Cicerón y la patria

Juan Miguel Matheus

Juan Miguel Matheus

Juan Miguel Matheus
@JuanMMatheus

 

En su obra La República, Cicerón expresa una idea que conviene recordar en la Venezuela de hoy: ¨Así como son más los beneficios recibidos de la patria, y es esta más antigua que un progenitor particular, así también se debe más gratitud a ella que a un padre¨. Tales palabras, escritas por quien acaso ha encarnado mejor el ideal republicano en todos los tiempos, expresan con claridad una de las grandes verdades de la existencia política del hombre. Me refiero a la primacía de la piedad patriótica.

 

Ya en la antigüedad clásica se concibió la piedad como una forma especialísima de retribución de bienes excelsos, que es mucho más noble que la virtud de la justicia. A través de la justicia se devuelve lo que humanamente es posible devolver: (i) una contraprestación contractual, (ii) la prisión ocasionada por la perpetración de un delito o (iii) la obediencia debida a un gobernante legítimo. Con la piedad, en cambio, intentamos honrar sujetos eminentes a quienes, por la misma naturaleza de las cosas, nunca podremos retribuirles enteramente los bienes que de ellos hemos recibido: (i) Dios, (ii) la patria y (iii) los padres. En el pensamiento ciceroniano la patria es, entonces, la fuente de bondad que, después de Dios, y sobre realidades privadas, suscita mayores beneficios en la vida humana, tanto individual como colectiva.

 

Marco Tulio Ciceron

Cicerón

En este sentido, resulta oportuno reflexionar sobre la piedad patriótica porque en los tiempos que corren, en los que parece que el mal prevalece sobre el bien y que la barbarie derrota a la civilidad, podría ponerse en duda –y de hecho se pone en duda en los corazones de de los venezolanos, especialmente de nuestros queridísimos jóvenes– que la patria es, según nos enseñó Juan Pablo II, ¨un bien común de todos los ciudadanos y, como tal, también un gran deber¨. Y es, precisamente, frente a esta vacilación que sale al paso la piedad patriótica para recordarnos con los clásicos, con Platón y Aristóteles, que el mal, en cuanto género de vida, hace cobrar mayor sentido a otro género de vida que es mucho más real, mucho más radical: el bien.

 

En el horizonte vital que se nos presenta a los venezolanos aparece, pues, la primacía de la piedad patriótica como una maravillosa aventura: la aventura de la generosidad. Lo que nos pide la patria es vincular nuestro bien al de ella. ¿Y cuál es la medida de dicho vínculo? La entrega, el darle a la patria lo mejor de nuestras vidas, que no es, no puede ser, un sentimiento superficial ni romántico.

 

Sin embargo, no es posible acometer la tarea de donar lo mejor al bien de la patria, de donarnos nosotros mismos con el objeto de dar primacía a la piedad patriótica, si no cultivamos una esperanza responsable. ¿Y qué significa vivir una esperanza responsable? Significa entender –como lo hizo Cicerón– que es Dios quien gobierna al mundo, pero que a nosotros los hombres, a los venezolanos, nos corresponde esforzarnos en la medida necesaria para que Venezuela no sea un valle de lágrimas. De ambas cosas, de la confianza en la Providencia y del sacrificio tanto personal como de pueblo, derivan la alegría y el optimismo que deben presidir la acción histórica, y también la acción política. Alegría y optimismo que son, vale la pena insistir, lo que hoy quiere de nosotros Venezuela.

 

 

 
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