Una tarde con Saddam

Manuel Felipe Sierra

Manuel Felipe Sierra

Fábula Cotidiana
Manuel Felipe Sierra 
manuelfsierra@yahoo.com  
@manuelfsierra 

 

            El 19 de julio de 1980, Saddam Hussein el presidente de Irak, recibió a más de doscientos periodistas de todo el mundo. El acceso al Palacio de Bagdad no fue fácil. Las medidas de seguridad -absolutamente justificadas en cualquier país del Medio Oriente- fueron extremadas en este caso. El ambiente que rodeó las celebraciones de los 12 años de la Revolución de Irak (el 17 de julio) fue de una sospechosa tensión. Sólo 24 horas antes se conoció que el tradicional desfile militar que servía para calibrar el desarrollo del proceso conducido por el Consejo de la Revolución y el Partido Árabe Bass, había sido suspendido. Las razones aducidas fueron poco convincentes: el calor superaba los 55 grados bajo la sombra y se cumplía el mes de Ramadán. Por lo general, en verano esa es la temperatura promedio y el ayuno islámico era previsible, razón por la cual no se comprendía la decisión de programar un acto tan importante para luego suspenderlo sorpresivamente.

 

 

Saddam Hussein

Saddam Hussein

           En la ciudad había rumores sobre un inminente enfrentamiento con Irán que eran confirmados por los mensajes que lanzaba una emisora clandestina (ubicada en territorio iraní) llamando al derrocamiento del gobierno de Hussein. El elegante barrio Al-Manzur, -sede de las principales misiones diplomáticas- era azotado por continuos apagones. Para más de un reportero perspicaz se trataba de una maniobra previa que presagiaba un futuro clima de guerra.

 

            Saddam se comportó esa tarde como un político pragmático y enérgico. Esas dos virtudes le abrieron el camino hasta  ser entonces el único estadista del mundo árabe capaz de reencarnar el sueño integracionista del egipcio Gamal Abdel Nasser. Un año después de asumir la Presidencia (antes se le consideraba, sin embargo, como el “hombre fuerte” de la Revolución) su influencia lucía absolutamente consolidada. Su nombre, repetido en carteles y hasta en canciones, procuraba dar a los iraquíes una referencia humana, ante el avasallante liderazgo espiritual de su vecino el ayatolá Jomeini.

 

            De manera desenvuelta e incluso autocrítica, Saddam fue diluyendo la curiosidad  de los corresponsales. Su discurso introdujo más de una sorpresa entre quienes seguían con atención la situación iraquí. Hizo veladas críticas a Siria, un país que hasta hacía poco tiempo estudiaba fusionar su territorio con el de Irak. Se refirió irónico a la virtual ruptura del “Frente de la Firmeza”, la agrupación de los países más radicales en sus posiciones frente a Israel. Sin nombrarlo, aludió a las relaciones de Libia y la OLP con el gobierno de Jomeini. Abogó por una solución inmediata –nada menos que la vuelta a los tratados de 1943- al problema del Líbano; inculpó a las tropas sirias de haber reprimido por igual a los falangistas y a los palestinos; negó acuerdos especiales con la Unión Soviética; prometió estímulo para las empresas norteamericanas que quisieran comerciar con su país y se cuidó de advertir que una cosa eran las industrias estadounidenses y otra muy distinta el gobierno de Jimmy Carter.

 

            Cuando me tocó el turno le pregunté sobre el hecho de que Irak no reclamara las posesiones que se atribuían al Golfo Arábigo-Pérsico durante el gobierno del Sha de Irán. Apretó los labios y respondió: “Porque no estábamos preparados militarmente”, y se encargó de precisar que en ningún momento Irak había renunciado a los derechos sobre esos territorios y emprendió la lectura de un memorial de agravios contra el régimen de Teherán. En esa oportunidad, Saddam repitió una frase que apareció estampada dos meses después en la comunicación donde su gobierno anunció el inicio de las hostilidades: “Jomeini es un racista”.

 

            La comparecencia de Saddam resultó desconcertante para muchos. Se percibió un retroceso en relación a la política de unidad de los sectores más radicales del mundo árabe con las alusiones críticas que hizo a la conducta de Libia. En el Palacio de Bagdad (un edificio que remite a los fastuosos escenarios de “Las Mil y una Noches”) hablaba un jefe de Estado con un discurso que tenia un objetivo preciso: redefinir las relaciones con Irán, lo cual en un contexto cargado de tensiones e intereses contrapuestos, se traducía en la confrontación bélica.

 

            En el fondo del conflicto Irak-Irán pesaba demasiado el fenómeno religioso. La población shiíta, preterida y marginada dentro del ámbito del propio Islam durante siglos, encontraba en la revolución de Jomeini la posibilidad de una reivindicación  histórica ancestral. Sesenta por ciento de la población de Irak era shiíta y ahora recibía la influencia cotidiana de un mensaje y de un ejemplo a escasos  kilómetros. Sería exagerado decir que se constataba una rebelión, pero sería necio también negar que el temor a que ello ocurriera no hubiera llevado al gobierno de Hussein a tensar las cuerdas de la guerra. Cuando en pleno Ramadán se recorrían las mezquitas de Kerbala (donde ofició durante quince años Jomeini) no quedaba espacio para la duda que existía una olla de presión a punto de explotar ¿Era acaso distinto el fervor y el fanatismo transformados luego en rebeldía activa, el que plenaba las mezquitas de Irán antes del derrocamiento del Sha? El gobierno de Irak lo sabía y por eso actuaba sin demora. Junto a los letreros que invocaban las lecciones del Profeta, en las paredes de los templos se leía una advertencia categórica: “Jomeini traidor”.

 

            Durante las tres horas de diálogo, Saddam minimizó el peligro de una insurgencia shiíta. Más tarde, cuando la noche cubría la ciudad y pequeñas luces rodaban sobre el Tigris, un grupo de colegas desde la terraza del hotel Dar –Al Salam- rematábamos la cena con una despedida premonitoria: “La próxima vez nos veremos cuando estallen las bombas”.

 

El 23 de septiembre de 1980 los cables contaron que “Bagdad vivió la jornada más dramática de su historia y padeció en carne propia el infierno de la guerra”.

 

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