Entre hermanas: Colombia y Venezuela

Daniel Lansberg Rodríguez

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Daniel Lansberg Rodríguez
@Dlansberg

 

En un momento de frustración, se dice haber escuchado a El Libertador lamentando, que mientras Colombia era una universidad y Ecuador un convento, Venezuela era un cuartel. Dejando a un lado a la piadosa tercera hermanita andina (para que se enfoque en sus oraciones) los eventos de esta semana han creado una buena oportunidad para echarle un vistazo a la estrecha y complicada relación entre Venezuela y su principal vecino.

 

La disolución de la federación de la Gran Colombia a principios de 1830 y las muy públicas lamentaciones de Simón Bolívar al respecto, dejó un legado algo rencoroso a ambos lados de la frontera, pero particularmente en Venezuela. Desde la época pre-revolucionaria Venezuela había sido marginada dentro del sistema colonial, siendo apenas una Capitanía General, debido a su relativa escasez tanto de población como de recursos tipo oro y plata. Tras la independencia, Bogotá pasó directamente de ser la sede del Virreinato de Nueva Granada, a la sede del poder revolucionario, a pesar de haber sufrido relativamente menos -en términos de sangre- que Venezuela durante la lucha por la independencia: hecho que incomodaba a algunos venezolanos de la época a quienes les parecía poco justo.

 

venezuela-colombiaDurante las décadas que le siguieron a la disolución, ambos países enfrentaron situaciones internas caóticas, caracterizadas por conflictos civiles, y desacuerdos bilaterales respecto territorios tanto terrestres como marítimos. No fue sino hasta el boom petrolero que todo cambió -reversando por un tiempo la dinámica de poder entre el antiguo Virreinato y su antigua Capitanía General. Ahora Venezuela, impulsada por su nueva liquidez petrolera, podía acercarse internacionalmente como un igual y entre 1920 y principios de 1950 se llevaron a cabo acuerdos para demarcar la mayoría de las fronteras que habían sido disputados entre las dos naciones.

 

En la segunda mitad del siglo, este balance a favor de Venezuela se volvería más pronunciado. La época dorada del desarrollo venezolano, coincidió con varias décadas difíciles para Colombia, y mientras que en Caracas se disfrutaban los placeres efímeros de la “Venezuela Saudita”, el colombiano sufría a consecuencia de la pobreza, inestabilidad, insurgencias y conflictos de los imperios narcos de Pablo Escobar entre otros.

 

En 1970 se vio el inicio de una masiva inmigración indocumentada de colombianos a Venezuela. Acusaciones de xenofobia por un lado, y de negligencia por la otra, complicaron la relación entre los dos países, la cual se fue agravando por la divergencia “ideológica” entre sus gobiernos durante los últimos quince años.

 

El lunes de esta semana el presidente Juan Manuel Santos, y su homólogo venezolano Nicolás Maduro, se reunieron en Puerto Ayacucho y acordaron en un “relanzamiento” de la relación oficial, asegurando que -a pesar de sus “visiones diferentes sobre muchas cosas- podrían “trabajar juntos” por el bienestar de ambos pueblos…

 

En realidad es el bienestar de ambos gobiernos que se ha priorizado. Colombia podrá ahora contar con apoyo “revolucionario” desde Caracas mientras negocian un cese de hostilidades con sus propios “revolucionarios” de la FARC. Mientras tanto, el régimen venezolano puede permanecer tranquilo que los vecinos dejen de alborotar el panal, respecto la legitimidad de Nicolás Maduro tras las pasadas elecciones de abril.

 

Sin duda, el siglo 21 ha sido mucho más generoso con la hija “universitaria” de Bolívar que con su hermana “la belicosa”, tanto a nivel de liderazgo, como de estabilidad y de oportunidades económicas.

 

Llama la atención el patrón. La caída de una nación, de nuevo parece coincidir con el resurgimiento de la otra: como dos hermanitas… sobre un balancín.

 

 

 

 
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