El Costo de Llegar Tarde

Beatriz de Majo

Beatriz de Majo

BEATRIZ DE MAJO
beatriz@demajo.net.ve 

 

Un viaje un tanto anodino resultó el de Barack Obama a África. La razón es que China se le ha adelantado sensiblemente en captar la atención del continente negro y no por poco. No en balde los periódicos de su país aseveraban que la Casa Blanca diseñó la gira para contraprogramar a China. No sin amargura el Presidente deploró que el continente siga siendo “el último tramo de la cadena de suministros o sólo la fuente de recursos naturales de la que ir tirando sin miramientos y sin beneficios para sus millones de habitantes”. Y agregó algo más de condimento cuando criticó el desembarco chino en la región con contingentes enormes de sus propios trabajadores y dentro de una displicencia criminal frente a los retos del medio ambiente.

china_africa_us1Aunque parezca demasiado simple, Obama resuella por la herida. Es el caso que China tiene los pies bien plantados en la geografía africana. El país asiático lleva más de 15 años asentándose incisivamente hasta el punto de haberse convertido en su mayor socio comercial, de haber instalado cerca de 20.000 compañías en más de 50 países y de haber trasladado a más de 1 millón de trabajadores propios. Mientras el comercio entre África y el gigante asiático supera 200.000 millones de dólares anuales, Estados Unidos puede ufanarse apenas de contar con la mitad de tal volumen en intercambios. En síntesis, China se ha convertido en una pieza clave del surgimiento del continente que exhibe 5% de crecimiento interanual. No hay nada nocivo ni torcido en que haya llegado al continente animada por la búsqueda de materias primas para sus procesos. La relación de China con África viene de lejos. Habría que remontarse al siglo XV para observar cómo los chinos mantenían, desde entonces, un interés económico y geopolítico determinante en el continente africano.

Hoy es cierto que 33% de sus importaciones petroleras viene de África, por ejemplo.

Pero no es menos cierto que en muchos países de esa geografía se ven diseminados puertos, carreteras, viviendas, estadios, oleoductos, vastas extensiones de explotaciones agrícolas, mineras y gasíferas que revisten beneficios económicos y sociales sustanciales y tienen el aspecto de prometedora inversiones. Lo son para los chinos y para los africanos igualmente, aunque el equilibrio de la contraprestación no sea perfecto.

Mucho se culpa a China de ser la protagonista de una presencia colonial, como lo asomó Obama. El alto volumen de mano de obra asiática en sus desarrollos no es lo único protuberante. El continente sufre de la perversión de los términos de los intercambios: materias primas baratas contra bienes terminados costosos.

Pero todas son distorsiones que surgen en la medida en que una relación bilateral se vuelve intensa y se exponencia. Se trata de escollos que cada país debe cuidar y corregir con acciones vigilantes y proactivas.

Estados Unidos es el que está llegando tarde a la cita africana. No olvidemos, tampoco, que ambos titanes buscan en China no sólo un buen socio para proyectos de envergadura comercial o industrial, sino también un aliado político para contribuir con el equilibrio de poderes que ambos desean propugnar a escala mundial. 

 

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