Amor-odio y gringoland

 

Jorge Sayegh 
JorgeSayegh@gmail.com

 

Clark Kent, por cierto, es un inmigrante ilegal. ¿Se puede ser acaso más American?

 

El mayor contenido de nuestra mitología moderna -cine, TV, cómics- proviene de la cultura gringa. Desde niños nos amamantamos con fantasías entretenidas de guerras galácticas habladas en inglés, para luego enfrentarnos -algunos menos, otros mucho más- a una realidad bastante lejana de las galaxias y más cercana a la guerra nuestra de cada día.

 

Los países, en tanto que montón de gente con cierta identidad nacional, albergamos admiración y envidia por EEUU. Admiración desde su proceso de independencia -precursor incluso de la Revolución Francesa-, cuando inventaron el primer país democrático moderno. Y envidia sobre todo desde 1945, cuando las circunstancias geopolíticas de posguerra lo encumbraron como la primera potencia indiscutida del planeta. Bueno, la ex-URSS intentó discutir, pero ya vimos cómo terminaron sus argumentos.

 

Los países sufrimos de una muy humana frustración cuando vemos que EEUU siempre va a la cima del podio y los demás seguimos relegados a las medallas de bronce. Sin embargo, la simbología fantástica de la cultura gringa sobre el poder heroico, justo y honesto sigue incólume. Avengers, ese batallón de semidioses organizados por el Capitán América para salvar al mundo de un ataque multidimensional en Nueva York, fue la película más vista el año pasado. Este año ha sido Superman, quien al final de la cinta le advierte a un militar gringo: “¿Cómo no voy a ser americano?, ¡me crié en Kansas!”. Clark Kent, por cierto, es un inmigrante ilegal. ¿Se puede ser acaso más American?

 

Hoy, este país amado por sus fantasías y odiado por sus realidades, erigido por inmigrantes que desplazaron nativos y cuyos nietos desprecian a los nuevos inmigrantes, está de cumpleaños. Tus íntimos amigos te desean un mundo de felicidad.

 

 

 

 
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