QUERER SIN PODER

Américo Martín

Américo Martín

Américo Martín 
amermart@yahoo.com
@AmericoMartin 

 

 

I

 

Cuando el corazón y el cerebro se conciertan casi inevitablemente pasan cosas buenas; cuando se enfrentan podemos esperar lo contrario.

 

La declaración del ministro Ernesto Villegas a El Universal es una novedad, tal vez más en la piel que en la carne, pero la vida me ha demostrado muchas veces que en una suele estar la otra. Pueden ser de parecida naturaleza y por lo tanto cuesta separarlas.

Ernesto Villegas

Ernesto Villegas

Villegas es ministro de comunicaciones. Difícil imaginar que tomarse el trabajo de ir a la sala de redacción de El Universal para proporcionar una extensa declaración sea un gesto solitario, no planificado en forma más o menos detallada por quien ejerce la jefatura, el presidente Maduro.

 

Más allá de lo dicho por Ernesto, la sola aproximación a un periódico tenido oficialmente como enemigo habla por sí misma.

 

Es, admitámoslo, una señal de amplitud, señal no aislada puesto que  el zarandeado gobierno de Maduro ha basculado en los últimos tiempos entre abrir la mano con timidez y cerrar el puño con energía.

 

Desde el punto de vista de la oposición este caleidoscopio gubernamental no puede serle indiferente. Si el poder se inclina a alguna forma de diálogo, en la acera opositora la respuesta ha de ser positiva, entre otras cosas porque forma parte de su naturaleza la disposición a conversar, debatir, dialogar. Si sólo estamos ante un saludo a la bandera dirigido a mejorar puntos en la opinión nacional e internacional, la respuesta debería ser la misma porque la opinión pública no puede ser desatendida

 

II

 

¿Da este paso Villegas para confundir a los terceros y frenar a la oposición? ¿O lo hace porque la situación del gobierno se ha complicando y necesita aire para de algún modo superarla?

 

Puede suponerse que en los dos casos la respuesta es la misma. Un gobierno construido sobre la violencia y la división, sobre la exclusión de la mitad del país y el rechazo al diálogo, debe tener razones muy serias para hacer amagos aperturistas. La imagen de Maduro no parece estar bien situada fuera del reducido pero ruidoso sector de sus aliados políticos; y con una crisis económica muy severa en pleno desarrollo, la parte presuntamente más sensata y racional del poder puede haber comprendido la conveniencia de un viraje.

 

Cuánta sea la influencia de esa parte sensata es lo que nos dirán los acontecimientos en marcha. Tratando de descubrir el enigma he leído con cuidado las indicadas declaraciones de Villegas. “Con cuidado”, quiero decir, tratando de entenderlo. De entender incluso el tono que emplea para ratificar sus convicciones revolucionarios.

 

Villegas sigue en el juego infantil –tal vez a sabiendas, tal vez no- de atribuir maquinaciones golpistas a la MUD y a varias de sus figuras más representativas, con infladas sospechas sobre conexiones con el imperio de sus tormentos. Viajes conspirativos a “Uasintong”, reuniones con la CIA y tramado de un golpe de estado manejado por la cumbre yanqui, todo adornado de operaciones como la compra de aviones de combate ¿Cómo compaginar semejante delirio con el acercamiento diplomático del gobierno venezolano a EEUU? ¿Por qué no preguntarse  qué necesidad tiene el Pentágono de invadir a Venezuela, un país ahora más dependiente comercialmente de ellos?

 

Es más: ¿acaso los analistas del gobierno no aprecian el empantanamiento de marines en escenarios asiáticos y la renuencia gringa a usar directamente tropas para ocupar territorios en Siria? ¿A qué los llevaría la apertura de nuevos escenarios conflictivos en esta parte del mundo?

 

III

 

Todas las respuestas están en las entrañas del bloque político encabezado por Maduro.

 

A las contradicciones normales en cualquier movimiento que ha de distribuir limitados cargos entre infinitos aspirantes, se le sobrepone la crisis del modelo instalado a lo largo de los últimos quince años. Muy pocos países en Latinoamérica están tan plagados de problemas, como el nuestro. Los indicadores clásicos son estremecedores, el deterioro de las fuerzas productivas ha impulsado a contrapelo una casi absoluta dependencia que creíase superada después de una lenta evolución de cien años. Nunca como ahora Venezuela había sido tan reducida a la humillante condición de economía de puertos.

 

Y en este punto me permito recordarle cordialmente al ministro Villegas, que la lucha contra esa dependencia estuvo siempre en el corazón del programa de la izquierda continental. ¿Cómo es entonces que bajo un gobierno de izquierda, etiquetado socialista y revolucionario, la relación de dependencia con el imperio se ha incrementado en forma tan impresionante? ¿Cómo entender un deterioro tan considerable de la capacidad productiva en tiempos de sostenida bonanza petrolera?

 

Las negras secuelas sociales de ese ruido de volcanes fluyen indomeñables. Crimen callejero, inseguridad, carestía, conflictos obreros y universitarios, desabastecimiento, desempleo. Son bombas encendidas.

 

La forma como se ha organizado la fuerza política dominante también acusa signos de decadencia y de ingobernabilidad difíciles de contener pese al esfuerzo del gobierno destinado a levantar el ánimo de la militancia. Correr arrugas tampoco es resolver problemas.

 

Habrá quien se solace, pero no hay razones para eso. El país es uno, las carencias poblaciones son comunes fuera del reducidísimo núcleo de privilegiados. Los aspirantes a gobernar –ya no me cuento en ese lote- necesitarían un país más sano y fácil de administrar. La salida natural pasa por la reunificación del país, el reencuentro frente a las aristas más peligrosas.

 

Seguir cavando la fosa de la división ideológica es la treta de los sectarios.

 

La suerte del gobierno y el país depende de eso: ¿mandan los fanáticos o mandan los sensatos?

 

¿Qué me dices Ernesto?

 

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