador.

 

Una cuadra más abajo, en el bulevar que se prolonga y pasa frente al mercado, hay un camión vendiendo pollo. Forma parte de una de las ya varias misiones que el gobierno central dedica al asunto de los alimentos, con patrocinio —y gerencia— de la petrolera estatal. En ninguna parte se dice que sólo se vende un pollo por persona, pero es así: sólo se vende un pollo por persona. El control parece estricto: en una matriz fotocopiada en tamaño carta, salpicada con ese tono rosado que deja la sangre descongelada, se anotan los nombres de quienes compran la carne blanca importada con precio regulado:

 

—     ¿Y usted allí qué anota?

 

—     Los nombres completos y los números de cédula de quienes compran. Como se vende con el precio regulado, esta lista es para que nadie compre más de un pollo. Luego de que compran, se les anota acá. Y así se evita que la gente compre de más y abuse.

 

—     ¿Pero con esos datos cómo saben si alguien ya compró?

 

—     …

 

—     Es decir: tienen una lista de quienes han comprado pollo acá, ¿no? Cada vez que viene alguien y pide un pollo, ¿usted busca en la lista a ver si esa persona ya compró?

 

—     Bueno, la cola se tarda casi dos horas. No creo que nadie quiera volver a hacerla, ¿no?

 

Me pregunta como quien descubre, de pronto, que el sistema que le explicaron y que ella ha aplicado con determinación durante horas no funciona. Nunca funcionó.

 

323 Escasez 2

 

Oriana hace colas. Es su negocio. Averigua dónde hay papel higiénico, aceite de maíz, azúcar, café, harina… y hace la cola cuantas veces se lo permitan el presupuesto y la memoria de las cajeras. Estratégicamente lleva una porción extra y se coloca detrás de algún comprador que no esté utilizando “su cupo” y lo convence de “pasar como suyo” eso que no incluyó en su lista y así ella duplica su compra en un solo turno. Oriana visita a su familia en los andes cada quince días. Agarra carretera y lleva los víveres que ha podido almacenar en medio de sus labores cotidianas. Allá, con la venta, su inversión se duplica. Sólo revende alimentos no perecederos. Ya hay quienes la esperan, sobre todo por una razón:

 

—     Hay revendedores que se pasan y venden las cosas hasta cuatro y cinco veces lo que cuestan. Yo las vendo a un precio sensato, que además me permite salir de la mercancía más rápido.

 

—     ¿Y llegas allá a vender como se pueda o te hacen encargos?

 

—     Quienes me conocen ya saben qué es lo que llevo y, sí, algunos me apartan. Eso es bueno porque ya uno lleva parte de la mercancía colocada.

 

—     ¿Alguien te ayuda, aquí o allá, desde que haces esto?

 

—     Yo soy sola con mi muchacha. Pero soy muy activa y resuelvo estas cosas rápido y bien.

 

—     ¿Qué te hace vender allá y no aquí en Caracas de una vez?

 

—     Es que aquí todavía se consigue, pero allá es de terror. Mi familia vive allá y en verdad no se consigue nada. La cola para comprar un pollo puede tardar hasta tres horas. Es como si les conviniera mantener Caracas abastecida, antes que el resto del país…

 

323 abuela compraDonde Josefina compra los víveres hay más de treinta productos exhibidos, pero sólo ocho ofrecen la posibilidad de elegir entre un par de marcas (y de precios). También hay un ritmo que permite distinguir a los clientes fijos de los ocasionales. La diferencia está en la paciencia, en la capacidad para esperar. Los habituales se instalan en el mostrador y esperan, sin apurar, que el marchante los ayude con la compra, mientras que aquellos que no lo son pasan de manera rasante a preguntar si en el inventario tienen-tal-cosa.

 

Josefina va escribiendo en un papelito mientras le solicita al vendedor qué es lo que comprará. Otras dos señoras hacen lo mismo. Entre una cosa y otra, cada chiste que les sirve para hablar del asunto de la escasez tiene el objetivo de su mofa en alguna oficina del gobierno.

 

Todos en el mercado se ríen del Poder como si drenaran una rabia legítima, pero al mismo tiempo resignada. Es curioso: los asuntos del hambre suelen ser tristes.

 

Llevamos media hora acá y al menos quince personas pasaron preguntando si en el local tenían un mismo producto. Me pregunto cuándo dejamos de conjugar el imperativo dame para optar por el interrogativo tienen en una transacción tan sencilla como comprar un kilo de harina. Durante esa duda, Josefina terminó de hacer su compra. O al menos eso parecía.

 

Antes de que le toque a la siguiente, Josefina le entrega el papelito a su marchante.

 

—     ¿Cuánto gastaste en este local?

 

—     Todavía no sé.

 

—     Ya va, ¿cómo que todavía no sabe?

 

—     Me dice ahora, cuando vuelva a buscar las bolsas.

 

—     ¿Y qué era ese papelito que le dio al marchante al final, Josefina?

 

Quien le vende los víveres ha tenido que convertirse —también— en una suerte de gestor de productos escasos. Luego de dejar listo el encargo de los productos que están arriba y están abajo, le escriben una lista con las otras cosas que necesitan para completar el mercado. Él no las tiene ahí, pero conseguirá las que pueda cobrando su respectiva ganancia.

 

—     No puedo decir cuánto gasté, porque eso va a depender de que me consigan o no lo otro. Y, claro, de lo que cuesten si me las consigue.

 

—     ¿Y si no le alcanza la plata?

 

—     Saco algunas de las cosas que sé que sí hay y que se consiguen. Ésas puedo venir a comprarlas en cualquier momento, pero lo que le puse en el papelito…

 

Lo que le puso en el papelito no es el caviar de Irán que me sorprendió ver disponible en una de las pescaderías, ni jamón ibérico ni salmón noruego (que también hay). Son productos que forman parte de cualquier lista de mercado de una familia occidental del planeta. Sin embargo, al leer que entre los favores de Josefina estaba un kilo de harina de trigo para una torta, el marchante exclama como si le pidieran un imposible:

 

—     ¡Tú me pones a parir unas vainas, Fina!

 

323 bolivares billetesAlrededor del camión de pollos hay un nutrido tramado de buhoneros que tienen lo que adentro del mercado todos buscan. Jonathan y Gladys son esposos y parte del entramado. Un paquete de harina de maíz a veinte bolívares puede parecer un exceso, pero a ellos le resulta el precio justo por haber hecho una cola por ti. Saben que existe un control de precios y que veinte bolívares es el triple del costo pactado en las gacetas oficiales para los expendios donde consiguen el producto. En una estructura de costos eficaz, despachan su reventa en las mismas bolsas del supermercado donde hicieron la cola.

 

—     ¿Ustedes saben que el precio de la harina está controlado, no?

 

—     [Se ríen. No: se doblan de risa]

 

—     ¿No han tenido ningún problema con esto?

 

—     Si la gente quisiera comprarla al precio, no nos la compraría a nosotros. Pero para eso tendrían que conseguirla, luego peleársela y después hacer la cola para pagarla. Y eso incluye a los policías. Siempre nos matraquean unos kilos, pero después los pagan al mismo precio que los demás.

 

—     Entonces ustedes se benefician de la escasez…

 

—     ¿Cuál escasez? Ve a un supermercado en Santa Fe, porque esta harina es de allá. Mira, lo que pasa es que como en las zonas populares hay más gente y las zonas con plata hay menos, la comida se acaba primero aquí que allá.

 

—     ¿Y por qué creen que mandan harina para allá y no para acá?

 

—     Porque quieren joder al gobierno…

 

—     ¿Y el Sistema Integral de Control Alimentario no es del gobierno, pues?

 

—     …

 

—     ¿Saben cómo funciona la distribución de la harina?

 

Me había llevado anotada la misión y visión del SADA y les cuento de lo que se encarga el SICA. La conclusión lógica de Gladys deja ver que nuestra realidad es más coherente de lo que parece:

 

—     Ah, entonces hacen con la harina como con la luz, ¿no?

 

323 PapasEn las cartulinas fluorescentes del mercado, las negaciones conviven con los precios. Entre el del queso blanco y el de la mozarela hay un cartelito que dice “No hay mantequilla”, similar al de cada uno de los puestos de lácteos. La negativa parece un acuerdo, pero Josefina recibe un mensaje de texto de otro de sus marchantes en su celular:

 

—     Vamos a salir de la mantequilla temprano…

 

—     No hay. Ninguno de los puestos tiene.

 

Sonríe. Delante de mis ojos, exhibe toda su experiencia. Camina con la seguridad del destino precisado. Llegamos a la nevera y de allí dentro sale un paquete marrón que Josefina desembala con astucia. El papel dorado de la barra hace que parezca un lingote. “Es importada y danesa”, le dice al mismo tiempo que le pasan el ticket con el costo de una compra que cuadruplica esa joya del realismo mágico en que se ha convertido el control de precios.

 

—     Importada y danesa, pero a mí la que me gusta la hacen en Maracay.

 

—     La hacían, porque desde hace rato no llega.

 

Me pregunto qué es lo que Josefina deja para el final de la compra. “Mis flores y los velones. Las flores son un lujo, pero a mí me gusta tener flores en mi casa. Al menos compro la rosa de Santa Bárbara y la flor para mi mamá. Los velones sí son algo que no puede faltar, así que lo que intento es conseguir de los buenos”.

 

—     ¿Y qué hace que un velón sea bueno?

 

—     Que dure más…

 

La única pausa en este desplazamiento estratégico es para tomar una tizana, luego de comprar la poca fruta que planeó para hoy. Una manzana roja —también para Santa Bárbara—, media lechosa, un melón y dos kilos de parchita. Fue hacia las ciruelas grandes, pero hubo una pausa. Marcan 2 x 50:

 

—     ¡Epa! ¿Y  la ciruela por qué subió así?

 

—     Tres palabras, Fina: importada, contrabando y Colombia.

 

—     Coño… bueno, no habrá ciruelas. Y las tizanas dámelas pequeñas.

 

323 Camion Pollo 2En una de las carnicerías, en la pizarra de los precios, están las fotografías del difunto Hugo Chávez en uniforme militar y la de Henrique Capriles Radonski con la gorra tricolor. Ambos están ahí, politizando unos precios que no son los que se facturan en la balanza. El país político retratado y tan ficcional como los números que tasan la chinchurria, la riñonada, la lengua de res, el pollo entero, el muslo y la pechuga que le sirven de marco a los retratos. Números imposibles. Tan imposibles como las peticiones de que el tema no se politice, que no se ligue una cosa con la otra, que la comida no tiene tolda. Pero ahí están, entre las carnes menores y el despiece animal, dos posibilidades que ahora son mucho menos inmediatas que la angustia de que el dinero no alcance. Y cuando las tripas se agitan, la paciencia y la esperanza escasean.

 

La última parada en el recorrido de Josefina son las verduras. Osvaldo e Isabel son hermanos y atienden el puesto que años atrás atendían sus viejos. La saludan afectuosos, pero de inmediato surge un reclamo por unas papas que compró la semana pasada y le salieron duras. Le pregunto:

 

—     ¿Qué pudo haber pasado con esa papa, Osvaldo?

 

—     Algo que uno no sabe, pero que los años que lleva en esto le permiten sospechar. Es el despelote de las importaciones y la baja producción. Eso y que hay como mil organismos que dicen que se encargan del campo. Pero aquí lo que es de todos termina siendo de nadie…

 

Todos los comerciantes con los que conversamos están bien informados sobre la actualidad. Osvaldo me explica cómo es su visión de la falta de planificación. Me cuenta sobre unas semillas importadas de Canadá y la torpeza que hizo que unos productores andinos de Mucuchíes, Bailadores y Jajó que él conoce perdieran una cosecha entera:

 

—     Antes de empezar la cosecha, llegó a Puerto Cabello un cargamento con papa ecuatoriana subsidiada por el gobierno. El mismo gobierno que supuestamente los estaba ayudando a ellos a sacar sus papas. ¡Si ni siquiera entre ellos mismos pueden ponerse de acuerdo sobre cuál es la papa que vamos a consumir, qué carajo van a saber de cuánto debe costar un kilo de cualquier verdura!

 

—     ¿Y hubo escasez de papa?

 

—     Peor que eso: había papa, pero lo que escaseaba era la papa buena. Uno termina forzado a vender un producto malo porque no hay una oferta para escoger. Ese mes vendí unas papas que las clientas me decían que las ponías en la olla de presión y lo que se ablandaba era la olla…

 

—     ¿Y a los costos de algo como la papa lo afectan las divisas?

 

—     Este saco de papitas colombianas, las chiquiticas, me costaba seiscientos cincuenta bolívares hace dos meses y anteayer me costó mil bolívares.

 

—     ¿Qué crees que esté pasando aquí, Osvaldo?

 

—     Que se han metido con el petróleo, con los negocios, con los dólares… pero ya le están metiendo a la gente la mano en el plato. Y esto sí que no va a terminar bien.

 

escaSigo obsesionado por el silencio. No es que eche de menos el bullicio, pero sí me extraña que el volumen del Mercado de Catia se parezca demasiado a un recuerdo. Hemos hecho todo el recorrido y le hemos dado tiempo suficiente al marchante de los víveres para hacer el milagro. Llegamos y pudo con todo, menos con el papel higiénico.

 

—     Vas a tener que esperar el importado, Fina.

 

—     Será. ¿Cuánto te debo?

 

Y ahí lo entendí todo: no fue un monto lo que el marchante le dijo a Josefina, sino un susurro. Era como si un número se transformara en una agresión que no se quiso cometer, en un insulto sin culpa, en una vergüenza. No lo había notado, pero la voz baja del comerciante acercándose al oído de su cliente era parte de la necesidad de acompañarse en el espanto inflacionario. Allí se esconde, sin duda, la causa de la apatía sonora, de esta renuncia a la algarabía de otro tiempo. En un lugar donde el trámite más simple consiste en darle a otro el precio de algo, se ha convertido la voz en un arma que evidencia el delirio de la economía cotidiana.

 

—     ¿Es mucho más que la semana pasada?

 

—     No mucho, pero sí más. Y más que la anterior. Y así.

 

—     ¿Qué es lo que más te cuesta de todo esto, Josefina?

 

—     Lo que más me cuesta… ¿pero te refieres a lo que me cuesta más trabajo o a lo que me cuesta más dinero?

 

—     Ambas. ¿Qué es lo que más te cuesta?

 

—     No saber cuánto me costará hacer esto mismo la semana que viene… ni si voy a conseguir lo que necesito.

 

Willy McKey  es poeta y co-editor de la Revista de Poesía – El Salmón.

 

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