El valor

Edilio Peña

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El valor es una pulsión tan ciega como el miedo. Mas no es posible asegurar que siempre se tendrá valor. No sin razón, Jorge Luis Borges dijo que pueden heredarse muchas cosas, pero no el valor. Sin embargo, el propio despertar de la conciencia nos revela que no solo es necesario tener valor para morir, igualmente hay que tenerlo para vivir, aun contando con la gracia de una existencia prolongada. Aunque no seamos dueños del destino y sus formas, que nos sorprenden como caprichos de un Dios.

 

325 casco-esparta-DP6164PLa demanda del valor es tan grande para algunos, que estos últimos prefieren refugiarse en la cobardía para no asumirlo. Entonces, viven mirando hacia los lados o hacia abajo. La tolerancia es convertida en resignación, y la espera, en una condena impotente. La misma idea de libertad puede causar miedo. El miedo a veces llega a ser más poderoso que el propio valor. La esperanza está en que el miedo es un umbral que se puede cruzar; pero para cruzarlo, paradójicamente, hay que tener valor. Mucho valor y no dejarle todo a la voluntad. Porque es probable que el valor anide en el alma y no en la mente.

 

La gente valerosa, por lo general, es profundamente espiritual. Por eso, algunos hombres se hacen matar cuando ven en peligro su dignidad. Por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, dice el hombre de la triste figura a Sancho Panza, en uno de los momentos más inspirativos de esa magna novela de Miguel de Cervantes. Un escritor que tuvo que tener valor para escribirla en una época de oscurantismo e inquisición.

 

Los espartanos diseñaron un yugo o disciplina muy singular para sembrar el valor entre los miembros de sus escuelas militares. A muy temprana edad arrancaban a los niños varones del seno de su madre y los sometían a un rígido y brutal entrenamiento. Sus tutores no tenían compasión con ellos. Sometidos a exigencias físicas extremas, los futuros espartanos comenzaban a cruzar umbrales de conciencia hasta encontrar, en el fondo del padecimiento y la fatiga, una resistencia y un valor sorprendente y admirable.

 

La formación militar de los espartanos tenía un secreto o una modalidad instrumental de propiciar el valor, que consistía en tratar de sustraerle el miedo natural a la muerte con que nacía cada futuro soldado, e introducirle a través del dolor y la desenfrenada matanza, un profundo amor por ella. De esa manera, creían estar convencidos de que construían a un soldado temible e imbatible, al hacer de la muerte su amante predilecta. Porque la muerte es la única capaz de agotar los besos de la boca.

 

En el frenesí del combate, y seguros de la hora final de sus vidas, los soldados espartanos entraban en tal éxtasis que hasta llegaban a creer que los propios ríos desatados de la sangre, los celebraban a borbotones. Los persas fueron testigos y víctimas de la condición excepcional de estos guerreros de la antigua Esparta. Esa introyección tanática, después sería tema de estudio clínico por los primeros psicoanalistas, pero no precisamente para averiguar las pulsiones secretas del valor.

 

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Mucho después, los militares harán de la patria su inestimable amor. El valor y el honor estarán unidos a ella de una forma entrañable, tanto es así que para los civiles, resulta extraño tan singular matrimonio. A algunos pensadores y poetas, les parece hasta ridículo este excesivo y reducido  amor que recuerda  antiguas y legendarias épicas. Una de las deshonras más grandes para un militar, es ser enjuiciado o condenado a muerte, por traición a la patria. Ni la modernidad ni la posmodernidad han podido cejar esa afectividad entre el militar y la patria. Mientras exista el país y el Estado que le da sentido, los militares estarán allí para defenderla. De un enemigo interno o extranjero.

 

Para un militar que valore su dignidad marcial, resulta impensable la entrega de su patria a otro Estado, y mucho menos rendirse sin batallar, ante un ejército invasor. Un patriota es un nacionalista potencial. Paradójicamente, los nacionalismos extremos se sustentan en ideologías excluyentes; sacrifican una parcialidad de la visión de patria para hacer prevalecer la del interés -casi siempre- de un dictador. Y esta modalidad, justamente, es terreno fértil para que se pierda una patria. El Honor es nuestra Divisa, recordaba con nostalgia un soldado venezolano, mientras arrodillado lustraba las botas de un general cubano.

 

Recién Venezuela fue gobernada por un militar, pero éste esencialmente no era un espartano. Mucho menos, un patriota. Por debilidad egocéntrica regaló su patria. En la adversidad nunca tuvo valor, pero tampoco compasión para sus semejantes. Era bravucón y de naturaleza cruel. En la hora culminante de su partida, entre gritos y llantos, le rogó a Dios clemencia. La misma que su amigo, Muammar al-Gadafi, había rogado a sus asesinos. Pero Dios no le escuchó o le fue indiferente.

 

 

 

 

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